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lunes, 17 de septiembre de 2012

Malos libros

A veces, cuando leo una mala novela o una colección de cuentos intrascendente, y especialmente cuando la publicación está firmada por una mujer, me pregunto: ¿y si yo escribiera así y no me he dado cuenta aún? ¿Y si estoy condenada a escribir mal? Entonces soy tan dura con la obra ajena como fuera con la propia. Cuando la prosa se hace insoportable me da insomnio. ¿Y si estamos condenados a convertinros en nuestras pesadillas? O peor... ¿a sufrirlas en vigilia?

viernes, 10 de febrero de 2012

Mathilda, William y Mary

A través de una antigua amante suya, Maria Reveley, William Godwin recibió en 1820 el manuscrito de Mathilda para su publicación. Se trataba de una novela de Mary Shelley, en la que un padre enamorado de su hija se suicida causando el retiro y, finalmente, la muerte de la joven que se “creía manchada por el amor ilícito que había inspirado”. Godwin, uno de los pensadores liberales que más escándalos causó entre los siglos XVIII y XIX –antes de que la época Victoriana uniformara la moral inglesa–, se negó a sacarlo a la luz pública. El tema de la pasión entre padre e hija le pareció repugnante e insistía en que debía publicarse solo si incluía un prefacio en que se aclarara que la protagonista no había cometido incesto. Ninguna de sus críticas a la obra de su hija se conoció más que por biógrafos posteriores. El relato, por fin, llegó a las librerías en 1959 casi un siglo después de la muerte de su autora.
Las censuras de nuestra familia, a veces, son peores que las de nuestros críticos más execrables.

viernes, 29 de julio de 2011

Leer parada.

Cuando el público, movido por la arrobadora actuación de un ejecutante, quiere reconocerlo aplaude de pie. Pero, ¿Qué pasa cuando nos encontramos con una obra mala? En mi caso, que tengo que leer constantemente innumerables publicaciones deficientes y reflexionar sobre ellas por escrito, he descubierto que estar parada no es una demostración de admiración al talento. Tengo que leer ciertas obras de pie para no dormirme, porque aunque la vorágine de la crítica periodística siempre apremia, mis sentidos no están conscientes de ello y me traicionan. Así que si un día me ven leyendo de pie, supongan que preferiría alejarme del autor que me ocupa.