jueves, 27 de noviembre de 2008

Dios es escritor (Arpegios poéticos que rezan a la Soberbia del Humillado )


(Esto lo escribí en el 2005. Hoy lo reviso para entender cuál es mi idea del trabajo de un escritor. El sábado será el día del escritor, publico esto acá, mientras me lo pienso TODO bien)

“Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos” Marguerite Duras

Dios no escribe; habla –refutarán algunos. Cierto, no en vano El Génesis reza: “al principio fue el verbo”. Pero, ¿Qué escritor no es también un gran hablador? Parece evidente que la Creación fue la primera palabra divina. Los humanos conocemos el verbo divino por la merced de la palabra escrita ¿De dónde, si no, provienen las Sagradas Escrituras? Si Su verbo no estuviera en tinta, no existiría nada de lo conocido. Es desdichado, pues sabe que nunca terminará de editar su opus. No puede. Si escribe el punto final, no quedará personaje vivo; de eso se trata el Apocalipsis. Sólo los personajes hacen la Creación, como las pasiones humanas hacen los textos. Y si no están los personajes, ¿Quiénes quedarán para aplaudirle el epílogo?

En el comienzo de los tiempos, el Demiurgo vio su vocación amenazada por falta público. Entonces, fabricó al hombre para hacerlo eco de sus pensamientos. El Creador, como aquellos marcados por el sino de la pluma, narra con el único fin de verse en letras – “escribo para que me lean”, dice Enrique Vila-Mata. Quizás, Él sufra del mal que tantas veces se le atribuye a los genios: la soberbia. Necesita que le evalúen sus arpegios narrativos, alabándolos o vituperándolos, pero presentes en el imaginario de sus críticos, los seres humanos. Dios, como Vila-Mata, escribe para leerse, para entenderse en las pupilas de sus seguidores. Ante el temor de que los hombres celebraran su prosa por ser sus criaturas, Dios los llamó semejantes y les otorgó libre albedrío. Como añadido hizo de ese público la masa de personajes para su novela. Así comenzó a confeccionar la proeza definitoria de todos los buenos escritores: la independencia de sus personajes (y de sus críticos, ¡Bárbaro!).

Sólo la vocación estoica por narrar incidentes puede exhortar en alguno la tarea de construir un ambiente fuera de todo lo existente. ¡Pero el Creador hizo más! Mucho más. No sólo edificó un hábitat: confeccionó personajes que se hacen de y determinan a ese ambiente. Además, carente de otra referencia, tuvo que construir humanos a “su imagen y semejanza”. Nótese, empero, cómo Él usó la palabra “semejanza”, que parece atenuar la palabra “imagen”; una artimaña para que sus personajes no se creyeran dioses. “Semejantes”, no iguales. Parecidos por cuanto tienen su sino, la manifestación del Creador. Cualquiera que sea su distintivo individual es un aparte de su Santísimo Ser. Así, los cotidianos, los avaros, los generosos, los sensoriales, los pacatos, los vanidosos, los humildes, los iracundos, los flemáticos, los famosos, los solitarios, los desahuciados, los ortodoxos, los disconformes, los piadosos, los delincuentes… son imagen de y semejantes a Dios.

Lo dicen las Sagradas Escrituras: “Y creó Dios al hombre", Adán. En hebreo, la lengua originaria del verbo cristiano, “adám” significa “rojo”. Adán no es un nombre propio, sino el plural de la especie humana: la apariencia que ostenta el barro del que fuimos hechos todos. Como Adán, el plural de los seres humanos se hace semejante a Dios. Pero, aquellos, nosotros fuimos construidos en rojo encendido: el color del fuego y la sangre palpitante que corresponde a los sentidos vivos y ardientes, a las pasiones.

¿Qué sino eso significa la leyenda de la serpiente que ofrece el fruto del Árbol de la Sabiduría a Eva?

Nunca un ejemplo tan categórico. Dios crea un ambiente ideal para un cuento de hadas. Coloca allí a un personaje hecho para vivir bajo la marca de su complacencia; pero, por un descuido que parece más bien malicia literaria, le insufla el rojo de las pasiones. Entonces, Adán demanda una mujer para que le acompañe. Con ello, la criatura reconoce que es el personaje que construye las anécdotas sobre la tierra y su soberbia quiere alguien que le admire los eventos cotidianos, de la misma manera que él admira de Dios, su padre, los beneplácitos del Jardín de las Delicias. La soberbia misoginita de Adán pide alguien inferior a él. Dios acepta. Así: Eva, la costilla de Adán, se hizo fémina. Pero, si Adán es rojo… ¿De qué color nació Eva? Sabemos que su símbolo es la manzana. Pero eso es un adelanto de la historia.

En los borradores con los que Dios confeccionó el primer mundo (uno ideal, como ese que los hombres hoy llaman “Cielo”), creó personajes semejantes a Él en su divinidad: los ángeles. Estos proto-humanos engendrados bajo la inspiración de la Divinidad exaltada del Creador parecen purísimos. Purísimos en cuanto a la representación fehaciente de la emoción Celestial. Sobre un desgraciado calló la representación purísima de la soberbia. Con este rasgo creó Dios al primer gran antagonista de su narración: Luzbel, el ángel caído, cuya propia soberbia lo colocó sobre la tierra para vigilar a los seres humanos y recalcarles que son hijos del rojo, de “adám”. De allí que al desgraciado se le asocie directamente con la maldad, con lo exaltado, Belcebú, el de las múltiples representaciones. Es él quien le recuerda a los seres humanos que son de carne y sangre, en especial del bullente líquido vital.

Eva nada sabía de los borradores, ni de los escritores, ni de las soberbias cuando conoció a la serpiente, el reptil de Lucifer. Arrancó el fruto del árbol de la sabiduría. Mordió su manzana. Sus labios se tornaron carmines, su pelo se ensortijó sobre sus hombros, sus pechos florecieron, sus caderas se redondearon. Luego, invitó a Adán para hacerlo partícipe de su hallazgo. Él le hizo el amor hincado, en agradecimiento a su dádiva desinteresada. Luego se recostó en el árbol y esperó su castigo. Dos rasgos de todo buen texto narrativo: pasión e intelectualidad, acción y reflexión. Dios les condenó. Los hizo el primer héroe, destinado a ser semental de los hombres, personajes malditos, y la primera heroína, que pariría con sufrimiento los frutos de su pasión. O, por lo menos, así lo narran las versiones del pesimismo católico.

He allí la primera triquiñuela del Escritor: a cada quien le otorga su personalidad propia y los lanza sobre una constelación de las anécdotas para regocijarse con sus reacciones. Ya de antemano sabe, según las características de sus personajes cómo vivirán la historia (vida) y qué situaciones encarnizan el barro de sus pulsiones.
Su sello estilístico es construir sus personajes y dejar que cada uno se escriba su propia novela, porque no hay un hilo conductor específico en el texto narrativo, sino varios. Mientras se sabe que los personajes sometidos a situaciones extremas pertenecen a la tinta de José Saramago, los confrontados con sus pasiones a Fiódor Dostoievsky, los ahogados en sus propias reflexiones a Marcel Proust y los profundamente latinoamericanos a Gabriel García Márquez; los del Creador son de múltiples plumas, lo que hace del suyo un estilo fecundo.

Sus personajes se van hilando a la perfección en acción y reacción; unos llevan el motor de la novela, otros les siguen. Cada pasión genera un acontecimiento, que aunado a los artilugios narrativos de El Señor, crean redes de circunstancias en las que cada personaje revela su esencia en sus reacciones.

¡Pobre de este Dios desesperado! Acostumbrado a la perfección -pues es la superioridad misma- y obsesionado por la anécdota perfecta puso símbolos en cada detalle de su novela (la vida) para que sus personajes se reconozcan en sus propias metáforas por todas partes.

Por desgracia, el trabajo creativo de Dios nunca termina, vive sobre la marcha. El autor humano tiene la esperanza del descanso mortal, pero la eternidad no permite reposo. “Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir” (Vila-Matas). Para ser escritor hay que conocerse tanto, y mucho más, hasta hacerse un extraño que apunte hacia la universalidad.

La rutina artística no permite flojedades. Porque el autor se debe a sus lectores; en especial el Demiurgo, quien crea sobre la marcha las situaciones de sus personajes (y de sus críticos). Un escritor no ejerce nunca para sí mismo; sería un egoísta. Aunque desdeñe a su público, su trabajo atestigua cómo quisiere ser oído.

La voz del poeta debe retar su tiempo, porque él es, ante todo, un inconforme. Ponerse en blanco y negro es pensarse único y hacerse de la potestad de juzgar y juzgarse. Para ser testigo de su época debe quedar en viva carne, ostentando sus vísceras, desafiante.

En consecuencia, el arte de combinar palabras lleva inevitablemente a someterse a vejaciones. En el arte, como en la piel, se mezclan la sangre de las palabras y la pasión de las anécdotas. Sólo a través del ridículo propio se entienden las penas los tiempos. Nadie lo sabe mejor que los escritores, quienes avanzan desnudos y vulnerables entre las frustraciones de sus sociedades.

Los inconformes permiten que los humillen, pues eso les acerca a la miseria humana: sólo a través de la vergüenza, el común reconoce la humanidad. Lo único que iguala a todos los hombres son sus propias miserias. El caído es también una imagen semejante a Dios. Es una reflexión de la estampa divina, pero carece de rasgos sublimes; es vísceras descarnadas, expuestas para servir de retrato de la realidad. El escritor, entonces, debe dejarse caer, someterse ante las contradicciones de su tiempo, como sus congéneres y más que ellos, para su voz se encumbre entre los gemidos.

Por ello, el Demiurgo se inflige humillaciones constantes. Valga el ejemplo de su hijo, Emmanuel, manifestación de humana de su trilogía divina. O por lo menos del Dios de los cristianos, tal como lo creen los dos mil millones de personas que hacen de Jesús el centro de sus dogmas. Jehová y Alá tienen esquemas parecidos, unos mil doscientos millones de personajes más en la novela que es la vida y sus propios héroes apilados entre las páginas de sus libros santos.
Y el Dios cristiano bajó, en la carne de su propio hijo, para que los otros personajes de la novela lo zahirieran. ¿Cómo sería la historia que llamamos vida si sobre las piedras del Gólgota no estuviera derramada la sangre de Cristo? ¿Y si su santísimo ser no fueran tres manifestaciones?

Escribir es ser otro. Por eso, un rasgo de la vocación literaria de Dios es que tiene tres manifestaciones: Padre (razón), Hijo (pasión) y Espíritu Santo (idea). Todas sus manifestaciones son formas del arquetipo de quien está condenado a la seducción de la palabra. La razón del poeta hila la narración, que su pasión adereza con personajes vívidos, mientras las ideas se van colando entre los meandros de la anécdota literaria para dar proyección universal a lo impreso. ¿Cuál de los tres seres escribe?, ¿El racional, el apasionado o el didáctico?