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miércoles, 22 de mayo de 2013

La luz, los poetas y la noche


 Me gusta hablar con los poetas porque tienen la vida a flor de piel. Por su puesto que hay muchos gatos que tienen pinta de tigres y el territorio de las metáforas no es la excepción, pero cuando tengo la suerte de conseguirme alguien que comprende la búsqueda de lo que Cadenas denominó las “certitudes aterradoras”, me siento privilegiada. Entiendo entonces por qué siento que cada día sobre la tierra es una carga: porque eso me ayuda a cavar una ventana mínima en la realidad para ver a los demás y comprender que hay otros tan insomnes como yo que abrevan sus inquietudes en palabras. Y cuando los seres de la noche se encuentran siempre hay claridad. Enhorabuena.

martes, 14 de agosto de 2012

Atropellar a un poeta.

Todas las mañanas siento que voy a arrollar a alguno. Obsesionada como ando por la vida por el correr indetenible del tiempo, con las fechas de entrega, con los horarios invertidos no hay un solo día de mi existencia en el que no sienta que voy a derribar a un poeta para abrirme paso. No lo hago a propósito. A veces imagino que hay uno, parado en la esquina de la primera avenida y la primera trasversal, contemplando de lejos la cursi carajita de Wendy’s, con sus crinejas rojas y su sonrisa anacrónica, preguntándose… algo. Como un bólido sin carro, aparezco en la otra esquina, cartera en mano y zapatos nunca lo suficiente altos, exhibiendo un ritmo al caminar que solo acelera, sino que no cesa. Y, claro, paso precipitadamente exactamente sobre su pie derecho:
– Disculpe usted, diría, mientras el otro me mira con desdén. Aquel observa mi apariencia pedestre de periodista da un suspiro corto y vuelve a sumergirse en sus ideas de eternidad.
En honor a la verdad, tampoco me he llevado nuca por delante a ningún poeta. Es solo que tengo miedo de hacerlo. Y es que la cotidianidad es la manera menos evidente pero más certera de acabar con la contemplación.