"La escritura de ficción cambia el modo de leer y la crítica que escribe un escritor es el espejo secreto de su obra"
Ricardo Piglia
martes, 16 de agosto de 2011
viernes, 12 de agosto de 2011
Educación religiosa
El gran problema de la educación católica, así como de su doctrina, es fundamentarse sobre la idea de la imperfección humana, como resultado del pecado original. Ese pesimismo se traslada al cuerpo, asumido no sólo como corrupto sino como siempre irremediablemente corruptible. Esta misma suposición sustenta la idea de la desigualdad de los sexos, excusada bajo el supuesto de que hombres y mujeres habían sido creados con distintos fines biológicos –y, por extensión, sociales–. Por esta razón, mientras el movimiento feminista gana batallas para la igualdad, no sólo política sino (más importante) mental, pierde vigencia el discurso de los colegios católicos, apuntalado por la negativa del Vaticano a rectificar sus posturas sobre los usos del cuerpo humano.
viernes, 29 de julio de 2011
Leer parada.
Cuando el público, movido por la arrobadora actuación de un ejecutante, quiere reconocerlo aplaude de pie. Pero, ¿Qué pasa cuando nos encontramos con una obra mala? En mi caso, que tengo que leer constantemente innumerables publicaciones deficientes y reflexionar sobre ellas por escrito, he descubierto que estar parada no es una demostración de admiración al talento. Tengo que leer ciertas obras de pie para no dormirme, porque aunque la vorágine de la crítica periodística siempre apremia, mis sentidos no están conscientes de ello y me traicionan. Así que si un día me ven leyendo de pie, supongan que preferiría alejarme del autor que me ocupa.
miércoles, 27 de julio de 2011
Macerar la rabia
Hace siglos, los cristianos afligían sus carnes con penitencias, con el objeto de expiar sus pecados. Algunos todavía lo hacen. A eso se le llama “macerar”, mortificar el cuerpo. Esa palabra se utiliza también en química cuando se trata de ablandar un tejido, sumergiéndolo en un líquido durante un tiempo prolongado. Pero el enojo que causan ciertas situaciones, por más que nos lo propongamos por fe cristiana o por simple buena voluntad, no pueden moderarse. Así que aquí me hallo, triste e irritada, sumergida en el agua de una bañera que no puede disminuir mi rabia, ni aligerar mi ánimo. Si la ira es un pecado capital, ¿cabe macerarla con la una expiación? ¿No es esto también una forma de violencia? Y qué pasa cuando uno tiene razones de sobra para su disgusto, ¿a quién le toca pagarla?
jueves, 21 de julio de 2011
Juan Gabriel Váquez escucha el ruido del miedo
Lo que me parece más interesante de El ruido de las cosas al caer, la novela del colombiano Juan Gabriel Vásquez que se ganó la más reciente edición del Premio Alfaguara, es el tratado sobre el miedo que hace a lo largo de su narración. Sintetizando a la mínima expresión su argumento, diré que es la historia de un piloto metido en la ola de narco violencia que ocupó a la Hermana República en el segundo cuarto del siglo pasado. El valor de Vásquez, donde lo veo cerca es en la descripción pormenorizada de los miedos del narrador, a quien “una parte de la ciudad le fue robada”. La novela trata de localizar con exactitud el origen de nuestros temores sociales y por eso la aplaudo.
Otro valor del texto son sus comparaciones a partir de imágenes contemporáneas, que la acercan al lector, sin intelectualismos vanos. Aunque no le agradezco el uso excesivo de los paréntesis, esta novela es tan fácil de leer, que no dudo que cualquiera la termine una sentada. A los venezolanos les pegará, porque ese tratado del miedo que se hace a través del protagonista, se parece demasiado a nuestra cotidianidad.
Otro valor del texto son sus comparaciones a partir de imágenes contemporáneas, que la acercan al lector, sin intelectualismos vanos. Aunque no le agradezco el uso excesivo de los paréntesis, esta novela es tan fácil de leer, que no dudo que cualquiera la termine una sentada. A los venezolanos les pegará, porque ese tratado del miedo que se hace a través del protagonista, se parece demasiado a nuestra cotidianidad.
lunes, 18 de julio de 2011
Juego vulnerable
Manuel estaba allí, viéndola. La hallaba vulnerable y fácilmente podía abrirle la carne. Imagino que adentro, en su alma, reconocería los miedos de una mujer sin amor propio. Por eso, Ada sintió vértigo. Era su presa, no porque a Manuel le gustara especialmente ella, sino porque podía atacarla. Era una recompensa segura, quizá una bastante limitada, pero a todas luces la presa más fácil.Y era culpa suya, porque desde que había llegado a aquél lugar había dado pruebas de su minusvalía.
domingo, 17 de julio de 2011
Tres puntos suspensivos
Ver un texto de ficción terminado en… me da… , porque le dice al lector que la historia sigue pero nunca podrá leerla. Es peligroso el autor que abusa de los… porque desvirtúa su significado y confunde al lector. El uso antiguo de los… indicaba supresiones o sustituciones en las transcripciones. A partir del siglo XX –quizá por influencia del inglés– se les usó también para informar de la actitud vacilante, de silencios significativos o de temor en un hablante; para evitar las repeticiones; para sustituir a las palabras malsonantes –las groserías, claro– y, finalmente, como sustituto del “etcétera”. En la recientemente editada Ortografía de la RAE se señala que los… se usan para finales sobreentendidos. Entonces, al leer un cuento con tres puntos suspensivos al final asumo que perdí mi tiempo leyendo aquello que lo antecede.
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