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sábado, 18 de agosto de 2012

El precio de la fama periodística


 Fareed Zakaria cayó en desgracia. Y volvió a levantarse. Así opera el sistema de la fama televisiva, que trata por igual a Lady Gaga que a uno de los periodistas más eruditos de la TV estadounidense.
El conductor del programa bandera de CNN sobre asuntos de política internacional (GPS en CNN), quien también posee una columna en la revista Time (y es considerado Editor-at-Large de esa revista o colaborador estrella) y columnista del Washington Post fue suspendido de CNN y Time medios el viernes por tomar párrafos de un ensayo del New Yorker para su más reciente columna en Time. Una versión de esa columna sobre el control de armas fue publicada en el sitio de Internet de CNN. Zakaria se disculpó, argumentando que había cometido un “terrible error”.
Los detractores del periodista Indo-Americano no tardaron en aparecer. Según el Washington Post Zakaria tampoco indicó en The Post-American World (2008) que había tomado una cita de otro libro. Pero el periódico pronto declaró que se había equivocado: dijo que tras una inspección detallada, notó que Zakaria citó efectivamente a la fuente y que el reportaje del Post no debió publicarse. “Lamentamos el error y nos disculpamos con el señor Zakaria”, publicó.
Si bien recientemente, tanto CNN y Time levantaron la sanción, la rapidez con la que los medios de la competencia condenaron al periodista especializado en el análisis de la política internacional, queda en evidencia que hasta los periodistas más eruditos están sometidos a la dictadura de la popularidad.
CNN y Time señalaron haber revisado su decisión del viernes y que llegaron a la conclusión de que el reciente fue un “lapsus” periodístico” de Zakaria, piensan que fue un incidente aislado. GPS regresará al aire el 26 de agosto y la columna de Zakaria en la Time aparecerá en la revista del 7 de septiembre.
Creo que lo que le ocurrió a Zakaria debería ser una lección para todos los periodistas de lo frágil que es la popularidad de los medios de comunicación, en donde nadie, por desgracia,  es imprescindible.