martes, 3 de agosto de 2010

Agosto, mes de escritores

Este mes está lleno de cumpleaños de los escritores que me gustan y de otros que no son precisamente mis favoritos. Apenas esat primera semana conmeoran su natalicio Herman Melville, nacido un primero de agosto de 1819 y James Balwin, nacido el 2 de agsoto de 1924. La chilena residenciada estadounidense, Isabel Allende --que por cierto no es de mis favoritas ;)-- cumplió ayer 68 años. Para comenmemorarlo, reproduzco acá uan entrevisat que le hice hace algo más de un año para el cuerpo de Escenas de el periódico El Nacional cuando estaba por estrenarse en The Biography Cahnnel un programa sobre su vida. Espero les guste y sea una buena manera de conmemorar sus fiestas. Si puedo, esta noche hago "posts" sobre los otros dos escritores nombrados en esta nota.
MRR
file://\Documents and Settings\mroche\Escritorio\Isabel Allende.htm

miércoles, 28 de abril de 2010

El deslave revisitado

El libro de Paula Vásquez Lezama remueve los cimientos de una desgracia que los venezolanos recordamos ahora como parte de la historia antigua del país, aunque ocurriera, apenas, hace una década. El deslave de Vargas, acaecido en 1999 y en especial la manera como se resolvió (o no-e-resolvió) es una constatación de la eficiencia administrativa del gobierno que desde entonces ah estado de turno. Mas allá de lo escrito, Poder y catástrofe: Venezuela bajo la tragedia de 1999 hace una acuciosa investigación antropológica de la situación de los damnificados resultantes del desastre natural y de el uso político que la Revolución Bolivariana hizo de ellos al elevarlos a la categoría de “dignificados”, lo que según Vásquez Lezama fue una treta populista para convertirlos en propaganda política a favor del oficialismo. Es interesante también su uso de la definición de “biopolítica”, la cual toma de las investigaciones de Michel Foucault y adapta a la intervención de controles de regulación de la población en e caso de la regulación espacial de las víctimas del deslave. Entre otras reflexiones del texto, la autora critica que la asignación de viviendas nuevas a los damnificados –mismos los “dignificados” del discurso presidencial—privilegió el retorno de las poblaciones desfavorecidas a las regiones menos pobladas del territorio nacional, en atención a una vieja máxima de la cultura nacional que privilegia las bondades del campo y busca un supuesto equilibrio territorial, que se limitó apenas a la construcción de viviendas en territorios medianamente urbanizados, sin incluir las instituciones que cubrieran las necesidades básicas de la población –incluyendo alimento y salud.
La catástrofe de Vargas, concluye el lector de lo escrito por Vásquez Lezama, es un microcosmos de las políticas del chavismo y de su verdadera manera de concebir al soberano.

lunes, 5 de abril de 2010

La belleza de los peces


Algún día voy a escribir, por fin, ese ensayo sobre la belleza y le voy a poner como epígrafe una cita de Pedro Enríque Rodríguez: “Algunas personas no son bellas, son versiones de la belleza”. No sólo porque me parece una frase que en lo sencillo y lo certero de su aseveración resume la genialidad, sino porque yo misma no estoy segura de entender qué significa la belleza.
Esto dicho –o escrito– tengo que apuntar que me enternecieron los mudos peces voladores que Rodríguez aprisiona en su segunda publicación: El silencioso vuelo de los peces (Equinoccio, 2009). Allí reúne 14 relatos cortos cuyos temas caminan entre los intricados meandros de las relaciones humanas con una elegancia poblada de evocativas imágenes sentimentales.
Me gustaría sacar copias y repartirlas entre los escritores más jóvenes, porque Rodríguez descubre allí algo espasmódico: que la unión entre la sencillez del argumento y la concreción de una imagen golpea el alma con la contundencia de la empatía. Y ¿qué más puede pedir uno del lector que su empatía?
El autor hace algo allí que a mi me ha costado la vida entender: que una historia no es sobre su argumento, sino sobre los sentimientos que despierte en quien la lee.
“Una mujer sola en la paya”, el cuento al que pertenece la cita con la que comienzo este texto, será discutido este miércoles 7 de abril en el evento Repliegues narrativos que él organiza con otros autores cuyas carreras apenas comienzan como Krina Ber, Gabriel Payares y Carlos Villarino –todos de probada solvencia en la prosa de ficción. En esa convocatoria estaré yo, sin mi grabadora pero con mi libreta, tratando de meterme en las burbujas de ciertos peces y tratando de entender cómo se logra esa alquimia contundente de la ficción sencilla.
¡Enhorabuena por los peces de bellas imágenes y por la narrativa que ya no debe replegarse!

FOTO: Mi tribu urbana (mitribuurbana.zonalibre.org/ archives/peces1.jpg)

jueves, 25 de marzo de 2010

La mujer venezolana y la vieja crítica

La perspectiva histórica, caída en desuso en muchas partes del mundo al influjo de nuevas corrientes de análisis cultural, como por ejemplo el llamado “nuevo criticismo” o new criticsm —porque nació en las universidades anglosajonas— es la metodología más común en los libros de investigación que abundan en Venezuela. Bajo la etiqueta de “ensayo histórico” proliferan en las librerías títulos que intentan desenmarañar el pasado nacional, con la esperanza de entender por qué el presente se ha vuelto inexplicable.
Me parece que la neutral perspectiva de los historiadores nacionales a veces podría verse enriquecida por los enfoques interpretativos de ciertas corrientes analíticas. La reflexión se me ocurrió leyendo Ventaneras y castas, diabólicas y honestas, un libro de Elías Pino Iturrieta recientemente reeditado por Alfa (2009), y cuya primera impresión data de 1993, cuando “tal vez fuese de las pioneras en el estudio de las mujeres a través de la historia del país”.
Quizás sea por mi propio interés académico, pero me hubiera gustado analizar los hallazgos históricos de Pino Iturrieta sobre los manuales que se usaban en el siglo XIX para confesar a señoras y doncellas con las teorías de Michel Foucault con respecto al nacimiento de la confesión como método discursivo para controlar (sin imponerse) la manera de pensar de los feligreses –no sólo en lo que tiene que ver con el rol de cada género en la sociedad sino de la idea misma sexualidad—. Si la intención de Ventaneras y castas… es analizar la historia de las mentalidades, me pregunto: ¿qué orden de discurso creó la perorata de la Iglesia Católica (ya desde entonces) desfasada de su época? ¿Cómo influyó esta en a idea que la mujer tenía de sí misma? Y, principalmente, ¿Qué mecanismos mentales permitían que las mujeres apoyaran y difundieran las ideas que las mantenían a ellas mismas casi como presas dentro de sus propias casas?
Lo anoto de un lado en la libreta para cuando tenga tiempo de hacer el análisis correspondiente. Nada de malo en la perspectiva histórica, lo contrario, esta es la base para reflexiones posteriores que, quizás, arrojen conclusiones inesperadas.

jueves, 12 de noviembre de 2009

La melancolia del autor

Cuando el especialista me participó el diagnóstico, yo sonreí de lado y miré al suelo.
El psiquiatra llamaba a mi padecimiento melancolía y yo lo reconocía como una sensación constante de volar torpemente casi al ras del suelo, sin nunca apuntalarme sobre la tierra para erguirme. ¡Cuatrocientos bolívares la visita para que el médico concluyera tal simpleza!
Vivo en este estado confuso de suspendimiento luego de que la pista sobre la que rodaba el carro de mi existencia se salió de su juntura. No me acuerdo con exactitud cuándo olvidé cómo era vivir en el carril. En los meandros de mi memoria apenas puedo reconocer un recuerdo, vago e inasible (que acaso es una fantasía también), del momento que descubrí mi irremediable antojo de condenar mi vida a contar la de otros.
Tenía 10 años, quizás 12, y escribía un relato. Estaba sentada en las escaleras de mi casa, con el lápiz bailando entre los dedos de mi pequeña mano y alrededor de mi cuaderno de notas se multiplicaban los creyones de colores que usaba para trazar los márgenes y adornar con dibujos la narración. Terminé el trabajo y lo entregué a mamá para que le revisara la ortografía; o más bien para que constatara la legibilidad de mi caligrafía, arte que no manejaba en los años escolares. No bien terminó de leer el texto, me preguntó azorada por qué yo, en mi calidad de autora del texto, había matado a la estrella que lo protagonizaba.
Tres cosas me quedaron claras en aquél momento: que mamá nada sabía de la peripétia trágica, que pronto mis padres discutirían por mi salud mental y que mi vocación era contar historias que levantaran algún tipo de razonamiento.
¿Quién era mamá para tacharme de autora negligente por asesinar a mi personaje?
La estrella que yo había creado no era una de las gigantes que tienen finales explosivos; la mía era pequeña y se entregó a la muerte de forma modesta, sin más aspaviento que el causado por las lágrimas de la luna. Todavía hoy pienso que esa es la única manera digna de morir: dejarse caer de forma modesta y contar con un ser fiel que llore, con sinceridad, nuestra partida. Ya entonces había reconocido en mis astros de características una afición por conseguir en lo cotidiano: la savia de una gesta heroica.
El relato, tal y como lo recuerdo, era una reflexión sobre la amistad, así que la muerte de uno de los protagonistas era apenas una anécdota. Para mis padres era otra muestra de mi necrofilia y mi manera de vivir enajenada de los asuntos de la casa.
Estudié Comunicación Social, como una excusa para satisfacer mi necesidad básica: vivir de contar; que el género reporteril me impusiera el imperio de la realidad era sólo un detalle.
Me gusta escribir para conocer todas las lecturas que tiene un hecho; sea real o ficticio.
La claridad con la que asumo ahora la verdadera razón de estudiar periodismo se debe a que redescubrí hace tres años mi vocación de narradora. Antes, cuando hablaba de mi carrera me excusaba en cierta vocación social y en la seducción de la noticia. Luego de cursar un postgrado y vivir una vida de autor civilizado en Nueva York, donde la gente no me desmereciera por dedicarme a contar historias, entendí que sólo me hice periodista para poder escribir sin que nadie me tachara de menos, por eso nunca se me había ocurrido que en radio y televisión también podía desarrollar facetas de mi carrera.
Volví a Caracas hace un año, mordida doblemente por la crisis financiera norteamericana y por la soledad de la urbe multinacional. El Nacional me había seducido con la oferta de desarrollar un periodismo cultural en la fuente de literatura. Es decir, ofrecieron pagarme por hacer lo que más me gusta: leer. ¿Qué otra cosa podía pedir yo?
Sentada frente al especialista sobrepagado que me decía la sarta de majaderías que ya yo conocía entendí. Sufría porque me apenaba asumir que desde que me supe autora no sólo me había impuesto la gran responsabilidad de contar historias ajenas, sino que además me había hecho vulnerable al poner en la palestra pública mi propia intimidad como anécdota, para los demás puedan reconocerse en ella.
Por eso, cuando me entrego a los momentos escapistas de la depresión –momentos que sin duda alguien pudiera interpretar como pereza– sonrío de lado y miro hacia el suelo, buscando las huellas del ocio pensante que inspiró al os griegos maravillas como La Odisea.

jueves, 15 de octubre de 2009

Carlota

Todos los días 28 de noviembre mi tía Carlota se sentaba en la mesa de su enorme cocina frente a un pedazo de torta y parecía que lloraba. Pero mi tía no era mujer de soltar lagrimitas. Retenía el dolor entre las costillas y, a veces, pegaba saltitos minúsculos sobre sus nalgas. Nada de mejillas humedecidas. Su llanto era seco, y hasta podía confundírsele con carcajadas. Esa era su manera de llorar con desespero. Felipe, su segundo esposo, la veía sola y no se atrevía a interrumpir su dolor. Eran cuitas que lo habían antecedo en el tiempo. Él sabía del pasado de mi tía y no quería incomodarle el dolor necesario con preguntas idiotas.
En 1984 la tía Carlota vivía en Nueva York y se creía una mujer feliz. Había dejado Caracas atrás: los barrios, los carajitos pidiendo plata, los asaltantes de semáforo, los tombos metiches y la política histriónica de los copeyanos. Había terminado su maestría en Harvard y ahora se preparaba para trabajar en el primer mundo. Y para convertirse en una mujer de primer mundo. Había conocido a un gringo, Jack, y se había casado con él. Su abuela pegó el grito en el cielo, porque todos sabían entonces que los gringos eran unos salvajes que andaban vestidos de cowboys.
Vivían en un hueco en el Lower East Side de Manhattan que costaba algo más de quinientos dólares al mes. Jack no conseguía trabajo por ninguna parte y la tía andaba con una panza que asustaba cualquiera que quisiera emplearla. A ella no le quedó de otra que hacer collares y corregir ensayos en castellano de los muchachos de Columbia. Pasaron nueve meses viviendo de eso y de la plata que reunía de a centavos mi tía abuela, la mamá de Carlota. Un mes cualquiera la tía abuela no pudo seguir mandando dólares. El viernes negro le comió hasta el último bolívar. La tía Carlota despotricaba de Luis Herrera en su inglés perfecto y el gringo lloraba las reaganomics en un castellano de lengua mocha. Estaban comiéndose un cable.
Y a la tía no se le ocurrió mejor idea que entrar en dolores de parto.
Una noche de la recién inaugurada primavera gringa la tía Carlota ingresaba al New York Downtown Hospital con dolores de parto. Tenía nueve meses en estado, veinticuatro años de vida y setecientos treinta días de casada. A pesar de que entró por urgencias, tardó dos horas en manos de las enfermeras que diagnosticaron lánguidamente “nervios de primeriza”. El médico de guardia la jamaqueó desdeñoso y le dejó el paquete a un colega. El colega, luego de reflexionar durante ciento veinte minutos (mientras paseaba entre las torpes trastiendas de la Sala de Emergencias) decidió que, quizás, sí estaba en labor de parto.
Comenzó una revolución de camillas, médicos nerviosos, ascensores atiborrados y gritos bilingües. Un aire de tragedia embargó la maternidad. Cuando el escuadrón de galenos llegó a quirófano, era obvio que la camilla bullía de sangre y de que era un milagro si alguna de las dos mujeres en ese cuerpo compartido vivía.
Fueron a decirle a Jack que tenía que escoger si salvaba a la niña o la madre. Hacía sólo unos minutos los médicos habían decidido que la tía Carlota no estaba loca y que iba a parir una niña. Mientras tanto, la tía Carlota se durmió despierta de dolor y soñaba que se estaba ahogando en líquido amniótico. Lloraba con lágrimas gruesas sobre su cuerpo hecho pasta de vísceras.
Jack respondió cualquier cosa y salió del Hospital a fumarse un cigarro. Cuando entró de nuevo a emergencias ya se había fumado una caja entera y había perdido su primera hija. Su suegra le decía en castellano lo que él había entendido con el corazón. El médico titular había desaparecido. Media hora después apareció un abogado.
Jack demandó al hospital por millones de dólares. Y ganó. La tía y su esposo podían mudarse ahora al Upper East Side y vivir cerca del Museo Metropolitano que tanto le gustaba a la tía Carlota. Con el resto del dinero Jack fundó una compañía de calefacciones.
La mudanza fue rápida. Toda la existencia de ambos cupo en un solo taxi. Cuando Jack se bajó en la primera Avenida y calle 83 mi tía Carlota le indicó al taxi que la llevara al aeropuerto La Guardia. Tenía su pasaje de vuelta a Caracas. Jack se quedó parado con un palmo de narices, sin entender que pasaba.
¡Pero si era simple: la tía no podía vivir en un país donde el dolor tenía precio!

martes, 25 de agosto de 2009

No hacen falta ideas

Una ansiedad imperecedera la obliga a sabotearse la vida como la uróboros que de tanto morderse la cola, penetra sus propias entrañas. ¿Porqué no habrá nacido hecha una idea? Quizás, etérea y suelta como ciertas reflexiones hubiera podido entregarse a moldear cualquier discernimiento humano. Entonces, no hubieran importado las formas de sus caderas, los bultos en el tronco, los ojos adormecidos y los cabellos barriendo las imperceptibles partículas de polvo en el aire, elemento etéreo, como las reflexiones.
Pero, ¡no!, al momento mismo de formular tal suposición se percata de que sólo podría ser una idea de ansiedad. Porque la condición humana, obsesionada con ir hacia delante como anda desde hace siglos, padece de una enorme angustia nerviosa para la cual no hacen falta las ideas, sino los entes sólidos que vomitan los hechos.