Crecí leyendo cuentos del siglo XIX y, en especial, los
relatos góticos. De Edgar Allan Poe a Sheridan Le Fanu y de Mary Shelley a
George Sand, no había historia de fantasmas, vampiros u otros caminantes nocturnos que yo despreciara. Entre
todos los seducidos por la noche y lo macabro, hay, sin embargo, una autor que
me causó siempre sólido aburrimiento: H. P. Lovecraft.
Autoproclamado heredero del género para el siglo XX –como
prueba aconsejo leer el ensayo en su El
horror sobrenatural en la literatura, escrito solo para probarse autor de
esta genealogía– quien se preciaba de ser erudito de saberes prohibidos escribía
narraciones que a mi siempre me han parecido siempre ampulosas y llenas de
detalles innecesarios. Con tanto buen escritor fantástico, ¿para qué perder el
tiempo leyendo a este señor tan pomposo? Me decía joven e invariablemente
cambiaba de libro al segundo o tercer cuento de la colección o a la media
centena de páginas.
Con esto he
confesado lo que antes callaba, pues amiga de cuanto obsesivo de los géneros gótico
y de la ciencia-ficción me arriesgaba a diversas formas de descalificaciones
intelectuales si revelaba este detalle auto-bibliográfico.
Julio Cortázar, más arrojado que yo –él tiene con qué,
claro– no tuvo empacho en señalar que Lovecraft –cuyo prestigio le había dejado
“siempre perplejo”– le parecía decididamente cursi. “Convencido de la validez
de sus efectos literarios, Lovecraft es el reverso de Bram Stoker en la medida en
que prescinde de toda connivencia con el lector, y en cambio busca su hipnosis
con recursos que hubieran sido eficaces en tiempos de Mrs. Radcliffe pero que
actualmente resultan irrisorios,”, escribe el autor de Rayuela en un ensayo titulado “Lo gótico en el Río de la Plata”,
donde traza el desarrollo de la literatura fantástica en el sur de Suramérica,
así como para las razones de su buena salud en esta zona, y subraya de donde
viene su gusto por este genero. Leyendo ayer este ensayo contenido en la
revista académica Cahiers du monde
hispanique et luso-brésilien y publicado en 1975, entendí que de esto
hablan ciertos escritores cuando se refieren a genealogías literarias de los
autores a los cuales nos acercamos y de aquellos de los cuales nos alejamos. A
pesar de que mi primera lectura de Rayuela
fue accidenta y no le hizo justicia a la obra, hoy leo obsesivamente a
Cortázar una y otra vez, porque en cada lectura reconozco algo nuevo, quizá
ahora mío, en sus palabras. En Lovecraft, por que no me interesa leerlo, no
reconozco nada, por mucho que me guste redundar en ciertas atroces pesadillas.