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viernes, 6 de marzo de 2015

Nitidez y distorsión

Nunca he tenido problemas para poner el dedo exactamente sobre lo que estoy sintiendo. Pocas veces me confundo y suelo tener amistades, odios y amores tan nítidos como las nubes blancas que atraviesan el cielo caribeño.
Pero la escritura es otra cosa: No he concebido un solo personaje que tenga claro qué es lo que siente por quién y, con frecuencia, me encuentro con que la mujer que estaba perdidamente enamorada de un hombre en el primer borrador desarrolla en el segundo un odio visceral. Y ese protagonista que había comenzado detestándola, como todo personaje tiene espíritu de contradicción, ahora quiere proponerle su amistad. No he conocido a un solo hombre sin apetitos sexuales, pero ya cuento tres personajes que o quieren mantenerse castos o están en un momento en que prefieren tomarse su tiempo. Al principio, todas mis heroínas tienen nombres de mujeres puras –hay una Teresa, una Beatriz, varias Marianas y cada dos días se me ocurre una Virginia– pero sus deseos son más oscuros que las sombras dentro de la caverna de Platón. Ninguno de estos sujetos tiene nada claro y avanzan por el desorden de mis notas ávidos de caracterización y de perfección. Pero yo que estoy más viva que ellos estoy segura que no hay nada que sirva.

La literatura, pienso ahora, no es la vida como es, sino como debería haber sido.

martes, 21 de agosto de 2012

La Libreta de Abad y la mía


En la más reciente celebración de la Feria del Libro de Carabobo, que me parece que fue a finales de octubre del año pasado, Héctor Abad Faciolince perdió su libreta de anotaciones. Yo me la imaginé como una Moleskine negra, del tamaño de la palma de su mano extendida, con hojas blancas –es decir: sin líneas, porque me parece la pequeña letra de molde del autor de Medellín se mantiene derecha sin más indicaciones–. “Michelle, puedes creer que la boté: la dejé en un taxi, junto con unos libros. Los títulos ya los compraré, pero la libreta... ¡La libreta!”, me dijo. Y, de repente, aquellos ojos claros, enormes.
Yo, que lo había esperado más de una hora para hacerle una entrevista –y no quiero que esto se lea como reclamo, porque fue un placer–, lo miré haciéndome la circunspecta y fui incapaz de hacer empatía con su desgracia. Es decir: Sí, me daba pena, pero las palabras de Héctor me traspasaban sin herirme. Y eso que me dijo varias veces que tenía sus anotaciones de los viajes que había hecho esas semanas y de los últimos libros que había leído. Para tomar esas notas, ni que volviera a viajar ni que leyera lo mismo.
Pero ahora he perdido yo mi libreta. Sólo tenía allí anotadas tres ideas para cuentos, unas notas para una entrevista con Ana Teresa Torres y un bosquejo del tema para un libro que alguna vez me encantaría escribir.
Ahora, como tampoco aparece mi pequeña libreta de una línea con la imagen del David de Miguelángel en la portada. Me acuerdo de la cara de Héctor. ¿Será que la dejé en un taxi? ¿De qué se trataban esas notas para cuentos? ¿De qué género era aquél libro que quería escribir?
Y la exclamación de Héctor en mi memoria: “¡La libreta!” Y yo, ahora, tan tarde que sí aprendí a hacer empatía.