Esto he
tratado de explicárselo con persistencia a mi familia y a ciertos amigos: uno
no escoge la escritura como lo hace, digamos, con el Derecho, la Administración o la Ingeniería. Es una
decisión de vida y no de carrera: influye no sólo cómo percibimos dinero por
nuestro trabajo sino nuestra rutina, la manera de ver el mundo y hasta la
elección de pareja.
No se trata
tampoco de que “la escritura lo escoja a uno”, como dice la gente cursi,
incluyendo a muchos que se dedican a esto. No. El impulso de escribir con la
esperanza de que otra persona lea lo puesto sobre el papel (o la pantalla del
computador) se refiere a una inclinación que al principio no tiene que ver con
combinar palabras para crear oraciones y párrafos. Ese impulso comienza con la
obsesión sobre algunos temas, con una mirada hacia la realidad que va a
contracorriente del ambiente y siempre está lista para puntualizar qué está
mal. Por eso creo que la escritura es una herramienta de la intelectualidad.
Yo entendí
que había escogido la escritura cuando comencé a darme cuenta que existe una
especie de alegría que se articula dentro de mí cuando he pasado horas creando
mundos ficticios. No había otro procedimiento que me produjera un goce similar.
Y aquello venía encadenado a lo otro. La manera de ver la vida siempre desde su
lugar más crítico, que me resta los amigos. Y las dificultades de optar por la
escritura, que me mantiene cuestionándome cómo fue que dejé que el impulso de
pensar me gobernara la vida. ¡Y tan fácil que era lo otro!