domingo, 9 de noviembre de 2014

Lo que queda en el tintero

Acabo de terminar un cuento que se me ocurrió ayer y me hago un té para comenzar a trabajar en la novela de la cual, por fin, ya estoy pergeñando las correcciones finales. Mientras el agua se calienta, busco la libreta donde anoto mis ideas para escribir. Noto que me quedan pocas páginas para terminarla y no puedo evitar sentirme aliviada. Comencé a escribir allí el día que a mi padre le dio el accidente cerebro vascular que, tres días después, lo mató. Me doy cuenta de que esa libreta ha aguantado casi un año entero. Ese día no atendí el teléfono porque estaba escribiendo en mi libreta las notas de un ensayo sobre Hannah Arendt. No prendí el celular hasta esa noche, 10 minutos después de haberme bañado y vestido porque tenía una cena. Cuando lo prendí tenía 27 llamadas. Habían telefoneado todos mis tíos por el lado paterno. Por el lado materno no, porque se había muerto el primo de mi mamá apenas una semana antes. Había telefoneado mi hermano. Tenía mensajes de mis tíos políticos y de los socios de mi papá. Algo estaba mal. Papá no había llamado. Cuando pasaban emergencias en la familia, siempre era él quien tenía el tacto para darme las malas noticias. Cuando noté que no tenía ni una llamada suya sentí que algo me golpeó dentro del pecho. Marqué el teléfono de mi mamá y  me atendido mi tía, la esposa del hermano de mi papá. No escuché lo que me dijo y casi tuve que llamar para confirmar que efectivamente estuvieran en la Clínica Las Mercedes. Me acuerdo que pensé que podía perderme, que nunca había ido a ese sitio. Que nunca lo había necesitado. Pero no me perdí.
Un año entero, pienso sin darme cuenta de que estamos en noviembre y de que no fue sino hasta el 23 de enero que comencé a escribir allí. Diez meses. Un año que me ha puesto a viajar, de manera real y metafórica. Me pregunto si la libreta ha sido el lugar donde he ido anotando el luto. Como si de manera consciente me hubiera propuesto ir escribiendo lo que pensé el año que se extendió después del suceso inesperado de la muerte de papá. Pero abro la libreta y encuentro apenas dos o tres entradas sobre el dolor que me causa haberlo perdido. Hay ideas para cuentos, notas de la novela, notas que tomé en los cursos de literatura que tomé este año y otras que tomé para yo misma dar clases. ¿Di clases? Y me digo que a quién se le ocurre ofrecer clases mientras está triste. A gente como a mi deberían encerrarla, pienso. También pienso que eso es algo que diría mi papá y me río. Tengo el impulso de llamarlo para contarle.
Me siento a escribir esta entrada del blog porque me parece que no puedo hacer otra cosa y, entonces, me doy cuenta de que la libreta entera es un tributo a mi padre, un homenaje a lo que queda en el tintero. Porque mientras yo me afanaba en escribir, en entender cada palabra que intentaba convertir en textos, lloraba a mi padre. Lo que pasa es que aquel dolor se quedaba en el tintero, como la idea que se me ocurrió para el cuento esta mañana y que no pude anotar porque soy una floja y porque preferí dormitar un rato más entre las sábanas que me protegían del frío glaciar de mi aire acondicionado. Se me ocurrió también que la literatura era la necesidad de quedarse en la cama olvidando lo que se ha recordado. 

2 comentarios:

Geraudí dijo...

La partida de un buen padre siempre es un hecho que nos marca, Michelle. Te leo y me reflejo como hija que también perdió a su padre en circunstancias inesperadas. Sin embargo, admiro que hayas tenido la fortaleza para seguir adelante y crear desde el dolor. No todos podemos hacer eso. No hay que encerrarte; al contrario, hay que tener el valor para aceptar que eres valiente. Ojalá yo hubiera tenido esa misma valentía cuando perdí a mi padre. Un abrazo y espero ver pronto tu novela convertida en una realidad editorial. ;)

Alvaro Torres De Witt dijo...

Hermoso y emotivo homenaje de una hija amorosa. Que el tiempo mitigue pronto el dolor y que la libreta de apuntes se convierta -cual Manrique- en "Coplas a la muerte de su padre". A. Torres De Witt