miércoles, 25 de septiembre de 2013

El llavero y la verdad

Mi abuela se negaba a darle a papá el gusto de preguntarme si había agarrado el llavero, solo para no tener que aceptar que yo la había hecho pasar un mal rato o quizá por su manía llevarle la contraria. Mi abuela no confiaba en él. En el fondo, aunque nunca se lo había dicho a su hija, le parecía que papá no era de fiar, que escondía algo. No se trataba de otra mujer o de algún secreto sórdido de su pasado sino de algo más profundo, constitutivo de su personalidad: la abuela temía que papá fuera estructuralmente mendaz.
Pero papá tenía razón. El manojo de llaves unidos por un llavero con una gran letra “M” dorada estaba en el maletero del carrito Fisher Price con el que pasaba horas jugando. Aunque sabía que era grave lo que estaba pasando y me daba lástima ver a mi abuela recorriendo todos los cuartos de las casa, a ratos afincando el dedo índice sobre un lado de su frente, como si eso la ayudar a marcar los recuerdos, no confesé. Parte de la razón por la que mi abuela no me metió en este problemaes porque yo, sentada sobre el carrito, impulsándome con las piernas que le caían a cada lado, iba persiguiéndola por toda la casa mientras hacía las pesquisas, así que era evidente que si yo tenía algo que decir, lo hubiera hecho hacía horas.

No soy una persona mala, o por lo menos aún no lo era a esa edad, así que no había escondido las llaves apropósito. Creía que tenía legítimo derecho sobre ellas porque estaban marcadas con una gran letra “M” dorada. Verán, yo soy la única que tiene un nombre que empieza con “M” en la familia: María.