A pesar de que la perspectiva individual es un irrenunciable rasgo de identidad, nuestra manera de ver el mundo puede separarnos de los seres queridos. En mi caso, el asunto era dramático porque se refería a la manera que tenía de no ver ciertas cosas que pasaban en mi mundo. Como mi incapacidad de ver la sangre derramada que me separaba de mi esposo y mi hija, cuya manera de ver cosas inexistentes los mantenía unidos. Diana y Evaristo contra mí, que era incapaz de ver la sangre sobre el suelo. ¡Pero si no lo hacía por escepticismo! Era apenas la diferencia capital que me separaba de ellos: yo era humana. Quizá –y esto lo pienso después de años—como los quería tanto, mis ojos eran incapaces de ver la sangre que estos derramaban en su insaciable búsqueda por satisfacer el sadismo oral que los controlaba.
Mostrando entradas con la etiqueta Ficción en Español. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Ficción en Español. Mostrar todas las entradas
jueves, 6 de enero de 2011
lunes, 3 de agosto de 2009
Homenaje a Brick Pollit

A veces parece que Tenessee Williams fuera criollo. Que sus personajes los sacara del Country Club y no de las estepas sureñas de Estados Unidos. Que escribiera en español y no en inglés. Que fuera del siglo XXI y no del XX.
Debe ser por la forma que tiene Williams de relatar también cosas de por estos lados que yo conseguí a uno de sus personajes saltando, como ajeno al mundo, sobre un tejado caliente. Drunk and queer,¡Qué bolas, en Caracas!.
Era extraño, no sólo por ser un personaje Brick Pollit.
No era rara su borrachera ni su tristona manera de decir verdades que él mismo no entendía bajo el estupor del alcohol que le hacía click en la cabeza; tampoco la forma egocéntrica de ver al mundo como atravesado por su moral ¿moral, Brick Pollit ? ¡Habráse visto! pues queer or gay pertenece a la sociedad venezolana que lo parió. Lo que me pareció insólito, lo que levantaba un innegable tufo de sospecha era su manera de ser vulgarmente miope, ciego hasta el paroxismo de no reconocerse a sí mismo como Brick Pollit, cuando está frente a todos lo obvio: que sólo le hace falta Elizabeth Taylor, ronroneándole en la cama.
Por eso este Brick Pollit, un poco criollo y otro gringo, anda por las calles repitiendo lugares comunes y escribiendo sandeces, sin darse cuenta que él mismo es un personaje que no ha podido crearse, porque no quiere entenderse.
Concebirse a uno mismo, no lo sabe el pobre Brick maldito, es una bendición que sólo llega luego del ejercicio constante de tomar decisiones.
Y Brick Pollit, drunk and queer, no sabe cómo ver lo que está a simple vista para todos los demás personajes que se mueven sobre las tablas del teatro que apenas atinamos a llamar vida. No sabe cómo asumir esa personalidad que le han impuesto y que él abraza de manera inequívoca, pero que no puede aceptar, porque, presumo, le da vergüenza. ¿Cómo puede uno resignarse a ser algo vacío, hueco, como hecho de… celofán?
Y aquellos que sienten vergüenza de sí mismos sólo pueden inspirar lástima. Por eso yo no puedo más que sentir conmiseración por este hombre-personaje sin ser nada ni personaje ni hombre ni Brick ni gay ni queer ni tener a una Taylor un pobre diablo que no se ha visto en un espejo. Uno que no ha podido ver su cara de Brick Pollit, su voz de Brick Pollit, su sexo (¿y será que tiene sexo?) de Brick Pollit.
Tanta lástima me inspira la manera de ser poca cosa de Brick Pollit que me provoca tranquilizarlo.
No te preocupes, querido, anda tranquilo porque sólo fui yo quien supo ver a través de tu piel recuerda que “mendacity is a system that we live in” y nadie sabrá reconocerte, drunk and queer, en una sociedad donde todos pasamos la vida viéndonos el ombligo. Estás a salvo, Brick, a salvo mientras no tomes una sola decisión por el resto de tu vida, para que no tengas que aprender a vivir con ninguna de ellas, todos los días que te queden de existencia: Cada quien, cariño, escoge su infelicidad.
miércoles, 8 de julio de 2009
Notas para un cuento
Ojos como espejos
OJOS COMO ESPEJOS
L
a tristeza es una gran burbuja traslúcida hecha de humo, preñada de un caos oscuro en el que sólo el nombre de Margarita arroja a la vez alegría efímera y pena perpetua. Sólo la sombra de la desesperación y mi cara y los ojos como espejos que lleva ella incrustada en la sien.
Desde mi negativa a verme en esos ojos, a sumergirme en ella, a hacerme suyo permanezco siempre contenido en una envoltura de dolor: anestesiado, mientras veo la vida correr delante de mí, como muerto en vida. Al principio, mi abatimiento tomaba la apariencia de un velo soñado, incluso deseable, que no podía confesar más porque no sabía qué forma darle a las palabras que lo describieran con certeza que por el terror que me causaba.
Pasé muchos días antes de entender que mi impedimento de salir de la casa, a tomar cualquier alimento, incluso a bañarme y a sólo pasarme las horas viendo el techo, con la pupilas ahogadas, era mi manera para intentar entender qué me ocurría. En esas tardes construidas de tiempos eternos no recordaba qué había pasado ni cómo había llegado hasta ese estado de debilidad insalvable. Hasta que del abatimiento y de la sensación de ser insignificante surgió una idea de color mustio que pronto reinó sobre todos los pensamientos de mi caos, entre húmedo y gaseoso, que me gritaba o me susurraba, siempre causando el mismo efecto desesperado: ¡Había rechazado a la única mujer capaz de amarme!
¡Qué barbaridad! Era peor que si hubiera mordido el pecho de mi madre, que me hubiera separado de ella incluso antes de nacer, aunque en realidad me sintiera, seguro pero vulnerable, como si me hubiera devuelto al útero primigenio. ¿Pero cómo podía pasar aquello si mamá había muerto hace más de una década? Quizás la pena que sentía era una nueva versión de la pérdida maternal. Rechazar a Margarita era un fracaso tal que había desecho los cimientos mismos de mi identidad, por más borrosa que esta se hubiera manifestado hasta entonces.
(...)
OJOS COMO ESPEJOS
L
a tristeza es una gran burbuja traslúcida hecha de humo, preñada de un caos oscuro en el que sólo el nombre de Margarita arroja a la vez alegría efímera y pena perpetua. Sólo la sombra de la desesperación y mi cara y los ojos como espejos que lleva ella incrustada en la sien.
Desde mi negativa a verme en esos ojos, a sumergirme en ella, a hacerme suyo permanezco siempre contenido en una envoltura de dolor: anestesiado, mientras veo la vida correr delante de mí, como muerto en vida. Al principio, mi abatimiento tomaba la apariencia de un velo soñado, incluso deseable, que no podía confesar más porque no sabía qué forma darle a las palabras que lo describieran con certeza que por el terror que me causaba.
Pasé muchos días antes de entender que mi impedimento de salir de la casa, a tomar cualquier alimento, incluso a bañarme y a sólo pasarme las horas viendo el techo, con la pupilas ahogadas, era mi manera para intentar entender qué me ocurría. En esas tardes construidas de tiempos eternos no recordaba qué había pasado ni cómo había llegado hasta ese estado de debilidad insalvable. Hasta que del abatimiento y de la sensación de ser insignificante surgió una idea de color mustio que pronto reinó sobre todos los pensamientos de mi caos, entre húmedo y gaseoso, que me gritaba o me susurraba, siempre causando el mismo efecto desesperado: ¡Había rechazado a la única mujer capaz de amarme!
¡Qué barbaridad! Era peor que si hubiera mordido el pecho de mi madre, que me hubiera separado de ella incluso antes de nacer, aunque en realidad me sintiera, seguro pero vulnerable, como si me hubiera devuelto al útero primigenio. ¿Pero cómo podía pasar aquello si mamá había muerto hace más de una década? Quizás la pena que sentía era una nueva versión de la pérdida maternal. Rechazar a Margarita era un fracaso tal que había desecho los cimientos mismos de mi identidad, por más borrosa que esta se hubiera manifestado hasta entonces.
(...)
miércoles, 16 de julio de 2008
Mujeres que Están Como Cabras
(Prefacio para mi segunda colección de cuentos)
Me observé en el espejo, incrédula. A mí también me habían salido cuernos hacia atrás y una blanca barba alargada. Yo era una cabra. Por eso me buscaba este rebaño de mujeres enloquecidas. ¿Será esto una consecuencia más de mis amores a medio hacer o de mis esperanzas puestas en sueños ridículos? Ya lo diagnosticó mi psicóloga (la Yeza): estás como una cabra –¡y eso que no me ha visto pasar entre gritos las horas eternas del tráfico caraqueño!.
Me dijeron: escribe, y yo puse las manos sobre el teclado de la computadora. Conocí, entonces, la bendición de escribir desde la vagina—porque con el cerebro (hombres: anoten), no se puede entender a una cabra. Si a las mujeres se nos compara con los desagradables y cornudos mamíferos rumiantes que llevan un mechón de pelos largos colgante de la mandíbula inferior, es porque se no cree desequilibradas. En nuestro mundo, donde la construcción del significado es un privilegio de lo masculino, la fémina pugnaz tiene que estar loca.
Estas cabras, claro, tiraban para el monte, pero yo las detuve y las metí en la urbe. Sorpresa. Eran mujeres citadinas. Sus historias comenzaron a llenarme las páginas que siguen. A unas las malquerían los esposos, los novios, los amigos y hasta los hijos; a otras las habían atacado con palabras o con acciones, encerrándolas en la pasividad de sus hogares o condenándolas a vivir con la marca de la violencia en su memoria. Hubo una niña que, entre lágrimas, me dijo que querían matarla.
Aquí va una colección más que narra las historias de ciertas mujeres que no saben qué hacer con sus vidas. Otra. Como si medio universo no hubiera ya contado los mismos cuentos. Me disculpo. Pero los traumas que llevaban a cuestas y su alma revuelta me dieron lástima. Tuve que hacerlas ficción—advertencia: como todas ellas son del mismo rebaño, se conocen, y por eso esta colección tiene personajes que saltan de una narración a otra.
Cuando reviso lo que escribí, me da vergüenza, porque estas cabras son, como quien dice, medio oligarcas. Me gustaría haber contado también las historias de las otras, las que no tienen tiempo ni dinero para ponerse a lloriquear por hombrecitos, las que muerden la vida como si fuera un limón que se chorrea en verdes y en maduras.
Pero a mi me buscó el rebaño con las gevas más bobaliconas.
Yo, empero, tengo mucho que agradecerles: ellas me eligieron la Reina de las Idiotas este carnaval y es lo único que he ganado, así que lo voy a celebrar. No me queda más que amarlas, a ellas que son un poco de mi misma. Ahora, me precipito a cerrar la puerta de este corral de letras, no vaya a ser que alguien crea que estas cabras locas son, también, humanas. Por favor, juzguen con benevolencia a estas mujeres, pues cualquiera sea su falla es, más bien, de quien las metió aquí.
Michelle Roche Rodríguez
Julio, 2008.
Me observé en el espejo, incrédula. A mí también me habían salido cuernos hacia atrás y una blanca barba alargada. Yo era una cabra. Por eso me buscaba este rebaño de mujeres enloquecidas. ¿Será esto una consecuencia más de mis amores a medio hacer o de mis esperanzas puestas en sueños ridículos? Ya lo diagnosticó mi psicóloga (la Yeza): estás como una cabra –¡y eso que no me ha visto pasar entre gritos las horas eternas del tráfico caraqueño!.
Me dijeron: escribe, y yo puse las manos sobre el teclado de la computadora. Conocí, entonces, la bendición de escribir desde la vagina—porque con el cerebro (hombres: anoten), no se puede entender a una cabra. Si a las mujeres se nos compara con los desagradables y cornudos mamíferos rumiantes que llevan un mechón de pelos largos colgante de la mandíbula inferior, es porque se no cree desequilibradas. En nuestro mundo, donde la construcción del significado es un privilegio de lo masculino, la fémina pugnaz tiene que estar loca.
Estas cabras, claro, tiraban para el monte, pero yo las detuve y las metí en la urbe. Sorpresa. Eran mujeres citadinas. Sus historias comenzaron a llenarme las páginas que siguen. A unas las malquerían los esposos, los novios, los amigos y hasta los hijos; a otras las habían atacado con palabras o con acciones, encerrándolas en la pasividad de sus hogares o condenándolas a vivir con la marca de la violencia en su memoria. Hubo una niña que, entre lágrimas, me dijo que querían matarla.
Aquí va una colección más que narra las historias de ciertas mujeres que no saben qué hacer con sus vidas. Otra. Como si medio universo no hubiera ya contado los mismos cuentos. Me disculpo. Pero los traumas que llevaban a cuestas y su alma revuelta me dieron lástima. Tuve que hacerlas ficción—advertencia: como todas ellas son del mismo rebaño, se conocen, y por eso esta colección tiene personajes que saltan de una narración a otra.
Cuando reviso lo que escribí, me da vergüenza, porque estas cabras son, como quien dice, medio oligarcas. Me gustaría haber contado también las historias de las otras, las que no tienen tiempo ni dinero para ponerse a lloriquear por hombrecitos, las que muerden la vida como si fuera un limón que se chorrea en verdes y en maduras.
Pero a mi me buscó el rebaño con las gevas más bobaliconas.
Yo, empero, tengo mucho que agradecerles: ellas me eligieron la Reina de las Idiotas este carnaval y es lo único que he ganado, así que lo voy a celebrar. No me queda más que amarlas, a ellas que son un poco de mi misma. Ahora, me precipito a cerrar la puerta de este corral de letras, no vaya a ser que alguien crea que estas cabras locas son, también, humanas. Por favor, juzguen con benevolencia a estas mujeres, pues cualquiera sea su falla es, más bien, de quien las metió aquí.
Michelle Roche Rodríguez
Julio, 2008.
lunes, 9 de junio de 2008
Anécdota con Sabor a Ficción
(Borrador)
Para Don Eugenio
Una tarde sin fecha llega un poeta de semblante tranquilo a pedir un café. Lleva el pelo lacio y cortado a la usanza de los años cincuenta. Un par de lentes con montura gruesa le aportan seriedad a su cara de tímidas sonrisas, disimuladas entre los bigotes canosos. Trae bajo el brazo, como si fuera pan de a locha, un poemario de Fernando Paz Castillo. María se interesa inmediatamente en este señor con verbo de rimas exactas, tal y como pinta la delicadeza de su camisa abotonada completamente (incluso los dos minúsculos botones del cuello). María sabe que estos predios no son los de ese hombre.
Aquél era Eugenio, vástago de una ilustre familia portuguesa de panaderos artesanales que aprendió a cocinar sus poemas entre unos talleres llenos de harina. Viene a esta panadería caraqueña desde Valencia, arrastrado por un recuerdo. A finales de los ochenta, cuando se le encargó hacer una antología de Don Paz Castillo había tomado la costumbre de visitarle en su casa de Bello Monte para hablar de la vida y la literatura o de la literatura vivaz. Una tarde, se consiguió al anciano (el don representaba una generación de poetas consagrada en 1918) vestido “de paseo” (como dicen los hombres de antaño) y listo para embarcarlo en la aventura de atravesar Bello Monte y Las Mercedes, vecinas geográficamente, pero separadas en ése momento por un mundo de conductores tunantes moldeados con la soecidad de las complicadas horas pico del tráfico capitalino. En medio de la aventura, cuando el anciano poeta se vio encarado por un grosero taxista, mientras le blandía su bastón en actitud amenazante, como lo hiciere con la fusta cuando andaba a caballo por el mismo vecindario, Don Paz Castillo recordó que los tiempos avanzaban demasiado rápido, aunque pocas veces traen cambios. Ahora, cuando la vejez saluda a Eugenio, él se aferra a las rimas del Don con la esperanza de sobrellevar con ellas su destino triste destino de poeta consagrado en un país donde no quedan horas para la cultura. Pero nada de esto lo sabe la muchacha tras la cafetera.
María aparece en la mesita del fondo con un café para el personaje indescifrable. El olor del espumoso marrón grande, endulzado con una cucharada de azúcar morena, extrae a Eugenio de su lectura para recordarle el fin del primer café que María sustituye. Es la primera vez que ella sale de atrás de la cafetera para atender a un cliente, pero esto no lo sabe Eugenio.
En algún lugar del 2005
Para Don Eugenio
Una tarde sin fecha llega un poeta de semblante tranquilo a pedir un café. Lleva el pelo lacio y cortado a la usanza de los años cincuenta. Un par de lentes con montura gruesa le aportan seriedad a su cara de tímidas sonrisas, disimuladas entre los bigotes canosos. Trae bajo el brazo, como si fuera pan de a locha, un poemario de Fernando Paz Castillo. María se interesa inmediatamente en este señor con verbo de rimas exactas, tal y como pinta la delicadeza de su camisa abotonada completamente (incluso los dos minúsculos botones del cuello). María sabe que estos predios no son los de ese hombre.
Aquél era Eugenio, vástago de una ilustre familia portuguesa de panaderos artesanales que aprendió a cocinar sus poemas entre unos talleres llenos de harina. Viene a esta panadería caraqueña desde Valencia, arrastrado por un recuerdo. A finales de los ochenta, cuando se le encargó hacer una antología de Don Paz Castillo había tomado la costumbre de visitarle en su casa de Bello Monte para hablar de la vida y la literatura o de la literatura vivaz. Una tarde, se consiguió al anciano (el don representaba una generación de poetas consagrada en 1918) vestido “de paseo” (como dicen los hombres de antaño) y listo para embarcarlo en la aventura de atravesar Bello Monte y Las Mercedes, vecinas geográficamente, pero separadas en ése momento por un mundo de conductores tunantes moldeados con la soecidad de las complicadas horas pico del tráfico capitalino. En medio de la aventura, cuando el anciano poeta se vio encarado por un grosero taxista, mientras le blandía su bastón en actitud amenazante, como lo hiciere con la fusta cuando andaba a caballo por el mismo vecindario, Don Paz Castillo recordó que los tiempos avanzaban demasiado rápido, aunque pocas veces traen cambios. Ahora, cuando la vejez saluda a Eugenio, él se aferra a las rimas del Don con la esperanza de sobrellevar con ellas su destino triste destino de poeta consagrado en un país donde no quedan horas para la cultura. Pero nada de esto lo sabe la muchacha tras la cafetera.
María aparece en la mesita del fondo con un café para el personaje indescifrable. El olor del espumoso marrón grande, endulzado con una cucharada de azúcar morena, extrae a Eugenio de su lectura para recordarle el fin del primer café que María sustituye. Es la primera vez que ella sale de atrás de la cafetera para atender a un cliente, pero esto no lo sabe Eugenio.
En algún lugar del 2005
martes, 13 de mayo de 2008
Son Cosas de Familia
(Prefacio Para Mi Primera Colección de Cuentos)
En los meandros inauditos de mi cerebro descansan los siniestros y luminosos personajes de mis fantasías. Durante la vigilia cotidiana se esconden; esperan la noche y quizás mis sueños para hacer sus fechorías. Cuando apago la luz de la lámpara sobre mi mesa de noche, ellos consiguen un campo abierto por las sombras para salir de sus madrigueras. Se hacen de mi memoria y no puedo distinguir qué cosas de mi pasado son reales ni cuáles son engendros de la ficción. Han terminado por establecer un mundo donde ellos escriben las leyes. Me muevo a través de sus dictámenes como si yo misma fuera una imagen creada por ellos.
Pero ya no me consideran suficiente para contenerlos. Se hartaron de esperar en silencio o gritar sin respuesta dentro de mi cabeza. Han decidido, con su arbitrariedad de seres etéreos, que debo convertirlos en palabras y dejarlos salir al mundo. Se hastiaron de mi. Desean probar su suerte y quieren meterse en otros cerebros. Quieren que otros seres –de ésos que llevan piel sobre los huesos y sangre entre las venas– lloren sus ansiedades. No me queda más que vestirles de blanco y negro para soltarles sobre papel. Les deseo suerte, aunque me avergüenza su talante alborotador.
Aquí están impresas algunas de sus hechuras. Aunque son autónomos, estos personajes están marcados por mis obsesiones: la manía inexpugnable de conocer los secretos atesorados por nuestro pasado y los vericuetos de nuestros linajes. Por eso aquí sólo hay Cosas de Familia, de prosapias distintas a mi árbol genealógico, pero cuyas historias se parecen a los cuentos de ciertos antepasados parlanchines.
La familia es nuestra patria primigenia. Quienes nos crían moldean el territorio donde construimos nuestros humores. Por eso, la infancia se parece a la historia: es el lugar donde nos hacemos y desde donde salimos a buscar cuitas propias, ya marcados por las angustias de los nuestros. O quizás no sólo son cosas de familia sino propias, pues mi sueño recóndito es volver a ser una niña; aunque sea sólo para contar con la fuerza protectora de los míos.
Yo quiero vivir para siempre en la patria fantástica que fue mi infancia. Moverme encima del mapa que mi abuelo Bacha tenía marcado con las tintas de sus viajes oníricos y conseguir el país de las maravillas donde habitaba mi abuela Alicia. Yo quiero hablar con las marionetas de mi abuela Flor, porque ellas recitaban pensamientos de Nietzche. Yo quiero merendar todas las tardes croissants de mantequilla con mi abuelo Oswaldo, el andino más criollo que he conocido, hasta en el detalle de ser extranjero. Me quiero meter en la chifonier de mi abuela Mamí y ponerme todos sus collares, reventarlos hasta que no quede una sola cuenta junto a la otra… sólo para verla sonreírme. Quiero que mi abuela Delia me cuente cómo eran las fiestas de frac y condecoraciones donde ella bailaba su juventud. Quiero ver a mi tía Tina vestirse para una fiesta, frente a un desbarajuste de trajes y revistas sobre su cama. Quiero que mi tío Eduardo me enseñe a firmar mi nombre y que mi tío Chino vuelva a pellizcarme la nariz. Quiero verme en las pupilas de todos ellos, porque sólo su cariño sin mesura puede hacerme impoluta.
Quiero volver a tener diez años. Entonces podría sostener entre mis brazos a mi hermano Marcel, como lo hice el día que nació. Volvería yo a enamorarme de su sonrisa ligera: tímida premonición de un carácter fácil.
Más que cualquier otra cosa, quiero volver a la casa de mi infancia, pues ésta fue un carnaval. Allí, la voz gruesa de mi mamá podía oírse por todos los cuartos cuando ella recitaba los guiones de sus obras teatrales. Allí, mi papá destilaba sus sensibilidades trágicas todos los domingos haciéndole coro a Pavarotti en Nessun dorma. Yo iba de la sangre de Lady Macbeth a las fiestas de Violeta Valery, Semper libera… como ellos me hicieron.
Pero el tiempo corre, y me toca cumplir treinta años. Por eso sólo me queda crearme ficciones. Me disculpo por exponerles a estas fantasías: relatos de padres, nietos, hermanos, sobrinos y amigos –por que hablar de familias es hablar, también, de otras uniones imperecederas. Debe ser que me encuentro lejos de los míos y me angustia pensar que algún día me faltarán.
Aquí van los familiares hechos por mis fantasías, ojala ellos sepan hacerse dignos del tiempo que les tomará conocerlos.
Abril de 2008.
En los meandros inauditos de mi cerebro descansan los siniestros y luminosos personajes de mis fantasías. Durante la vigilia cotidiana se esconden; esperan la noche y quizás mis sueños para hacer sus fechorías. Cuando apago la luz de la lámpara sobre mi mesa de noche, ellos consiguen un campo abierto por las sombras para salir de sus madrigueras. Se hacen de mi memoria y no puedo distinguir qué cosas de mi pasado son reales ni cuáles son engendros de la ficción. Han terminado por establecer un mundo donde ellos escriben las leyes. Me muevo a través de sus dictámenes como si yo misma fuera una imagen creada por ellos.
Pero ya no me consideran suficiente para contenerlos. Se hartaron de esperar en silencio o gritar sin respuesta dentro de mi cabeza. Han decidido, con su arbitrariedad de seres etéreos, que debo convertirlos en palabras y dejarlos salir al mundo. Se hastiaron de mi. Desean probar su suerte y quieren meterse en otros cerebros. Quieren que otros seres –de ésos que llevan piel sobre los huesos y sangre entre las venas– lloren sus ansiedades. No me queda más que vestirles de blanco y negro para soltarles sobre papel. Les deseo suerte, aunque me avergüenza su talante alborotador.
Aquí están impresas algunas de sus hechuras. Aunque son autónomos, estos personajes están marcados por mis obsesiones: la manía inexpugnable de conocer los secretos atesorados por nuestro pasado y los vericuetos de nuestros linajes. Por eso aquí sólo hay Cosas de Familia, de prosapias distintas a mi árbol genealógico, pero cuyas historias se parecen a los cuentos de ciertos antepasados parlanchines.
La familia es nuestra patria primigenia. Quienes nos crían moldean el territorio donde construimos nuestros humores. Por eso, la infancia se parece a la historia: es el lugar donde nos hacemos y desde donde salimos a buscar cuitas propias, ya marcados por las angustias de los nuestros. O quizás no sólo son cosas de familia sino propias, pues mi sueño recóndito es volver a ser una niña; aunque sea sólo para contar con la fuerza protectora de los míos.
Yo quiero vivir para siempre en la patria fantástica que fue mi infancia. Moverme encima del mapa que mi abuelo Bacha tenía marcado con las tintas de sus viajes oníricos y conseguir el país de las maravillas donde habitaba mi abuela Alicia. Yo quiero hablar con las marionetas de mi abuela Flor, porque ellas recitaban pensamientos de Nietzche. Yo quiero merendar todas las tardes croissants de mantequilla con mi abuelo Oswaldo, el andino más criollo que he conocido, hasta en el detalle de ser extranjero. Me quiero meter en la chifonier de mi abuela Mamí y ponerme todos sus collares, reventarlos hasta que no quede una sola cuenta junto a la otra… sólo para verla sonreírme. Quiero que mi abuela Delia me cuente cómo eran las fiestas de frac y condecoraciones donde ella bailaba su juventud. Quiero ver a mi tía Tina vestirse para una fiesta, frente a un desbarajuste de trajes y revistas sobre su cama. Quiero que mi tío Eduardo me enseñe a firmar mi nombre y que mi tío Chino vuelva a pellizcarme la nariz. Quiero verme en las pupilas de todos ellos, porque sólo su cariño sin mesura puede hacerme impoluta.
Quiero volver a tener diez años. Entonces podría sostener entre mis brazos a mi hermano Marcel, como lo hice el día que nació. Volvería yo a enamorarme de su sonrisa ligera: tímida premonición de un carácter fácil.
Más que cualquier otra cosa, quiero volver a la casa de mi infancia, pues ésta fue un carnaval. Allí, la voz gruesa de mi mamá podía oírse por todos los cuartos cuando ella recitaba los guiones de sus obras teatrales. Allí, mi papá destilaba sus sensibilidades trágicas todos los domingos haciéndole coro a Pavarotti en Nessun dorma. Yo iba de la sangre de Lady Macbeth a las fiestas de Violeta Valery, Semper libera… como ellos me hicieron.
Pero el tiempo corre, y me toca cumplir treinta años. Por eso sólo me queda crearme ficciones. Me disculpo por exponerles a estas fantasías: relatos de padres, nietos, hermanos, sobrinos y amigos –por que hablar de familias es hablar, también, de otras uniones imperecederas. Debe ser que me encuentro lejos de los míos y me angustia pensar que algún día me faltarán.
Aquí van los familiares hechos por mis fantasías, ojala ellos sepan hacerse dignos del tiempo que les tomará conocerlos.
Abril de 2008.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)