jueves, 18 de noviembre de 2010

Tía Coneja

Al despertarme aquella mañana no las sentí. Caminé como autómata hasta la poceta y luego de terminar lo mío abrí la llave del lavamanos. Entonces, levanté la cabeza y las miré en el espejo.

Dos grandes y peludas orejas de… coneja.

“¿Qué broma es ésta?”, me pregunté. Debajo de las dos grandes orejas de corto pelo marrón, del mismo color de mi cabellera, las cejas se me arqueaban y los ojos se redondeaban cada vez más en un psicodélico espiral que parecía no tener fin.

“¿Por qué me ocurre esto?”, lloriquee. Yo era buena, a mí que me querían todos. Siempre estaba lista para echar vaina, para agradar, para conseguir lo mejor de lo que la vida ofrecía. En un país de mierda como éste donde cada vez hay menos estructura y donde cada institución es un vacío contundente, ¿qué más le queda a uno sino hacerse la liebre?

“¿Y ahora qué hago?”, me cuestioné, por fin, recordando que en Venezuela todos tenemos algo de conejos.

martes, 3 de agosto de 2010

Happy Birthday, Mr. Baldwin


James Baldwin, nacido el 2 de agosto de 1924 fue uno de los más conocidos precursores del movimiento de derechos civiles en Estados Unidos. Una cita del autor de clásicos contra el racismo como Another country (1962), Tell Me How Long the Train's Been Gone (1968) e If Beale Street Could Talk (1974): “Por encima del talento están los valores comunes: disciplina, amor, buena suerte, pero, sobre todo, tenacidad”. Y esat es mi favorita: “No puede cambiarse todo aquello a lo que te enfrentas, pero nada puede ser cambiado hasta que te enfrentas a ello”. (Esta es mi favorita). Para los interesados, sus libros que acabo de citar pueden encontrarse traducidos al castellano por las siguientes editoriales: Otro país. Barcelona: Versal, 1984; Dime cuánto hace que el tren se fue. Barcelona: Lumen, 1974 y Blues de la calle Beale. Buenos Aires: Sudamericana, 1974.


FOTO: Portada de la rvista estadounidense, Times.

Agosto, mes de escritores

Este mes está lleno de cumpleaños de los escritores que me gustan y de otros que no son precisamente mis favoritos. Apenas esat primera semana conmeoran su natalicio Herman Melville, nacido un primero de agosto de 1819 y James Balwin, nacido el 2 de agsoto de 1924. La chilena residenciada estadounidense, Isabel Allende --que por cierto no es de mis favoritas ;)-- cumplió ayer 68 años. Para comenmemorarlo, reproduzco acá uan entrevisat que le hice hace algo más de un año para el cuerpo de Escenas de el periódico El Nacional cuando estaba por estrenarse en The Biography Cahnnel un programa sobre su vida. Espero les guste y sea una buena manera de conmemorar sus fiestas. Si puedo, esta noche hago "posts" sobre los otros dos escritores nombrados en esta nota.
MRR
file://\Documents and Settings\mroche\Escritorio\Isabel Allende.htm

miércoles, 28 de abril de 2010

El deslave revisitado

El libro de Paula Vásquez Lezama remueve los cimientos de una desgracia que los venezolanos recordamos ahora como parte de la historia antigua del país, aunque ocurriera, apenas, hace una década. El deslave de Vargas, acaecido en 1999 y en especial la manera como se resolvió (o no-e-resolvió) es una constatación de la eficiencia administrativa del gobierno que desde entonces ah estado de turno. Mas allá de lo escrito, Poder y catástrofe: Venezuela bajo la tragedia de 1999 hace una acuciosa investigación antropológica de la situación de los damnificados resultantes del desastre natural y de el uso político que la Revolución Bolivariana hizo de ellos al elevarlos a la categoría de “dignificados”, lo que según Vásquez Lezama fue una treta populista para convertirlos en propaganda política a favor del oficialismo. Es interesante también su uso de la definición de “biopolítica”, la cual toma de las investigaciones de Michel Foucault y adapta a la intervención de controles de regulación de la población en e caso de la regulación espacial de las víctimas del deslave. Entre otras reflexiones del texto, la autora critica que la asignación de viviendas nuevas a los damnificados –mismos los “dignificados” del discurso presidencial—privilegió el retorno de las poblaciones desfavorecidas a las regiones menos pobladas del territorio nacional, en atención a una vieja máxima de la cultura nacional que privilegia las bondades del campo y busca un supuesto equilibrio territorial, que se limitó apenas a la construcción de viviendas en territorios medianamente urbanizados, sin incluir las instituciones que cubrieran las necesidades básicas de la población –incluyendo alimento y salud.
La catástrofe de Vargas, concluye el lector de lo escrito por Vásquez Lezama, es un microcosmos de las políticas del chavismo y de su verdadera manera de concebir al soberano.

lunes, 5 de abril de 2010

La belleza de los peces


Algún día voy a escribir, por fin, ese ensayo sobre la belleza y le voy a poner como epígrafe una cita de Pedro Enríque Rodríguez: “Algunas personas no son bellas, son versiones de la belleza”. No sólo porque me parece una frase que en lo sencillo y lo certero de su aseveración resume la genialidad, sino porque yo misma no estoy segura de entender qué significa la belleza.
Esto dicho –o escrito– tengo que apuntar que me enternecieron los mudos peces voladores que Rodríguez aprisiona en su segunda publicación: El silencioso vuelo de los peces (Equinoccio, 2009). Allí reúne 14 relatos cortos cuyos temas caminan entre los intricados meandros de las relaciones humanas con una elegancia poblada de evocativas imágenes sentimentales.
Me gustaría sacar copias y repartirlas entre los escritores más jóvenes, porque Rodríguez descubre allí algo espasmódico: que la unión entre la sencillez del argumento y la concreción de una imagen golpea el alma con la contundencia de la empatía. Y ¿qué más puede pedir uno del lector que su empatía?
El autor hace algo allí que a mi me ha costado la vida entender: que una historia no es sobre su argumento, sino sobre los sentimientos que despierte en quien la lee.
“Una mujer sola en la paya”, el cuento al que pertenece la cita con la que comienzo este texto, será discutido este miércoles 7 de abril en el evento Repliegues narrativos que él organiza con otros autores cuyas carreras apenas comienzan como Krina Ber, Gabriel Payares y Carlos Villarino –todos de probada solvencia en la prosa de ficción. En esa convocatoria estaré yo, sin mi grabadora pero con mi libreta, tratando de meterme en las burbujas de ciertos peces y tratando de entender cómo se logra esa alquimia contundente de la ficción sencilla.
¡Enhorabuena por los peces de bellas imágenes y por la narrativa que ya no debe replegarse!

FOTO: Mi tribu urbana (mitribuurbana.zonalibre.org/ archives/peces1.jpg)

jueves, 25 de marzo de 2010

La mujer venezolana y la vieja crítica

La perspectiva histórica, caída en desuso en muchas partes del mundo al influjo de nuevas corrientes de análisis cultural, como por ejemplo el llamado “nuevo criticismo” o new criticsm —porque nació en las universidades anglosajonas— es la metodología más común en los libros de investigación que abundan en Venezuela. Bajo la etiqueta de “ensayo histórico” proliferan en las librerías títulos que intentan desenmarañar el pasado nacional, con la esperanza de entender por qué el presente se ha vuelto inexplicable.
Me parece que la neutral perspectiva de los historiadores nacionales a veces podría verse enriquecida por los enfoques interpretativos de ciertas corrientes analíticas. La reflexión se me ocurrió leyendo Ventaneras y castas, diabólicas y honestas, un libro de Elías Pino Iturrieta recientemente reeditado por Alfa (2009), y cuya primera impresión data de 1993, cuando “tal vez fuese de las pioneras en el estudio de las mujeres a través de la historia del país”.
Quizás sea por mi propio interés académico, pero me hubiera gustado analizar los hallazgos históricos de Pino Iturrieta sobre los manuales que se usaban en el siglo XIX para confesar a señoras y doncellas con las teorías de Michel Foucault con respecto al nacimiento de la confesión como método discursivo para controlar (sin imponerse) la manera de pensar de los feligreses –no sólo en lo que tiene que ver con el rol de cada género en la sociedad sino de la idea misma sexualidad—. Si la intención de Ventaneras y castas… es analizar la historia de las mentalidades, me pregunto: ¿qué orden de discurso creó la perorata de la Iglesia Católica (ya desde entonces) desfasada de su época? ¿Cómo influyó esta en a idea que la mujer tenía de sí misma? Y, principalmente, ¿Qué mecanismos mentales permitían que las mujeres apoyaran y difundieran las ideas que las mantenían a ellas mismas casi como presas dentro de sus propias casas?
Lo anoto de un lado en la libreta para cuando tenga tiempo de hacer el análisis correspondiente. Nada de malo en la perspectiva histórica, lo contrario, esta es la base para reflexiones posteriores que, quizás, arrojen conclusiones inesperadas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

La melancolia del autor

Cuando el especialista me participó el diagnóstico, yo sonreí de lado y miré al suelo.
El psiquiatra llamaba a mi padecimiento melancolía y yo lo reconocía como una sensación constante de volar torpemente casi al ras del suelo, sin nunca apuntalarme sobre la tierra para erguirme. ¡Cuatrocientos bolívares la visita para que el médico concluyera tal simpleza!
Vivo en este estado confuso de suspendimiento luego de que la pista sobre la que rodaba el carro de mi existencia se salió de su juntura. No me acuerdo con exactitud cuándo olvidé cómo era vivir en el carril. En los meandros de mi memoria apenas puedo reconocer un recuerdo, vago e inasible (que acaso es una fantasía también), del momento que descubrí mi irremediable antojo de condenar mi vida a contar la de otros.
Tenía 10 años, quizás 12, y escribía un relato. Estaba sentada en las escaleras de mi casa, con el lápiz bailando entre los dedos de mi pequeña mano y alrededor de mi cuaderno de notas se multiplicaban los creyones de colores que usaba para trazar los márgenes y adornar con dibujos la narración. Terminé el trabajo y lo entregué a mamá para que le revisara la ortografía; o más bien para que constatara la legibilidad de mi caligrafía, arte que no manejaba en los años escolares. No bien terminó de leer el texto, me preguntó azorada por qué yo, en mi calidad de autora del texto, había matado a la estrella que lo protagonizaba.
Tres cosas me quedaron claras en aquél momento: que mamá nada sabía de la peripétia trágica, que pronto mis padres discutirían por mi salud mental y que mi vocación era contar historias que levantaran algún tipo de razonamiento.
¿Quién era mamá para tacharme de autora negligente por asesinar a mi personaje?
La estrella que yo había creado no era una de las gigantes que tienen finales explosivos; la mía era pequeña y se entregó a la muerte de forma modesta, sin más aspaviento que el causado por las lágrimas de la luna. Todavía hoy pienso que esa es la única manera digna de morir: dejarse caer de forma modesta y contar con un ser fiel que llore, con sinceridad, nuestra partida. Ya entonces había reconocido en mis astros de características una afición por conseguir en lo cotidiano: la savia de una gesta heroica.
El relato, tal y como lo recuerdo, era una reflexión sobre la amistad, así que la muerte de uno de los protagonistas era apenas una anécdota. Para mis padres era otra muestra de mi necrofilia y mi manera de vivir enajenada de los asuntos de la casa.
Estudié Comunicación Social, como una excusa para satisfacer mi necesidad básica: vivir de contar; que el género reporteril me impusiera el imperio de la realidad era sólo un detalle.
Me gusta escribir para conocer todas las lecturas que tiene un hecho; sea real o ficticio.
La claridad con la que asumo ahora la verdadera razón de estudiar periodismo se debe a que redescubrí hace tres años mi vocación de narradora. Antes, cuando hablaba de mi carrera me excusaba en cierta vocación social y en la seducción de la noticia. Luego de cursar un postgrado y vivir una vida de autor civilizado en Nueva York, donde la gente no me desmereciera por dedicarme a contar historias, entendí que sólo me hice periodista para poder escribir sin que nadie me tachara de menos, por eso nunca se me había ocurrido que en radio y televisión también podía desarrollar facetas de mi carrera.
Volví a Caracas hace un año, mordida doblemente por la crisis financiera norteamericana y por la soledad de la urbe multinacional. El Nacional me había seducido con la oferta de desarrollar un periodismo cultural en la fuente de literatura. Es decir, ofrecieron pagarme por hacer lo que más me gusta: leer. ¿Qué otra cosa podía pedir yo?
Sentada frente al especialista sobrepagado que me decía la sarta de majaderías que ya yo conocía entendí. Sufría porque me apenaba asumir que desde que me supe autora no sólo me había impuesto la gran responsabilidad de contar historias ajenas, sino que además me había hecho vulnerable al poner en la palestra pública mi propia intimidad como anécdota, para los demás puedan reconocerse en ella.
Por eso, cuando me entrego a los momentos escapistas de la depresión –momentos que sin duda alguien pudiera interpretar como pereza– sonrío de lado y miro hacia el suelo, buscando las huellas del ocio pensante que inspiró al os griegos maravillas como La Odisea.