lunes, 10 de octubre de 2016

El dragón en el libro.


“La verdad tiene estructura de ficción”
Jean Jacques Lacan

El primer gran obstáculo al cual nos enfrentamos en la escritura es el propio perfeccionismo. Terminar una obra es nuestra primera gran hazaña literaria. Puesto que somos prisioneros del eterno cuarto oscuro que es nuestra mente, escribir añade una vertiente adicional al lugar común de que crear significa ordenar el caos. A tientas otorgamos un lugar a los objetos que son nuestras ideas y, por la falta de luz, desconocemos en qué parte del proceso estamos: si hemos deshecho el principio o ya hemos trascendido la mitad.
La escritura se define por un momento “eureka”, cuando como Arquímedes dentro de la bañera nos enfrentamos a nuestras propias reflexiones en papel (o en la pantalla del computador) y entendemos que el nivel de agua sube cuando nos sumergimos. Así ocurre con la idea desarrollada en el manuscrito: lo que comenzó como una duda se ha convertido en un soliloquio de decenas de páginas que contiene nuestra perspectiva del mundo. El libro es la transmutación de las nociones en una forma particular de percibir una realidad. Y esto es cierto para la prosa, del ensayo o de la narrativa, tanto como para la lírica. ¿Qué es una novela sino argumentos que signan la vida?, ¿qué es un ensayo sino observación?, ¿qué es la poesía sino el encubrimiento del abismo?
Terminar un libro es como matar a un dragón. Aquí insinúo otro lugar común: escribir es exorcizar demonios. Si el animal fantástico que ha dejado sus huellas por casi todas las culturas del mundo es símbolo (al menos en Occidente) del mal y la escritura nos enfrenta a nuestros temores, el manuscrito final es el lugar donde se han vencido o, al menos, mantenido a raya las inseguridades que alimentan nuestro perfeccionismo. La misma imagen mitológica del ser que escupe fuego puede extenderse hasta el ámbito de la lectura. El dragón no existe más que en nuestra imaginación social, en ese orden que en las obras del psicólogo J. J. Lacan se llama “simbólico”. Allí se enfrentan la intimidad psíquica de cada quien con la cultura. La obra es, en consecuencia, el lugar donde, después de pasar por el tamiz del lenguaje, se encuentran la imaginación del escritor con la del lector. En esta época de conservacionistas, donde las batallas contra los dragones ocurren en la realidad virtual, el final del libro es la disipación de la oscuridad. La del escritor tanto como la del lector.