lunes, 12 de diciembre de 2016

Aquel lúbrico amor cortés


Creemos que el amor cortés es un sentimiento sublimado donde el chico tiene la responsabilidad de conseguir el favor de la chica, halagándola. La verdad era un fuerte deseo sexual del caballero por la dama alimentado por el reto que suponía conseguir el favor de una mujer casada con un noble. Si bien en los cantos a este amor infiel prevalecía el tono sufriente y la mayoría de las veces la felicidad de la unión con la dama no se consumaba, el amor provenzal no era precisamente casto. Guillermo de Aquitania, por ejemplo, se hacía llamar “trinchador de las damas” y no dudaba en alardear de sus proezas sexuales. En su libro Tú sola entre todas las mujeres: el mito y el culto de la virgen María, Marina Warner señala que muchos trovadores eran explícitos y bulliciosos, como Bernard de Ventadour, Raimbaut de Orange y Chrétien de Troyes. Uno quería besar a su señora “de una manera que le dejara marcas que permanecieran un mes”. El amor del conde de Orange por su dama, Beatriz de Día, era correspondido de forma pública. En Lancelot, el caballero de la carreta, escrita a finales del siglo XII, el trovador más famoso de Francia narra un pasaje donde el caballero se arrodilla para rezar antes de subir al lecho para sostener relaciones con su señora Ginebra, la esposa del rey Arturo.

Tales libertades eran posibles porque las damas eran más autónomas en el sur de Francia que otras mujeres de su clase social en el resto de Europa. El sistema legal vigente entonces en la llamada medialuna de Occitania les permitía heredar rango y posesiones del padre o marido. Y era frecuente que esto ocurriera porque las guerras mantenían diezmadas las poblaciones. Hasta el año 1328, cuando Francia aprobó la ley sálica, el norte y el sur tenían dos formas diferentes de adjudicar las herencias. Mientras que en el sur la herencia era divisible, lo que permitía que la familia se la repartiera de manera equitativa y daba a las mujeres margen de independencia, en los territorios del norte todo pasaba a manos del primogénito varón. Las mujeres del sur podían darle sus posesiones a quienes escogieran, por eso no estaban atadas a sus esposos y era irrelevante quién fuera el padre de sus hijos. En ese contexto el adulterio, aunque era mal visto, era una traición menor. La verdad es que tampoco las reglas del amor cortés afectaban a la estructura social feudal, pues por más que una mujer tuviera como vasallo a un trovador, seguía estando subordinada a su esposo, más por una convención social que por falta de recursos propios.
La libertad sexual de las mujeres terminó cuando cambiaron las leyes de la adjudicación de la herencia y el poder de los reyes franceses sobre el territorio de la Occitania se hizo absoluto. Fue gracias a la influencia de la Iglesia católica que se extendió la caracterización del amor cortés como una forma sublimada de admiración y se hizo a la mujer herramienta de esa cortesía que buscaba “ennoblecer” al hombre. Y este es solo el ejemplo histórico de como los poderes político y religioso se han confabulado para construir el perfil de lo femenino que hemos heredado en el presente.