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viernes, 3 de mayo de 2013

Trayéndolo todo a Venezuela


Creo que es un acierto que el sello Puntocero presente mañana una edición de Trayéndolo todo a casa, una antología de los cuentos escritos entre 1999 y 2010 por el argentino Patricio Pron. El autor nacido en Rosario e 1975 es uno de los elegidos por la revista Granta en 2010 entre los mejores narradores encastellano de su generación. Si bien en su momento critiqué el ánimo bombástico de esta antología, creo que ese tipo de selecciones son útiles para determinar a qué escritores no debemos perderle la pista en la próxima década. Los veinte cuentos que están compilados en el título “giran en torno a situaciones extraordinarias,todas ellas atravesadas por personajes que observan con extrañeza cómo larealidad se va deformando a su paso”, pero la característica que yo creo más profunda es que dejan al lector con la sensación de haber asistido a un mundo por el que pululan personalidades aisladas y humanidades heridas por las malas intenciones. Este es un universo en el que Pron parece moverse bien y es una certeza que ciertamente guía sus proyecto literarios.

martes, 14 de agosto de 2012

Atropellar a un poeta.

Todas las mañanas siento que voy a arrollar a alguno. Obsesionada como ando por la vida por el correr indetenible del tiempo, con las fechas de entrega, con los horarios invertidos no hay un solo día de mi existencia en el que no sienta que voy a derribar a un poeta para abrirme paso. No lo hago a propósito. A veces imagino que hay uno, parado en la esquina de la primera avenida y la primera trasversal, contemplando de lejos la cursi carajita de Wendy’s, con sus crinejas rojas y su sonrisa anacrónica, preguntándose… algo. Como un bólido sin carro, aparezco en la otra esquina, cartera en mano y zapatos nunca lo suficiente altos, exhibiendo un ritmo al caminar que solo acelera, sino que no cesa. Y, claro, paso precipitadamente exactamente sobre su pie derecho:
– Disculpe usted, diría, mientras el otro me mira con desdén. Aquel observa mi apariencia pedestre de periodista da un suspiro corto y vuelve a sumergirse en sus ideas de eternidad.
En honor a la verdad, tampoco me he llevado nuca por delante a ningún poeta. Es solo que tengo miedo de hacerlo. Y es que la cotidianidad es la manera menos evidente pero más certera de acabar con la contemplación.

martes, 1 de mayo de 2012

Mester Marcano


La década de los años noventa que tan árida fue en el sector editorial fue un momento de intenso trabajo para muchos escritores que ahora apenas comienzan a cosechar los frutos. Pienso en Ana Teresa Torres. Pienso también en Oscar Marcano cuya prosa tiene la exactitud del escalpelo. Entonces comenzaron a cristalizar sus voces aunque las editoriales no estaban para escucharlas. Y qué voces son las suyas.
Solo quiero que amanezca el volumen de relatos de Marcano en 1999 se ganó el ahora desaparecido Premio Internacional Jorge Luis Borges acaba de reeditar Puntocero y va a presentarse en el Festilectura. El libro vale la pena, aunque sea sólo por revisar la división entre los veintitrés cuentos que lo conforman. Los primeros once relatos se agrupan en la sección “Mester de Clerecía” y el resto lo hace en “Mester de Golardía”. Aunque aún no me queda muy claro qué significa Golardía –Internet se empeña en emparentarlo con l neologismo “gallardía”, pero yo no encuentro nada en los diccionarios sobre su fonética que pueda vincularlos– me parece bastante claro que la primera parte se refiere a las historias sobre aquellos que piensan y la segunda sobre historias de aquellos que hacen. Así el tomo de Marcano es un microcosmos del mundo: los que piensan y los que hacen dos contrarios que no siempre son irreconciliables (quizá como otras contraposiciones: ustedes y nosotros, la una y la otra…)

martes, 20 de septiembre de 2011

El trabajo de Roberto Martínez Bachrich

Sobre su labor narrativa, Roberto Martínez Bachrich dijo esto:
"Trabajo incansablemente porque dudo mucho: reescribo cada texto de manera obsesiva, maniática. Y publico poco, por respeto a los lectores.
Me interesan los universos íntimos, domésticos, hurgar e imaginar cómo en rincones insospechados de lo cotidiano surge, de golpe, una situación límite, avasallante. La dimensión monstruosa de ciertas épicas mínimas, privadas, es lo que más me atrae al contar una historia."

Me complace mucho que este autor esté inviatdo a la FIL Guadalajara de este año,p orque ciertamente es uno de lso secretos mejor guardados de Venezuela...
!Felicidades, Roberto!

viernes, 3 de junio de 2011

Cuentos de escritor

“El arte de narrar es un arte de la duplicación; es el arte de presentir lo inesperado; de saber esperar lo que viene, nítido, invisible, como la silueta de una mariposa contra la tela vacía.
Sorpresas, epifanías, visiones. En la experiencia siempre renovada de esa revelación que es la forma, la literatura tiene, como siempre, mucho que enseñarnos sobre la vida.” (Ricardo Piglia, ganador del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 2011)

sábado, 21 de mayo de 2011

Tercera Festirecomendación: Nadie se roba los columpios

Mejores Relatos: Nadie se roba los columpios

Autor: Fabio Morábito

Prefacio y compilación: Eugenio Montejo

Editorial: Bid & Co.

Año: 2007

Durante todo el tiempo que duró mi lectura de las 117 páginas que conforman esta colección de cuentos me la pasé preguntándome por qué Eugenio Montejo había titulado Nadie se roba los columpios a esta colección de los mejores relatos de Fabio Morábito. Y luego recordé el poema “Los columpios” del autor mexicano (nacido en Alejandría de padres italianos) y pensé en esa hermosa metáfora para hablar de las generaciones: generaciones de habitantes, generaciones de cuentos, genraciones literarias...

Me parece importnte la edición de esta colección para el mercado venezolano una de las más importantes plumas del relato breve moderno. Los doce cuentos, cuyas anécdotas insólitas referidas con sobria naturalidad me recuerdan a ciertas travesuras narrativas de Cortázar. Además, el tomo tiene la gracia de unir a Montejo y Morábito.

“Quizá Morábito pertenezca a esa rara estirpe de narradores que suelen escribir una historia para indagar cómo finalmente han ocurrido las cosas. Llegamos a creer que no pocas veces termine por ser el primer sorprendido”, escribe el poeta venezolano en el prólogo. Su palabra, como siempre es más que certera.

viernes, 20 de mayo de 2011

Segunda Festirecomendación: Viudas, sirenas y libertinos

Viudas, sirenas y libertinos

Miguel Gomes

Editorial Equinoccio, 2008


Un pendón en el stand de Equinoccio en el Festilectura hace homenaje a Miguel Gómes, uno de los pocos autores nacionales en quien puede apreciarse de forma prístina la dicotomía especial entre el ensayo serio y el relato libérrimo, tal como lo confirman dos obras suyas como la investigación La realidad y el valor estético: configuraciones del poder en el ensayo hispanoamericano (2009) y la colección de relatos Viudas, sirenas y libertinos (2008) para confirmar la solvencia del escritor venezolano de origen portugués quien, aunque vive en Estados Unidos, donde trabaja como profesor universitario, aún no se separa del país: “ Me siento arraigado a la literatura venezolana, porque se me hizo consciente mi vocación allá. El día que me prohíban leer literatura venezolana y escribir empezaré a sentirme auténticamente exiliado”.

Viudas, sirenas… es una buena excusa para entrar al mundo de las academias a través de sus puntos menos evidentes: el erotismo.

viernes, 11 de febrero de 2011

La firma de Borges

Yo pensaba que los mal-intensos eran hechura de mi generacióny que las tribus de autodenominados intelectuales que abundan hoy por los bautizos y congregaciones de artistas (y curdas) eran exclusividad de una Venezuela empobrecida donde la gente cada vez lee menos y lo único que a muchos queda es resignarse a la pose de eruditos. Pero me cuentan que cuando Jorge Luis Borges visitó Venezuela, a sus 82 años se consiguió con un malintenso particular. estaba firmando libros en la librería Lectura del Centro Comercial Chacaíto y se le apareció uno que venía vestido de blanco y turbante. Lo enfrentó con un tomo de sus Obras Completas. Casi sin verlo, Borges estampó una rúbrica que era sólo su apellido, como era su costumbre y el otro, profundísimo, le espetó:
– Dígame maestro, ¿Qué sentido metafísico tiene su firma?
Borges se tomó su tiempo:
– Mijo, pero qué sentido metafísico va a tener. Soy ciego y hago lo que puedo, le contestó el autor argentino levantando la cabeza del volumen.

jueves, 18 de noviembre de 2010

Tía Coneja

Al despertarme aquella mañana no las sentí. Caminé como autómata hasta la poceta y luego de terminar lo mío abrí la llave del lavamanos. Entonces, levanté la cabeza y las miré en el espejo.

Dos grandes y peludas orejas de… coneja.

“¿Qué broma es ésta?”, me pregunté. Debajo de las dos grandes orejas de corto pelo marrón, del mismo color de mi cabellera, las cejas se me arqueaban y los ojos se redondeaban cada vez más en un psicodélico espiral que parecía no tener fin.

“¿Por qué me ocurre esto?”, lloriquee. Yo era buena, a mí que me querían todos. Siempre estaba lista para echar vaina, para agradar, para conseguir lo mejor de lo que la vida ofrecía. En un país de mierda como éste donde cada vez hay menos estructura y donde cada institución es un vacío contundente, ¿qué más le queda a uno sino hacerse la liebre?

“¿Y ahora qué hago?”, me cuestioné, por fin, recordando que en Venezuela todos tenemos algo de conejos.

jueves, 15 de octubre de 2009

Carlota

Todos los días 28 de noviembre mi tía Carlota se sentaba en la mesa de su enorme cocina frente a un pedazo de torta y parecía que lloraba. Pero mi tía no era mujer de soltar lagrimitas. Retenía el dolor entre las costillas y, a veces, pegaba saltitos minúsculos sobre sus nalgas. Nada de mejillas humedecidas. Su llanto era seco, y hasta podía confundírsele con carcajadas. Esa era su manera de llorar con desespero. Felipe, su segundo esposo, la veía sola y no se atrevía a interrumpir su dolor. Eran cuitas que lo habían antecedo en el tiempo. Él sabía del pasado de mi tía y no quería incomodarle el dolor necesario con preguntas idiotas.
En 1984 la tía Carlota vivía en Nueva York y se creía una mujer feliz. Había dejado Caracas atrás: los barrios, los carajitos pidiendo plata, los asaltantes de semáforo, los tombos metiches y la política histriónica de los copeyanos. Había terminado su maestría en Harvard y ahora se preparaba para trabajar en el primer mundo. Y para convertirse en una mujer de primer mundo. Había conocido a un gringo, Jack, y se había casado con él. Su abuela pegó el grito en el cielo, porque todos sabían entonces que los gringos eran unos salvajes que andaban vestidos de cowboys.
Vivían en un hueco en el Lower East Side de Manhattan que costaba algo más de quinientos dólares al mes. Jack no conseguía trabajo por ninguna parte y la tía andaba con una panza que asustaba cualquiera que quisiera emplearla. A ella no le quedó de otra que hacer collares y corregir ensayos en castellano de los muchachos de Columbia. Pasaron nueve meses viviendo de eso y de la plata que reunía de a centavos mi tía abuela, la mamá de Carlota. Un mes cualquiera la tía abuela no pudo seguir mandando dólares. El viernes negro le comió hasta el último bolívar. La tía Carlota despotricaba de Luis Herrera en su inglés perfecto y el gringo lloraba las reaganomics en un castellano de lengua mocha. Estaban comiéndose un cable.
Y a la tía no se le ocurrió mejor idea que entrar en dolores de parto.
Una noche de la recién inaugurada primavera gringa la tía Carlota ingresaba al New York Downtown Hospital con dolores de parto. Tenía nueve meses en estado, veinticuatro años de vida y setecientos treinta días de casada. A pesar de que entró por urgencias, tardó dos horas en manos de las enfermeras que diagnosticaron lánguidamente “nervios de primeriza”. El médico de guardia la jamaqueó desdeñoso y le dejó el paquete a un colega. El colega, luego de reflexionar durante ciento veinte minutos (mientras paseaba entre las torpes trastiendas de la Sala de Emergencias) decidió que, quizás, sí estaba en labor de parto.
Comenzó una revolución de camillas, médicos nerviosos, ascensores atiborrados y gritos bilingües. Un aire de tragedia embargó la maternidad. Cuando el escuadrón de galenos llegó a quirófano, era obvio que la camilla bullía de sangre y de que era un milagro si alguna de las dos mujeres en ese cuerpo compartido vivía.
Fueron a decirle a Jack que tenía que escoger si salvaba a la niña o la madre. Hacía sólo unos minutos los médicos habían decidido que la tía Carlota no estaba loca y que iba a parir una niña. Mientras tanto, la tía Carlota se durmió despierta de dolor y soñaba que se estaba ahogando en líquido amniótico. Lloraba con lágrimas gruesas sobre su cuerpo hecho pasta de vísceras.
Jack respondió cualquier cosa y salió del Hospital a fumarse un cigarro. Cuando entró de nuevo a emergencias ya se había fumado una caja entera y había perdido su primera hija. Su suegra le decía en castellano lo que él había entendido con el corazón. El médico titular había desaparecido. Media hora después apareció un abogado.
Jack demandó al hospital por millones de dólares. Y ganó. La tía y su esposo podían mudarse ahora al Upper East Side y vivir cerca del Museo Metropolitano que tanto le gustaba a la tía Carlota. Con el resto del dinero Jack fundó una compañía de calefacciones.
La mudanza fue rápida. Toda la existencia de ambos cupo en un solo taxi. Cuando Jack se bajó en la primera Avenida y calle 83 mi tía Carlota le indicó al taxi que la llevara al aeropuerto La Guardia. Tenía su pasaje de vuelta a Caracas. Jack se quedó parado con un palmo de narices, sin entender que pasaba.
¡Pero si era simple: la tía no podía vivir en un país donde el dolor tenía precio!