domingo, 9 de agosto de 2009

Cómo se construye un género

Luego de un accidente, padre e hijo llegan malheridos a una clínica. Rápidamente, el personal de Emergencias los trasladan a un pabellón para operarlos. Cuando entra la persona encargada por el Departamento de Cirugías de operar al más joven de los heridos, se paraliza. Mirándolo exclama con voz aturdida: “No puedo operar, es mi hijo!”.
Parece haber algo extraño en la historia, ¿cierto? ¿No?
Si usted sabe por qué no hay nada extraño con esta información, le felicito.
La anécdota está destinada a probar los prejuicios machistas de la gente y se hizo popular, hace unas décadas, entre quienes seguían el Movimiento para la Liberación Femenina para demostrar que incluso entre ell@s existían los prejuicios que tanto querían desmontar.
La persona que iba a operar era la madre del joven accidentado.
¿Por qué no? Si las mujeres han logrado escalar importantes plazas de trabajo en la contemporaneidad, y entre ellas la medicina es una de nuestras conquistas capitales?
Pero no se preocupe, quien esto escribe, no pasó la prueba inicial. El problema es que la construcción del significado en la sociedad en la que vivimos es patriarcal, es decir ha sido prerrogativa de los hombres desde el inicio de la historia; por eso es tan difícil de desmontar el mito que sustenta la sociedad dividida en géneros (contrapuestos).
Si la diferencia sexual constituye una dimensión crucial de la vida humana es porque está incrustada en lo cotidiano, por medio del lenguaje que fundamenta la cultura.
El estilo itálica de las letras utilizados en la palabra “lenguaje” es adrede, pues el lenguaje es el andamiaje que todo lo sustenta en la vida. Según el DRAE, que es la máxima autoridad en estos casos que se me ocurre, este neologismo significa “sistema de comunicación verbal”. El lenguaje es la manera como nos comunicamos entre nosotros como miembros de una cultura y de la comunidad de seres racionales que integra nuestra raza.
El lenguaje, por su parte, construye el género, convirtiendo al macho y a la hembra, dos categoría biológicas, en hombre y mujer, dos categorías culturales.
El género mismo que nos enseñaron cuando apenas comenzamos a hablar, que luego reforzaron las escuelas y los medios de comunicación— es una categoría simbólica vinculada al lenguaje por cuanto es un conjunto de símbolos y reglas que permiten la comunicación e, insertado en el terreno específico de la lingüística crea, dentro de la gramática castellana la distinción que hoy parece arbitraria: ya no hombre y mujer, sino algo mucho más enigmático: las etiquetas de lo masculino y lo femenino.
Lo masculino es todo aquello que pueda ser antecedido por el artículo “el” y, en el caso contrario, por el artículo (femenino) “la”. Las etiquetas señaladas del género son, a la postre, lo que el semiólogo francés Roland Barthes llamaba “mitos” generados por el gran sistema que construye la sociedad. Así, el mito es el resultado de una ideología —¡tranquil@s, que nadie habla del chavismo, castrismo o capitalismo!, o quizás sí, pero no en la versión groseramente política que la coyuntura “revolucionaria” venezolana otorga al término. La definición de ideología a la que Barthes aludía la coloca como un mecanismo para interpretar la realidad, donde la subjetividad otorga sentido al mundo que rodea al individuo por medio de preconcepciones provenientes de la cultura (Karl Marx, K. Mannheim, Frederic Jameson, Louis Althusser).
El mito, como los signos de rápido comercio en el lenguaje, se “deshistoirza”, es decir no se asume nunca su pasado. Por eso los géneros son tautologías, categorías del lenguaje inamovibles, porque lo masculino es masculino porque sí y lo mismo pasa con lo femenino.
Nuestra misma manera de hablar, hay que concluir, se erige como la representación de la sociedad divida entre cosas “consideradas” femeninas o masculinas porque sí, sin mayores explicaciones de porqué habría de ser importante el género. Y donde, por desgracia, siempre sale perdiendo la mujer. Porque no es lo mismo “un perro” que “una perra”, “un zorro” que “una zorra”, ni un “hombre público” que “una mujer pública”.

(Reflexiones frente al libro "La palabra de las hijas de Eva", de Teresa Moure.)