viernes, 12 de agosto de 2011
Educación religiosa
viernes, 29 de julio de 2011
Leer parada.
miércoles, 27 de julio de 2011
Macerar la rabia
lunes, 18 de julio de 2011
Juego vulnerable
domingo, 17 de julio de 2011
Tres puntos suspensivos
sábado, 16 de julio de 2011
Abandono
lunes, 11 de julio de 2011
Película
lunes, 27 de junio de 2011
Clásicos
Una obsesión literaria me cercena la cabeza: ¿Cuántos libros necesarios hemos dejado de leer por desconocer su existencia o porque su legado está tan arraigado en el inconsciente colectivo que se hace innecesario dedicar tiempo a recorrer sus páginas? Pero lo que me parece realmente enloquecedor de esta reflexión es que evidencia lo sensible que somos, entonces, a construir nuestro mundo simbólico, y por ende el real, a partir de las interpretaciones que otro ha hecho de la realidad: ¿Qué tal si hemos construido nuestra vida social –o peor aún: nuestra vid íntima– sobre concepciones erradas de esas lecturas que no hicimos?
martes, 3 de mayo de 2011
domingo, 24 de abril de 2011
El drama de la voz
Cuando hablo con los demás, escucho el eco de una voz en mi cerebro que editorializa cada comentario ajeno y, a veces, hace pie de página a mis intervenciones en el mundo exterior. Es una voz molesta, como la de una viejecita que vivió en la época de las lamias y guarda en cada acotación la experiencia de cosas que vivió, que imaginó o que convirtió en pesadilla. Cuando estoy sola es cuando más incómoda me pone, porque nunca me permite ver las cosas como quiero sino como son. Es una voz hiperreal de mujer cínica. Esa, para mi desgracia, es la voz de la escritora.
sábado, 16 de abril de 2011
Vida vegetal
El hombre se sentó frente a la ventana, todavía sin cambiar la expresión que a su esposa tanto había perturbado. Miró el anochecer y comenzó a salivar. Este acto involuntario de la boca, que en todos los seres humanos es tan común, a Evaristo siempre le divertía, porque le recordaba que había una parte de él que estaba vivo, aunque esta fuera minúscula. Era la misma sección de su existencia que le causaba aquella sensación tan horrible de hambre; aquella necesidad de desmechar a dentelladas cada sección de su alimento.
jueves, 17 de febrero de 2011
La medida del fracaso
De la misma manera que cada quien tiene una imagen específica para calcular la felicidad –Los Beatles, en una canción, hablan de longitudes y edades—, cada uno de nosotros tiene su medida del fracaso. La imagen del éxito en la sociedad contemporánea, como escribe Muriel Barbery en La elegancia del erizo, sobre la familia de una de sus protagonistas es “una juventud dedicada a tratar de rentabilizar la propia inteligencia, a exprimir como un limón el filón de los estudios y a asegurarse una posición de élite”. Pero no todos nosotros nos sentimos satisfechos con eso. El problema está en que, de la misma manera que aquello que nos produce alegría es una prerrogativa íntima, también la satisfacción lo es. Entonces, nadie sino uno mismo puede saber cuándo ha fracaso realmente, aunque sea rico como un Rockefeller o esté en la cúspide de la popularidad, lugar que nunca depende de uno.
jueves, 10 de febrero de 2011
Territorios de novela
martes, 8 de febrero de 2011
Rusia, Aristóteles y los espectáculos
Una reflexión de Jorge Volpi en No será la Tierra (2006) me golpeó por su certeza: refiriéndose al estado de los diarios en la recién nacida Rusia, apuntó que el cambio más grande que había traído la recién inaugurada libertad de prensa fue la apertura a nuevos mercados, que la sometió a la tiranía de la publicidad y al menoscabo del periodismo investigativo –que había servido refugio y reafirmación a la oposición rusa, así como a su pueblo afligido por la dictadura—. Comenzaron a proliferar, en los mismos espacios donde antes se le daba cabida al pensamiento de oposición, intereses más espectaculares, al fin y al cabo la gente lo que quería era distraerse. Claro que Volpi lo escribió mejor, pero ustedes me entienden.
Ya en su Poética, Aristóteles señalaba que el espectáculo –que él asociaba con un modo que se manifiesta en la tragedia, por su particularidad de género presentativo— era la parte menso importante de una obra literaria, porque la estimaba como la menos propia del arte poética. Así, el espectáculo era, desde los tiempos inmemoriales, el estrato más superficial y menos empático –porque los discursos de la empatía, más que de la simpatía, son la base de la cultura griega—. ¿De qué vale, entonces, de que siglos después nos empeñemos en cambiar el discurso dominante con la forma más superficial del discurso abstracto?