lunes, 27 de febrero de 2017
Dos mujeres en un bar
lunes, 20 de febrero de 2017
Hablar en inglés
– No entiendo por qué están
orgullosos de no hablar inglés.
Con
esas palabras, dichas en su idioma, la señora irrumpía en el pasillo lateral de
la librería.
– ¿Puedo ayudarla?, contesté,
más por reflejo que porque me interesara hacerme útil.
Sorprendida,
la mujer se detuvo un segundo para negar con la cabeza, sin llegar propiamente
a darme las gracias. Era una estadounidense de rasgos asiáticos de no más de 65
años con unos grandes lentes de ver y una ligera chaqueta de invierno marca
Burberry. Su esposo, un hombre alto y muy entrado en años la seguía, sin hacer
el menor ruido. Imaginé que estaba allí porque buscaba un libro y que había
preguntado por este a la vendedora y esta hizo ademán de no entenderle. Sin
contestarle, o quizá haciendo algún ademán que significaba que no sabía qué le
decía (porque no escuché decir nada a la vendedora, ni en castellano ni en
inglés), la vendedora debe haberle señalado la parte interior de la librería o
haber hecho algún ademán que obligara a la estadounidense (con su acento
inequívoco del East Coast) a ir hasta
el fondo. Y encontrarse de frente conmigo, que la había escuchado, en su
momento de fanfarroneo.
Yo me
pregunto qué habrían hecho en la Barnes&Noble ubicada en la quinta Avenida
con la calle 46 de Manhattan: ¿Habrían buscado a un empleado que hablara
castellano para responder a mi pregunta? ¿Qué le hubieran dicho a una persona
que les hubiera pedido un libro que no puede reconocer porque la gente en
Estados Unidos se empeña en hablar en
inglés? ¿Qué sentido tiene entrar en una librería de un país cuyo idioma
oficial no hablamos para comprar un libro?
Me
sentí tentada a perseguir a la señora hasta la parte de atrás de la librería y
decirle que, después del mandarín, el castellano es la lengua madre de más personas
en el mundo, con 400 millones de hablantes, y que por eso estamos orgullosos.
Que ella misma debería aprender a hablar en castellano, visto lo numerosa que
es la población hispanohablante en su país y la enorme fuerza financiera que se
identifica allí con ese idioma. Y que, además, tiene todo el sentido del mundo
que en una librería no se hable otro idioma que no sea el que hablan los libros
que allí se encuentran. Pero luego miré a mi alrededor los títulos de las
publicaciones que descansaban sobre las mesas y dentro de las estanterías. Por
cada decena de libros traducidos de otros idiomas, la mayoría de ellos escritos
originalmente en inglés, había uno escrito por un autor español y, quizá, otro
por uno hispanoamericano.
Quizá
el problema es que nos hemos empeñado en no
hablar inglés sin tener un verdadero interés en hablar castellano.
lunes, 6 de febrero de 2017
Pose de lectores
En un ensayo sobre la escritura
biográfica de Victoria Ocampo, Silvia Molloy recuerda que cuando era niña,
antes de aprender a leer, la fundadora de Sur
acostumbraba a hacer como que leía un libro que, de tanto escucharlo, había
memorizado. “Recuerdo el cuento perfectamente”, escribió Ocampo: “y sé qué está detrás de las
letras que no conozco”. Enunciando una experiencia similar, cuando los periodistas le preguntaban por sus primeras
lecturas, Ricardo Piglia contaba que había visto a su abuelo leer muchas veces
y, queriendo imitarle a pesar de que aún no sabía leer, a la hora de la siesta
tomó un libro de su biblioteca y fue a sentarse en las escalinatas de la puerta
de su casa con el extraño objeto abierto entre sus manos. Como la casa quedaba
cerca de la estación de trenes de Androgué era frecuente que pasaran por allí los viajeros que llegaban cada media hora. A la hora de la siesta
serían pocos, pero uno de ellos le señaló al chico que sostenía el libro al
revés. A Piglia le gustaba creer que ese hombre era Borges, porque en aquellos
tiempos, su familia aún pasaba los veranos en el Hotel Las Delicias de ese lugar. Aunque las
experiencias de los dos autores argentinos son diferentes, porque para Ocampo representa el contacto directo con la anécdota, la atracción por lo escrito, y
para Piglia se trata de la fascinación por el placer de esa atracción por la lectura como proceso, destaca que
desde la niñez de ambos existió la necesidad de hacer propia la lectura. Así ambas anécdotas ponen en evidencia que, al principio, la lectura, como la
escritura, es un ejercicio de imitación.lunes, 30 de enero de 2017
Las marchas, las mentalidades y el poder
Resulta que los organizadores
de la protesta al día siguiente de la inauguración de Donald Trump pensaron que
era mejor llamarla “Marcha de las mujeres” y no movimiento “anti-Trump”, aunque
era bien claro a qué apuntaba y por qué tantísim@s mujeres y hombres estaban allí. Porque pueden decir lo que quieran del
feminismo (como de hecho han dicho) pero es un movimiento en el seno del cual
han florecido los más importantes derechos civiles de las y los ciudadanos contemporáneos.
Ahora, las cosas como son: las
marchas tienen más de catarsis que de cambio político. Yo las conozco muy bien
porque, como venezolana, tengo marchando toda mi vida democrática. Fuera de
mostrar el inmenso grupo que quedó descontento con la elección de Trump para la
presidencia de EE.UU y la rabia que muchos sienten cuando escuchan hablar al
presidente porque convierte en extraño todo lo que hasta ahora había sido
familiar para los estadounidenses (como la noción de melting pot en el mismísimo núcleo del Sueño Americano), la Marcha de
las Mujeres no produjo un cambio tangible en la nueva política de gobierno. Todo lo contrario, la fortaleció: la
semana siguiente, Trump tomó una de las medidas más radicales tomadas en décadas
contra los inmigrantes, les prohibió la entrada al país. Entonces ya había dado
la orden de construir el muro en la frontera con México y había avanzado en la
promoción de más marcos legales contra el aborto.
Los medios de comunicación se
preguntan por la posibilidad de convertir la
rabia de la Marcha de las Mujeres
en un movimiento de oposición contra Trump, pero la realidad es que aún esos
mismos medios no han podido responder a la pregunta de cómo este outsider ruidoso y malportado pudo
llegar a la Casa Blanca. El chavismo me enseñó que incluso el gobierno más rouge evidencia asuntos importantes de
su pueblo. En el caso de Venezuela es la celebración que esa cultura hace del pícaro, la
noción de que el mundo es una inmensa mamadera de gallo donde es comprensible ser
el victimario, porque la alternativa es ser víctima. Quizá, la tara
estadounidense que la era Trump empieza a descubrir es la seducción de ese
pueblo con los ricos. ¿No es la riqueza el tópico en el centro del Sueño Americano? ¿No es el éxito ($) en los negocios sinónimo de su bienestar? ¿No es la
clase empresarial el sector más poderoso de ese país? ¿No es Trump mismo el
epítome de esta clase?
Feministas como Rebeca Solnit y Roxeanne Gay denuncian que un mujer cada seis minutos es violada en Estados
Unidos y que una de cada cinco mujeres que viven en ese país es víctima de
alguna forma de brutalidad sexual a lo largo de su existencia. No parece raro,
entonces, que su presidente proponga grab
‘em by the pussy (agarrarlas por el coño), recordando que cuando se tiene
poder (y $) se puede hacer cualquier cosa. Y que es probable que they like it (que les guste). No sólo es contra Trump contra quien
hay que luchar: hay que luchar contra la mentalidad que lo puso en el poder,
con el trumpismo que es mucho anterior a Trump. Pienso que deberíamos hacernos una pregunta fundamental: ¿de cuántas maneras han sido
los americanos cómplices de la celebración del poderoso? Y la pregunta fundamental:
¿cómo cambiamos esa mentalidad?
Por cierto, yo también quiero mi sombrerito rosado.
lunes, 23 de enero de 2017
Tres puntos suspensivos
Ver un texto de ficción terminado en… me da… , porque le
dice al lector que la historia sigue pero nunca podrá leerla. Es peligroso el
autor que abusa de los… porque desvirtúa su significado y confunde al lector.
El
uso antiguo de los… indicaba supresiones o sustituciones en las
transcripciones. A partir del siglo XX –quizá por influencia del inglés– se les
usó también para informar de la actitud vacilante, de silencios significativos
o de temor en un hablante; para evitar las repeticiones; para sustituir a las
palabras malsonantes –las groserías, claro– y, finalmente, como sustituto del
“etcétera”. En la recientemente editada Ortografía de la RAE se señala que los…
se usan para finales sobreentendidos. Entonces, al leer un cuento con tres
puntos suspensivos al final asumo que perdí mi tiempo leyendo aquello que lo
antecede. Y no puedo pensar más que …
lunes, 9 de enero de 2017
El cuento del cuento
[Este
cuento trata de una mujer que es escritora que le cuenta a su terapeuta que
tiene 10 años escribiendo un cuento, dos años más de los que tiene asistiendo a
terapia, y que siempre está malo. Por supuesto que esto es una metáfora de lo
que le pasa a su vida. Si no termina el cuento es porque ella misma no se
siente escritora. ¿Qué necesita uno para sentirse escritor? El cuento es una
metáfora de cómo ella se sabotea su propia aspiración de escribir. Se ha
tardado todo este tiempo en publicar el cuento porque es le que le pondrá punto
final a la colección de cuentos, su primer libro. Si uno no publica nunca, siempre
puede ser el mejor escritor (inédito) del mundo]
lunes, 26 de diciembre de 2016
La envidia, Murakami y yo.
La envidia tiene carácter literario,
por eso hay varios escritores que despiertan en mi ese sentimiento. Pero existe
uno a quien envidio con especial encono: Haruki Murakami. Esto es una verdadera
proeza porque me parece detestable su obra . Así que no se trata de que quiera ser como
él o de que sienta exacerbado el culto que algunos lectores rinden a sus libros.
No. Mi desazón con el autor nacido en 1949 es su determinación a rajatabla. Una
tarde de 1978, estaba en un juego de béisbol en el Jingu Stadium de Tokio
cuando vio que el jugador estadounidense Dave Hilton bateaba un doble y, en ese
instante decidió que iba a escribir una novela. Esa noche, cuando llegó a su
casa se puso manos a la obra. Hasta esa fecha se había ganado la vida con su el
bar de jazz, el Peter Cat.
No dudo que esta historia esté maquillada por los estrategas de las superventas, pero igual me pone a pensar.
No dudo que esta historia esté maquillada por los estrategas de las superventas, pero igual me pone a pensar.
Podemos creer o no esta
historia que a sus editores y agentes les gusta repetir hasta el cansancio
porque hacen pensar que el mundo de la escritura es así de fácil como el narrador
del cuento de Augusto Monterroso que se levantó para conseguirse con que el dinosaurio
(o la novela) ya estaba allí. Pero lo cierto es que para 1986 la primera obra de
Murakami, Tokio blues (Norwegian Wood),
había alcanzado un éxito enorme. Fue en esa misma época cuando comenzó a hacer
maratones. Un día se paró de su cama y quiso saber qué se sentiría correr por
gusto y por deporte. Más tarde, esto se le volvió más que una costumbre, una
pasión tan arraigada como la literatura. Completó su primera carrera de cien
kilómetros en junio de 1996, doce años después de haber comenzado a entrenarse.
Y yo me pregunto: ¿Por qué no me pasan a mi estas cosas?
En su obra de 2008 titulada De qué hablo cuando hablo de correr,
Murakami cuenta estos hechos y construye su biografía de deportista a
contrapelo de sus memorias de autor. Desarrolla allí su idea de que escribir una
novela es igual a entrenarse para un maratón. Este libro de Murkami se editó el
mismo año en que comencé a escribir la novela que todavía no termino y que inicié
una rutina de “trotar” todas las mañanas. Digo “trotar” porque correr sería un
eufemismo. El único maratón que he hecho fue un medio-maratón en el año 2014 en
Marbella y llegué de última. No exagero: estaba tan atrás que el coche de la
limpieza hacía pausas para no adelantarme. Y la novela no la termino nunca.
¿Será que tengo que dejarlo todo para regentar un club de jazz?
Me gustaría, pero tampoco tengo
oído musical.
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