lunes, 30 de enero de 2017

Las marchas, las mentalidades y el poder


Resulta que los organizadores de la protesta al día siguiente de la inauguración de Donald Trump pensaron que era mejor llamarla “Marcha de las mujeres” y no movimiento “anti-Trump”, aunque era bien claro a qué apuntaba y por qué tantísim@s mujeres y hombres estaban allí. Porque pueden decir lo que quieran del feminismo (como de hecho han dicho) pero es un movimiento en el seno del cual han florecido los más importantes derechos civiles de las y los ciudadanos contemporáneos.
Ahora, las cosas como son: las marchas tienen más de catarsis que de cambio político. Yo las conozco muy bien porque, como venezolana, tengo marchando toda mi vida democrática. Fuera de mostrar el inmenso grupo que quedó descontento con la elección de Trump para la presidencia de EE.UU y la rabia que muchos sienten cuando escuchan hablar al presidente porque convierte en extraño todo lo que hasta ahora había sido familiar para los estadounidenses (como la noción de melting pot en el mismísimo núcleo del Sueño Americano), la Marcha de las Mujeres no produjo un cambio tangible en la nueva política de gobierno. Todo lo contrario, la fortaleció: la semana siguiente, Trump tomó una de las medidas más radicales tomadas en décadas contra los inmigrantes, les prohibió la entrada al país. Entonces ya había dado la orden de construir el muro en la frontera con México y había avanzado en la promoción de más marcos legales contra el aborto.
Los medios de comunicación se preguntan por la posibilidad de convertir la
rabia de la Marcha de las Mujeres en un movimiento de oposición contra Trump, pero la realidad es que aún esos mismos medios no han podido responder a la pregunta de cómo este outsider ruidoso y malportado pudo llegar a la Casa Blanca. El chavismo me enseñó que incluso el gobierno más rouge evidencia asuntos importantes de su pueblo. En el caso de Venezuela es la celebración que esa cultura hace del pícaro, la noción de que el mundo es una inmensa mamadera de gallo donde es comprensible ser el victimario, porque la alternativa es ser víctima. Quizá, la tara estadounidense que la era Trump empieza a descubrir es la seducción de ese pueblo con los ricos. ¿No es la riqueza el tópico en el centro del Sueño Americano? ¿No es el éxito ($) en los negocios sinónimo de su bienestar? ¿No es la clase empresarial el sector más poderoso de ese país? ¿No es Trump mismo el epítome de esta clase?
Feministas como Rebeca Solnit y Roxeanne Gay denuncian que un mujer cada seis minutos es violada en Estados Unidos y que una de cada cinco mujeres que viven en ese país es víctima de alguna forma de brutalidad sexual a lo largo de su existencia. No parece raro, entonces, que su presidente proponga grab ‘em by the pussy (agarrarlas por el coño), recordando que cuando se tiene poder (y $) se puede hacer cualquier cosa. Y que es probable que they like it (que les guste). No sólo es contra Trump contra quien hay que luchar: hay que luchar contra la mentalidad que lo puso en el poder, con el trumpismo que es mucho anterior a Trump. Pienso que deberíamos hacernos una pregunta fundamental: ¿de cuántas maneras han sido los americanos cómplices de la celebración del poderoso? Y la pregunta fundamental: ¿cómo cambiamos esa mentalidad?
Por cierto, yo también quiero mi sombrerito rosado.