sábado, 27 de abril de 2013

La honestidad del dolor


“Grief has no distance. Grief comes in waves, paroxysms, sudden apprehensions that weaken the knees and blind the eyes and obliterate the dailiness of life”
(El dolor no tiene distancia. El dolor viene en olas, paroxismos, en aprehensiones súbitas que debilitan las rodillas y enceguecen los ojos y arrancan la cotidianidad de la vida)
Esta frase la escribe Joan Didion en The year of magical thinking, la obra testimonial que escribió entre 2005 y 2006 sobre la muerte de su esposo y el año que le sucedió, al que bautizó “del pensamiento mágico”, porque se la pasaba pensando en que en cualquier momento su esposo, John Gregory Dunne, iba a aparecer… y luego recordaba que había muerto. En esta frase pensé cuando leí el bello libro que ha venido Piedad Bonnett a presentar en Caracas: Lo que no tiene nombre. Es un tributo a su hijo, Daniel, que se suicidó en el año 2008. El dolor materno es tan palpable en la prosa de Bonnett como la buena literatura y si pensé en esa escritora de oficio y de mente aguda que es Didion cuando lo leí, además de por eso que es obvio –el duelo de una escritora vertido en un libro–, es porque el texto de la colombiana comparte con la estadounidense un ingrediente fundamental en el género testimonial y yo diría que en toda la literatura: la honestidad.




domingo, 7 de abril de 2013

La frivolidad de llamarse intelectual (Publicado hoy, 07/04/2013, en Papel Literario)



La frivolidad de llamarse intelectual
Michelle Roche Rodríguez

(Nota: Copio este artículo acá porque tiene varios links que pueden ser útiles a quienes quieran referirse a ciertos artículos que cito)

En La civilización del espectáculo, Mario Vargas Llosa lamenta que la dictadura de la superficialidad se impusiera sobre la cultura. “La frivolidad”, escribe, “consiste en tener una tabla de valores invertida o desequilibrada en la que la forma importa más que el contenido, la apariencia más que la esencia y en la que el gesto y el desplante –la representación– hacen las veces de sentimientos e ideas” (página 51). De este “indeseable efecto”, dice, es culpable la “democratización de la cultura” (35), por eso siente nostalgia de la época cuando las élites establecían juicios sobre qué es arte y qué no, antes de que la figura del hombre de pensamiento, el intelectual, se eclipsara.
Para el lector no pasa desapercibido que el propio Vargas Llosa se propone como hombre de pensamiento, quizá el último que queda, como señala Jorge Volpi en otra reseña del libro. Por eso el autor peruano se define como “alguien que, desde que descubrió, a través de los libros, la aventura espiritual, tuvo siempre por modelo aquellas personas que se movían con desenvoltura en el mundo de las ideas y tenían claros unos valores estéticos que les permitirían opinar con seguridad sobre lo que era bueno o malo, original o epígono, revolucionario o rutinario, en la literatura, las artes plásticas, la filosofía y la música” (202).
Resulta exagerado que, en su diagnóstico atroz de la actualidad y a la par que se propone como hombre de letras, culpe a Jacques Lacan, Roland Barthes y Michel Foucault, entre otros, del deterioro de la educación y de la autoridad del profesor, como hace en el tercer capítulo del libro, “Prohibido prohibir”. Parte de esas ideas las había leído en un ensayo suyo publicado el año pasado por la revista mexicana Letras libres. Además del tono de superioridad con el que fueron expuestos sus razonamientos, me pareció extraño que no se preocupara por definir qué entiende por deconstrucción, estructuralismo o posmodernidad, lo que quizá hubiera facilitado la comprensión de qué le molesta tanto de sus postulados.
La civilización del espectáculo tiene muchos puntos que merecen discutirse, pero la dureza de la crítica contra pensadores esenciales del siglo XX me obliga a detenerme sobre esto. Vargas Llosa no sólo arremete contra el deconstruccionismo y otras escuelas asociadas con el estructuralismo, sino que llega a la audacia de tildar de “delirios” a ciertas escuelas teóricas posmodernas y llamar charlatanes a sus seguidores. Escribe que, por adscribirse a esas teorías, los intelectuales franceses de mediados del siglo pasado perdieron autoridad: “no eran serios, jugaban con las ideas y las teorías como los malabaristas de los circos con los pañuelos palitroques, que divierten y hasta maravillan, pero no convencen” (87).
Sin embargo, ¿cuáles son las alternativas que propone el Premio Nobel a los citados pensadores franceses? Alan Sokal y Jean Bricmon, Gertrude Himmelfarb y Lionel Thrilling. Ellos sí. Pueden no haber hecho contribuciones tan profundas a la vida contemporánea como la teoría del espejo de Lacan o la de las estructuras de poder de Foucault, pero para el autor de La tentación de lo imposible (2004) merecen aplausos porque desenmascaran a los charlatanes.
La argumentación de Vargas Llosa parece incompleta. Primero, se abstiene de explicar que el libro escrito por el matemático Sokal y el físico Bricmont, Imposturas intelectuales (1997), se limita a acusar a algunos estructuralistas de abusar de ciertos términos provenientes de las matemáticas sin contextualizarlos. También la apología que hace del trabajo de Himmelfarb es sospechosa. “[Sus] críticas (…) a los estragos que la deconstrucción ha causado en el dominio de las humanidades me parecen irrefutables”, escribe pero no explica qué las hace incontrovertibles (91-92). Tampoco precisa el autor peruano que Himmelfarb es especialista en la historia de Inglaterra durante el siglo XIX ni queda muy claro por qué cierra esta sección refiriéndose al crítico literario Thrilling, que tampoco ofrece alternativas plausibles al estructuralismo o sus interpretaciones asociadas.
Pienso como Vargas Llosa que ciertas sociedades se beneficiarían más de una visión menos superficial de sus problemas y por eso mismo me parece paradójico que el autor acuse de complicados y oscurantistas los ensayos de Barthes, Lacan o Foucault. Quizá los halle demasiado intelectuales. Pero, ¿puede alguien que se precie de lector sagaz despreciar el trabajo de las piedras fundamentales del pensamiento contemporáneo? ¿No es esto como declararse intelectualmente aislado del mundo?


Título: La civilización del espectáculo
Autor: Mario Vargas Llosa
Editorial: Alfaguara
Precio: Bs. 200

Una reflexión mínima de Martín Caparrós


“El periodista es un traidor, siempre un traidor, a menos que sea un propagandista, un corrupto, un entenado, un perro; si quiere hacer su trabajo de periodista tiene que contar algunas cosas que otros no querían que contara –pero todo el problema está en saber qué cosas”

viernes, 5 de abril de 2013

Amor de madre


Tomó apenas un momento: Antes de hacer presión para que mi cabeza se inclinara hacia delante, la palma de la mano de mamá rodeó mi nuca, allí donde comienza a nacerme el cabello. Y eso fue todo lo que sentí. Al principio no había razón para el sobresalto que me había quitado la respiración. Aunque no podía verla, sabía que era ella; quizá aquello se trataba de otra de sus esporádicas caricias torpes, pensé cuando en un instante minúsculo se reunieron mis ideas y mis sentimientos que iban en volandas. Pero algo había en aquél movimiento que me crispó los nervios: cierta falta de brusquedad, común en sus interacciones conmigo. Luego sentí la presión del aparato complicado hecho de correas que atravesaba la mitad de mi cara. Incrédula, llevé las manos hasta mi cara en un movimiento que me tomó siglos y palpé una lámina de cuero grueso y negro que me tapaba la boca y estaba amarrada por la parte baja de mi cabeza con una correa.
Así se había inaugurado el único ritual que reunió a mi madre con mi infancia. La primera vez ocurrió en la penumbra opaca de mi cuarto, justo antes de que amaneciera y así se repitió diariamente. Hasta que mi padre se mudó definitivamente a la casa, ella me despertaba para ajustarme el bozal, mientras yo me resignaba a reconocer de nuevo mis labios sólo tres veces al día, cuando venía mi nodriza a traerme el alimento.
Entonces tenía la edad de cinco años.

miércoles, 3 de abril de 2013

Lectura, escritura y cansancio


Anthony Trollope, un autor clásico de la Era Victoriana, empezó en el año 1876 la última novela se su Serie Palliser, Los hijos del duque. Su prosa no me llama la atención en absoluto, pero su vocación por el trabajo es admirable: Luego de escribir parsimoniosamente y metódicamente desde las 5:00 a las 8:00 de la mañana, unas 1000 palabras al día, se iba a trabajar como funcionario dela Oficina de Correos. Y yo quejándome de que me hace falta tiempo para escribri lo mío. Soy una quejica. ¿Cuántas veces no sentiría desfallecer Trollope en aquél invierno grisáceo de Inglaterra? Y yo con este sol abrasador calentándome las ideas, incapás de poner a hervir una novelita...

viernes, 25 de enero de 2013

La invención del museo en la web


Más que impresionarme por la calidad de la exposición La invención concreta: La Colección Patricia Phelps de Cisneros, que acaba de inaugurarse en el Museo de Arte ReinaSofía de Madrid, me quedé pensando en las herramientas que ésta utiliza, como medida de la evolución que ha tenido en el último lustro la investigación y enseñanza de las artes plásticas.
En cuanto a curaduría, la muestra está muy por encima de otras vistas esta temporada en la capital española. Esto quizá se deba a que se afana en conceptualizar las relaciones entre las piezas presentadas y sus momentos históricos, algo que por desgracia no se vio en Gauguin y el viaje a lo exótico que cerró el 13 de enero en el Thyssen Bornemisza, donde los curadores ni mostraron nada nuevo sobre los aportes de su estética Made in Tahiti ni supieron responder a la pregunta hecha en el mismo recorrido sobre cómo los orígenes peruanos del artista esculpieron la fascinación que lo marcó.
La invención concreta, por su parte, es más bien un ejemplo de cómo la moda multimedia se impone dentro de la cultura y de las posibilidades que ofrece para los interesados en conocer mejor las artes plásticas, como estudiosos o como público en general. Me refiero a esto porque la página web bilingüe de la exposición se puede leer su sustento conceptual, ver las obras expuestas así como todos los textos de sala e incluso puede hacerse un recorrido virtual. Para los que no van a poder verla antes de que la retiren el 16 de septiembre, esto representa una ventaja porque estarán bien enterados de todo lo que hay allí. Pero a los nostálgicos como yo de las experiencias en persona quizá les quede una pregunta flotando en la mente: ¿puede irse al museo sin salir de casa?

lunes, 21 de enero de 2013

Con Nothomb todavía temblando


Quizá era la única que no había leído aún Estupor y tembloresEstupor y temblores de Amélie Nothomb, pero la semana pasada el destino me comprobó lo que explica Juan Villoro en El libro salvaje: que los lectores, más que encontrar libros, son encontrados por ciertas publicaciones. El caso es que estaba yo dándome La buena vida y cayó entre mis manos este título que en castellano va por la décima edición. Se trata de una novela brevísima sobre las vicisitudes de una joven belga trabajando en una empresa de consumo masivo en Japón. El título es especialmente revelador de la trama porque con “estupor y temblores”, debían dirigirse los subalternos al emperador en la época de los samuráis y es una actitud que ahora estructura la complicada ética empresarial de Japón. La narración se estructura sobre un hilo dramático sin saltos narrativos hacia pasado o futuro y está narrada en primera persona del singular, lo que contribuye a evidenciar su carácter autobiográfico del texto de la autora belga nacida en Kobe (Japón) en el año 1967. A ratos una parábola y otras una caricatura demasiado simplificada de la sociedad japonesa, Estupor y temblores seduce por el humor salvaje de la autora. Pero no es esto lo que hará que su sabor se quede varios días con el lector; es que la descripción de Nothomb de su superiora inmediata ––que a ratos parece crítica, pero la mayoría de las veces señala un embeleso propio del enamoramiento–– señala la relación dual con el poder (y con los poderosos) que, aunque queramos negarlo, tenemos todos. Y en el fondo de aquellos jefes intransigentes (y de los jefes de los jefes intransigentes) que describe la belga, cualquiera podrá reconocer sus traumas laborales, transcurrieran estos dentro o fuera de la inaccesible cultura asiática.