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miércoles, 30 de julio de 2014

Ay, las familias.

Las familias son microcosmos totalizantes en los cuales sus miembros se sienten con el derecho a ejercer una fuerte intervención en todos los órdenes de la vida de sus parientes y el poder coercitivo de su estructura se concentra en manos, no de quien administre el dinero o de quien esté mejor calificado para servir de ejemplo a sus miembros más jóvenes, sino en quien sepa manejar mejor y transmitir el léxico de las convenciones internas del grupo.

viernes, 5 de julio de 2013

Un viaje al pasado


Quizá lo único que era verdaderamente distinto a una especie de cotidianidad que no recordaba era que estábamos de nuevo en un vagón de tren, padres e hija: aquél triángulo originario que llamé una vez familia, antes de que naciera Marcel que estaba en Caracas para resolver esos asuntos inaplazables que sólo se tienen cuando uno va a la universidad. Tampoco era él parte de esto, porque nació en el año noventa, después de que papá y yo nos pusiéramos a memorizar aquello de que a las cinco en sombra de la tarde y de que no quiero ver la sangre de Ignacio sobre la arena.
Por eso Granada. Y por eso Federico García Lorca que iba pidiéndomelo verde desde un libro suyo que tenía dentro de la cartera. Por eso aquél viaje, nosotros tres, como si papá pudiera echar el reloj hacia atrás con esas manos que ya han comenzado a mancharse. Y por eso aquella sensación de que todo era un secreto, de que me iban a regañar si hablaba de más o decía lo que no debía. Y el miedo de repetir, por tercera vez mi pregunta sobre qué íbamos a hacer allá y, a penas me salió un balbuceo sobre una fecha de regreso.
–      – ¡Emilio!, dijo mamá con esa manera sólo suya que tiene de llamarlo.
Él levantó sus ojos, que son exactamente iguales a los míos pero más grandes y con arrugas. Colocó el libro a la altura de su pecho (por que antes lo tenía muy cerca de la cara) y mientras La Reconquista seguía su curso natural en la Historia de España, me preguntó qué me pasaba, con esa seriedad suya que hace de cualquier momento uno trascendente. Pregunté, de nuevo, con mi propia versión de la severidad que estaba escrita sobre su cara y con un dejo de indiferencia me contestó que el lunes.
– ¿Pasado mañana?, le pregunté con un sobresalto simple, ahora sí de vuelta a mis treinta y pico de años.
Mamá ni se inmutó. Pero la cara de mi padre fue como si lo hubiera insultado. El paisaje de la noche y las luces españolas moviéndose dentro de las ventanas del tren, que iba avanzando hacia el destino, mientras papá caía en cuenta de que había organizado ese viaje para devolverse al pasado, robándose una semana de nuestro futuro. Y la revelación me pareció menos trágica para él que había cometido un error que para mi que tuve que aceptar que aquella mirada suya era ya la de un anciano.

viernes, 10 de febrero de 2012

Mathilda, William y Mary

A través de una antigua amante suya, Maria Reveley, William Godwin recibió en 1820 el manuscrito de Mathilda para su publicación. Se trataba de una novela de Mary Shelley, en la que un padre enamorado de su hija se suicida causando el retiro y, finalmente, la muerte de la joven que se “creía manchada por el amor ilícito que había inspirado”. Godwin, uno de los pensadores liberales que más escándalos causó entre los siglos XVIII y XIX –antes de que la época Victoriana uniformara la moral inglesa–, se negó a sacarlo a la luz pública. El tema de la pasión entre padre e hija le pareció repugnante e insistía en que debía publicarse solo si incluía un prefacio en que se aclarara que la protagonista no había cometido incesto. Ninguna de sus críticas a la obra de su hija se conoció más que por biógrafos posteriores. El relato, por fin, llegó a las librerías en 1959 casi un siglo después de la muerte de su autora.
Las censuras de nuestra familia, a veces, son peores que las de nuestros críticos más execrables.