lunes, 5 de diciembre de 2016

Musa de inmaculada concepción

La creencia en la Inmaculada concepción, como ocurre con el modelo de la musa en la literatura, fue un aspecto fundamental de la estrategia que construyó a lo femenino como otredad, reduciendo a las mujeres a sus aspectos esenciales y excluyéndolas de la cultura Occidental para establecer una identidad propia. La Inmaculada concepción es el tercero de los cuatro dogmas de fe marianos en el catolicismo. Los dos primeros se refieren a su relación con Cristo: el Theotókos y el aeiparthenos, que son sus nombres en griego. Ambos son dogmas provenientes de las iglesias cristianas de Oriente, uno la declara Madre de Dios (y se promulgó en el año 331) y el otro la asume como virgen antes, durante y después del parto (y se hizo canónico en 300 años después del anterior). La Inmaculada Concepción no se refiere al embrazo virginal de María, sino a su nacimiento libre de Pecado original, lo que es igual a decir que fue concebida sin necesidad de coito entre sus padres, Ana y Joaquín. El dogma marca la obsesión del catolicismo con la virgen María y es uno de los motivos más visibles de la mitología que construyó la Iglesia alrededor de la pureza mariana. Dicho esto cabe preguntarse: ¿cuál es la relación entre la mujer cuya pureza es a toda prueba y la construcción de lo femenino como otredad?
Para empezar, la Inmaculada Concepción constituye la contracara de Eva, tal como la muestra el Mito de la Caída: la mujer humana que es pura carne, traspasada por el pecado. La Madre de Dios representa el ideal donde la primera mujer es la materialidad. 
La virgen María es la pureza y la gracia que es la interpretación que el catolicismo hace del atributo helenístico de la iluminación–, mientras que Eva representa la intención de conocer, a pesar de que con ello se desafíe a Dios. Para mi una es la mujer pasiva, la musa que representa los ideales y la otra es la mujer activa, la que actúa como una intelectual. Como la noción de Inmaculada Concepción se hizo más fuerte hacia finales de la Edad Media, cuando el catolicismo había barrido las comunidades musulmanas de Europa y controlaba con cuidado las hebreas, no debe escaparse de nuestra vista que declarar que ella nació libre de pecado y sin necesidad de coito era una manera de decir que María no tenía sangre judía, lo que quedaba muy bien en plena paranoia de la limpieza de sangre. La mujer que había representado la más alta aspiración de los caballeros de la Reconquista no podía tener sangre judía, por eso era menester aclarar que su venida al mundo había recurrido a un método casi tan sorprendente como el de su Hijo, a pesar de que Bernardo de Claraval temiera que eso terminaría promoviendo el culto a sus padres. Sin embargo, el uso que me parece más significativo de la Inmaculada Concepción porque define la construcción de la femineidad desde el catolicismo es como herramienta para encubrir la fantasía edípica que coloca a María como la única pareja del Mesías, su Hijo. Puesto que la carne de la Madre de Dios no está manchada por el pecado y ella es incapaz de sentir inclinación a pecar o sostener relaciones sexuales, el catolicismo no ve nada extraño en elevarla a consorte simbólica de Cristo: la única que tiene el trono al lado de él en el Reino. No olvidemos que la Asunción al Cielo es el cuarto y último dogma mariano del catolicismo. Así, la reina de Dios no es una Diosa, sino una virgen.
El paso de la materialidad ejemplificada por Eva hacia la espiritualidad de la que María es epítome queda signado en la Inmaculada Concepción y permite establecer a lo femenino como un ideal (de pureza, gracia, iluminación…) La paradoja de este planteamiento es que mientras exalta lo femenino como fuente de la belleza y la sabiduría, desprestigia a las mujeres.