lunes, 21 de enero de 2013

Con Nothomb todavía temblando


Quizá era la única que no había leído aún Estupor y tembloresEstupor y temblores de Amélie Nothomb, pero la semana pasada el destino me comprobó lo que explica Juan Villoro en El libro salvaje: que los lectores, más que encontrar libros, son encontrados por ciertas publicaciones. El caso es que estaba yo dándome La buena vida y cayó entre mis manos este título que en castellano va por la décima edición. Se trata de una novela brevísima sobre las vicisitudes de una joven belga trabajando en una empresa de consumo masivo en Japón. El título es especialmente revelador de la trama porque con “estupor y temblores”, debían dirigirse los subalternos al emperador en la época de los samuráis y es una actitud que ahora estructura la complicada ética empresarial de Japón. La narración se estructura sobre un hilo dramático sin saltos narrativos hacia pasado o futuro y está narrada en primera persona del singular, lo que contribuye a evidenciar su carácter autobiográfico del texto de la autora belga nacida en Kobe (Japón) en el año 1967. A ratos una parábola y otras una caricatura demasiado simplificada de la sociedad japonesa, Estupor y temblores seduce por el humor salvaje de la autora. Pero no es esto lo que hará que su sabor se quede varios días con el lector; es que la descripción de Nothomb de su superiora inmediata ––que a ratos parece crítica, pero la mayoría de las veces señala un embeleso propio del enamoramiento–– señala la relación dual con el poder (y con los poderosos) que, aunque queramos negarlo, tenemos todos. Y en el fondo de aquellos jefes intransigentes (y de los jefes de los jefes intransigentes) que describe la belga, cualquiera podrá reconocer sus traumas laborales, transcurrieran estos dentro o fuera de la inaccesible cultura asiática.