Y con el nombre de mujer me refiero al libro escrito por Teresa de la Parra hace poco menos de un siglo y no a la sacrificada heroína de la tragedia de Eurípides. Desde que la escritora caraqueña publicara su Diario de una señorita que escribía porque se fastidiaba –tal como reza el subtítulo de la obra— quedó en evidencia que las mujeres venezolanas se aburren. De la época de la dictadura de Juan Vicente Gómez queda muy poco, por no decir nada, excepto por ese estereotipo de mujer que se fastidia (y que fastidia a los demás) porque se la pasa escindida entre el hombre heroico de sus sueños, que mejor le pega a sus ímpetus grandilocuentes, y el políticamente correcto con el cual se siente obligada a formar una familia. Si la literatura venezolana, que es el territorio de la experimentación, redunda en personajes femeninos frustrados ante su incapacidad de cumplir sus sueños, ¿qué para la vida real? ¿Será por eso que tantas se casan y se divorcian, porque no pueden reconciliar a un hombre con el otro? ¿Porque, ultimadamente, se fastidian?
martes, 23 de noviembre de 2010
domingo, 21 de noviembre de 2010
Ansiedad
Se dice más fácil de lo que se hace. “Voy a escribir todos los días”, pensé entonces. Y el pensamiento fue sincero. Como la vez que compré un Journal de piel roja para llevar un diario. “Voy a escribir, aquí en mi diario de piel roja, todas las noches” pensé entonces. Una, dos entradas y el resto una profusión de garabatos. El diario de piel roja lo compré en 2006. Hoy, por fin, le quedan 10 páginas para terminar, pero sólo hay dos que tienen fechas. ¿Puede uno decidir, de un momento a otro que va a cambiar toda su rutina para incluir apenas unos 15 o 20 minutos de escritura al día? Claro que yo escribo más de 20 minutos todos los días. Pero escribo sobre los triunfos de los demás. ¿Cuándo podré poner las fechas juntas, una detrás de la otra y comenzar a construir triunfos que sean míos?
Dice el RAE que la ansiedad es una “angustia que suele acompañar a muchas enfermedades, en particular a ciertas neurosis, y que no permite sosiego a los enfermos”, ¿puede uno enfermarse de falta de tiempo para uno mismo?
jueves, 18 de noviembre de 2010
Tía Coneja
Al despertarme aquella mañana no las sentí. Caminé como autómata hasta la poceta y luego de terminar lo mío abrí la llave del lavamanos. Entonces, levanté la cabeza y las miré en el espejo.
Dos grandes y peludas orejas de… coneja.
“¿Qué broma es ésta?”, me pregunté. Debajo de las dos grandes orejas de corto pelo marrón, del mismo color de mi cabellera, las cejas se me arqueaban y los ojos se redondeaban cada vez más en un psicodélico espiral que parecía no tener fin.
“¿Por qué me ocurre esto?”, lloriquee. Yo era buena, a mí que me querían todos. Siempre estaba lista para echar vaina, para agradar, para conseguir lo mejor de lo que la vida ofrecía. En un país de mierda como éste donde cada vez hay menos estructura y donde cada institución es un vacío contundente, ¿qué más le queda a uno sino hacerse la liebre?
“¿Y ahora qué hago?”, me cuestioné, por fin, recordando que en Venezuela todos tenemos algo de conejos.
martes, 3 de agosto de 2010
Happy Birthday, Mr. Baldwin

Agosto, mes de escritores
MRR
file://\Documents and Settings\mroche\Escritorio\Isabel Allende.htm
miércoles, 28 de abril de 2010
El deslave revisitado
La catástrofe de Vargas, concluye el lector de lo escrito por Vásquez Lezama, es un microcosmos de las políticas del chavismo y de su verdadera manera de concebir al soberano.
lunes, 5 de abril de 2010
La belleza de los peces

Algún día voy a escribir, por fin, ese ensayo sobre la belleza y le voy a poner como epígrafe una cita de Pedro Enríque Rodríguez: “Algunas personas no son bellas, son versiones de la belleza”. No sólo porque me parece una frase que en lo sencillo y lo certero de su aseveración resume la genialidad, sino porque yo misma no estoy segura de entender qué significa la belleza.
Esto dicho –o escrito– tengo que apuntar que me enternecieron los mudos peces voladores que Rodríguez aprisiona en su segunda publicación: El silencioso vuelo de los peces (Equinoccio, 2009). Allí reúne 14 relatos cortos cuyos temas caminan entre los intricados meandros de las relaciones humanas con una elegancia poblada de evocativas imágenes sentimentales.
Me gustaría sacar copias y repartirlas entre los escritores más jóvenes, porque Rodríguez descubre allí algo espasmódico: que la unión entre la sencillez del argumento y la concreción de una imagen golpea el alma con la contundencia de la empatía. Y ¿qué más puede pedir uno del lector que su empatía?
El autor hace algo allí que a mi me ha costado la vida entender: que una historia no es sobre su argumento, sino sobre los sentimientos que despierte en quien la lee.
“Una mujer sola en la paya”, el cuento al que pertenece la cita con la que comienzo este texto, será discutido este miércoles 7 de abril en el evento Repliegues narrativos que él organiza con otros autores cuyas carreras apenas comienzan como Krina Ber, Gabriel Payares y Carlos Villarino –todos de probada solvencia en la prosa de ficción. En esa convocatoria estaré yo, sin mi grabadora pero con mi libreta, tratando de meterme en las burbujas de ciertos peces y tratando de entender cómo se logra esa alquimia contundente de la ficción sencilla.
¡Enhorabuena por los peces de bellas imágenes y por la narrativa que ya no debe replegarse!
FOTO: Mi tribu urbana (mitribuurbana.zonalibre.org/ archives/peces1.jpg)