viernes, 3 de mayo de 2013
Trayéndolo todo a Venezuela
martes, 14 de agosto de 2012
Atropellar a un poeta.
martes, 1 de mayo de 2012
Mester Marcano
martes, 20 de septiembre de 2011
El trabajo de Roberto Martínez Bachrich
"Trabajo incansablemente porque dudo mucho: reescribo cada texto de manera obsesiva, maniática. Y publico poco, por respeto a los lectores.
Me interesan los universos íntimos, domésticos, hurgar e imaginar cómo en rincones insospechados de lo cotidiano surge, de golpe, una situación límite, avasallante. La dimensión monstruosa de ciertas épicas mínimas, privadas, es lo que más me atrae al contar una historia."
Me complace mucho que este autor esté inviatdo a la FIL Guadalajara de este año,p orque ciertamente es uno de lso secretos mejor guardados de Venezuela...
!Felicidades, Roberto!
viernes, 3 de junio de 2011
Cuentos de escritor
“El arte de narrar es un arte de la duplicación; es el arte de presentir lo inesperado; de saber esperar lo que viene, nítido, invisible, como la silueta de una mariposa contra la tela vacía.
Sorpresas, epifanías, visiones. En la experiencia siempre renovada de esa revelación que es la forma, la literatura tiene, como siempre, mucho que enseñarnos sobre la vida.” (Ricardo Piglia, ganador del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, 2011)
sábado, 21 de mayo de 2011
Tercera Festirecomendación: Nadie se roba los columpios
Mejores Relatos: Nadie se roba los columpios
Autor: Fabio Morábito
Prefacio y compilación: Eugenio Montejo
Editorial: Bid & Co.
Año: 2007
Durante todo el tiempo que duró mi lectura de las 117 páginas que conforman esta colección de cuentos me la pasé preguntándome por qué Eugenio Montejo había titulado Nadie se roba los columpios a esta colección de los mejores relatos de Fabio Morábito. Y luego recordé el poema “Los columpios” del autor mexicano (nacido en Alejandría de padres italianos) y pensé en esa hermosa metáfora para hablar de las generaciones: generaciones de habitantes, generaciones de cuentos, genraciones literarias...
Me parece importnte la edición de esta colección para el mercado venezolano una de las más importantes plumas del relato breve moderno. Los doce cuentos, cuyas anécdotas insólitas referidas con sobria naturalidad me recuerdan a ciertas travesuras narrativas de Cortázar. Además, el tomo tiene la gracia de unir a Montejo y Morábito.
“Quizá Morábito pertenezca a esa rara estirpe de narradores que suelen escribir una historia para indagar cómo finalmente han ocurrido las cosas. Llegamos a creer que no pocas veces termine por ser el primer sorprendido”, escribe el poeta venezolano en el prólogo. Su palabra, como siempre es más que certera.
viernes, 20 de mayo de 2011
Segunda Festirecomendación: Viudas, sirenas y libertinos
Viudas, sirenas y libertinos
Miguel Gomes
Editorial Equinoccio, 2008
Un pendón en el stand de Equinoccio en el Festilectura hace homenaje a Miguel Gómes, uno de los pocos autores nacionales en quien puede apreciarse de forma prístina la dicotomía especial entre el ensayo serio y el relato libérrimo, tal como lo confirman dos obras suyas como la investigación La realidad y el valor estético: configuraciones del poder en el ensayo hispanoamericano (2009) y la colección de relatos Viudas, sirenas y libertinos (2008) para confirmar la solvencia del escritor venezolano de origen portugués quien, aunque vive en Estados Unidos, donde trabaja como profesor universitario, aún no se separa del país: “ Me siento arraigado a la literatura venezolana, porque se me hizo consciente mi vocación allá. El día que me prohíban leer literatura venezolana y escribir empezaré a sentirme auténticamente exiliado”.
Viudas, sirenas… es una buena excusa para entrar al mundo de las academias a través de sus puntos menos evidentes: el erotismo.
viernes, 11 de febrero de 2011
La firma de Borges
– Dígame maestro, ¿Qué sentido metafísico tiene su firma?
Borges se tomó su tiempo:
– Mijo, pero qué sentido metafísico va a tener. Soy ciego y hago lo que puedo, le contestó el autor argentino levantando la cabeza del volumen.
jueves, 18 de noviembre de 2010
Tía Coneja
Al despertarme aquella mañana no las sentí. Caminé como autómata hasta la poceta y luego de terminar lo mío abrí la llave del lavamanos. Entonces, levanté la cabeza y las miré en el espejo.
Dos grandes y peludas orejas de… coneja.
“¿Qué broma es ésta?”, me pregunté. Debajo de las dos grandes orejas de corto pelo marrón, del mismo color de mi cabellera, las cejas se me arqueaban y los ojos se redondeaban cada vez más en un psicodélico espiral que parecía no tener fin.
“¿Por qué me ocurre esto?”, lloriquee. Yo era buena, a mí que me querían todos. Siempre estaba lista para echar vaina, para agradar, para conseguir lo mejor de lo que la vida ofrecía. En un país de mierda como éste donde cada vez hay menos estructura y donde cada institución es un vacío contundente, ¿qué más le queda a uno sino hacerse la liebre?
“¿Y ahora qué hago?”, me cuestioné, por fin, recordando que en Venezuela todos tenemos algo de conejos.
jueves, 15 de octubre de 2009
Carlota
En 1984 la tía Carlota vivía en Nueva York y se creía una mujer feliz. Había dejado Caracas atrás: los barrios, los carajitos pidiendo plata, los asaltantes de semáforo, los tombos metiches y la política histriónica de los copeyanos. Había terminado su maestría en Harvard y ahora se preparaba para trabajar en el primer mundo. Y para convertirse en una mujer de primer mundo. Había conocido a un gringo, Jack, y se había casado con él. Su abuela pegó el grito en el cielo, porque todos sabían entonces que los gringos eran unos salvajes que andaban vestidos de cowboys.
Vivían en un hueco en el Lower East Side de Manhattan que costaba algo más de quinientos dólares al mes. Jack no conseguía trabajo por ninguna parte y la tía andaba con una panza que asustaba cualquiera que quisiera emplearla. A ella no le quedó de otra que hacer collares y corregir ensayos en castellano de los muchachos de Columbia. Pasaron nueve meses viviendo de eso y de la plata que reunía de a centavos mi tía abuela, la mamá de Carlota. Un mes cualquiera la tía abuela no pudo seguir mandando dólares. El viernes negro le comió hasta el último bolívar. La tía Carlota despotricaba de Luis Herrera en su inglés perfecto y el gringo lloraba las reaganomics en un castellano de lengua mocha. Estaban comiéndose un cable.
Y a la tía no se le ocurrió mejor idea que entrar en dolores de parto.
Una noche de la recién inaugurada primavera gringa la tía Carlota ingresaba al New York Downtown Hospital con dolores de parto. Tenía nueve meses en estado, veinticuatro años de vida y setecientos treinta días de casada. A pesar de que entró por urgencias, tardó dos horas en manos de las enfermeras que diagnosticaron lánguidamente “nervios de primeriza”. El médico de guardia la jamaqueó desdeñoso y le dejó el paquete a un colega. El colega, luego de reflexionar durante ciento veinte minutos (mientras paseaba entre las torpes trastiendas de la Sala de Emergencias) decidió que, quizás, sí estaba en labor de parto.
Comenzó una revolución de camillas, médicos nerviosos, ascensores atiborrados y gritos bilingües. Un aire de tragedia embargó la maternidad. Cuando el escuadrón de galenos llegó a quirófano, era obvio que la camilla bullía de sangre y de que era un milagro si alguna de las dos mujeres en ese cuerpo compartido vivía.
Fueron a decirle a Jack que tenía que escoger si salvaba a la niña o la madre. Hacía sólo unos minutos los médicos habían decidido que la tía Carlota no estaba loca y que iba a parir una niña. Mientras tanto, la tía Carlota se durmió despierta de dolor y soñaba que se estaba ahogando en líquido amniótico. Lloraba con lágrimas gruesas sobre su cuerpo hecho pasta de vísceras.
Jack respondió cualquier cosa y salió del Hospital a fumarse un cigarro. Cuando entró de nuevo a emergencias ya se había fumado una caja entera y había perdido su primera hija. Su suegra le decía en castellano lo que él había entendido con el corazón. El médico titular había desaparecido. Media hora después apareció un abogado.
Jack demandó al hospital por millones de dólares. Y ganó. La tía y su esposo podían mudarse ahora al Upper East Side y vivir cerca del Museo Metropolitano que tanto le gustaba a la tía Carlota. Con el resto del dinero Jack fundó una compañía de calefacciones.
La mudanza fue rápida. Toda la existencia de ambos cupo en un solo taxi. Cuando Jack se bajó en la primera Avenida y calle 83 mi tía Carlota le indicó al taxi que la llevara al aeropuerto La Guardia. Tenía su pasaje de vuelta a Caracas. Jack se quedó parado con un palmo de narices, sin entender que pasaba.
¡Pero si era simple: la tía no podía vivir en un país donde el dolor tenía precio!