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martes, 14 de agosto de 2012

Atropellar a un poeta.

Todas las mañanas siento que voy a arrollar a alguno. Obsesionada como ando por la vida por el correr indetenible del tiempo, con las fechas de entrega, con los horarios invertidos no hay un solo día de mi existencia en el que no sienta que voy a derribar a un poeta para abrirme paso. No lo hago a propósito. A veces imagino que hay uno, parado en la esquina de la primera avenida y la primera trasversal, contemplando de lejos la cursi carajita de Wendy’s, con sus crinejas rojas y su sonrisa anacrónica, preguntándose… algo. Como un bólido sin carro, aparezco en la otra esquina, cartera en mano y zapatos nunca lo suficiente altos, exhibiendo un ritmo al caminar que solo acelera, sino que no cesa. Y, claro, paso precipitadamente exactamente sobre su pie derecho:
– Disculpe usted, diría, mientras el otro me mira con desdén. Aquel observa mi apariencia pedestre de periodista da un suspiro corto y vuelve a sumergirse en sus ideas de eternidad.
En honor a la verdad, tampoco me he llevado nuca por delante a ningún poeta. Es solo que tengo miedo de hacerlo. Y es que la cotidianidad es la manera menos evidente pero más certera de acabar con la contemplación.

sábado, 7 de mayo de 2011

Política Latinoamericana: Silencio y ruido.

En la más reciente novela de Alejandro Zambra se lee:

“En cuanto a Pinochet, para mí era un personaje de la televisión que conducía un programa sin horario fijo, y lo odiaba por eso, por las aburridas cadenas nacionales que interrumpían la programación en las mejores partes. Tiempo después lo odié por hijo de puta, por asesino, pero entonces lo odiaba por esos intempestivos shows que papá miraba sin decir palabra, sin regalar más gestos que una piteada más intensa al cigarro que levaba siempre cosido a la boca”, y me produce escalofríos que algún niño venezolano escriba algo así en el futuro.

Cuando el autor chileno me repite que las heridas de la dictadura nunca van a curarse y que resiente el apuro de algunos por callar el pasado, olvidándolo, yo pienso en Venezuela, cuyas arbitrariedades políticas están llenas de ruido. Cuando las generaciones del futuro hablen de este momento recordarán a todos los actores sociales gritando a la vez. Pero todo aquél escándalo causa un efecto similar al de las silenciosas dictaduras sureñas del pasado: la división y la ansiedad.