martes, 26 de agosto de 2014

Poe y la creación

"He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización"
E A Poe

lunes, 25 de agosto de 2014

Treinta años sin Foucault

Este año, cuando se conmemoran tantos aniversarios, hay una fecha triste para los interesados en la historia de las ideas que vale la pena tomar en cuenta: En junio de 1984 falleció Michel de Foucault. A pesar de la pose extendida últimamente en ciertos círculos españoles de pensamiento conservador que tiende a desautorizar el pensamiento de este historiador francés –nunca se consideró a sí mismo un filósofo y, menos, un psicólogo–, es importante destacar que si hoy podemos admitir con propiedad que no es real la dicotomía biológica entre hombre y mujer, y esta es consecuencia más bien del sistema de representaciones culturales que configuraron el sistema de poder occidental y que terminaron por eternizar el falocentrismo en las sociedades occidentales es porque el autor de Las palabras y las cosas  se esmeró en señalar todas las formas en que nuestra manera de referirnos a las cosas las configura. Aunque sea solo por demostrarnos el poder de las palabras, Foucault tiene ya un lugar destacado en la historia de la intelectualidad occidental.

jueves, 21 de agosto de 2014

Vestir y desvestir


Lo crucial en la femme fatale es que su calidad de víctima de las expectativas que los demás construyen sobre ella. Como una tábula rasa, su sexualidad es la pantalla sobre la que los hombres proyectan sus aprehensiones y, como un sol negro, su representación es el lugar donde se actúan las fobias de la misma sociedad falocéntrica que la creó. La femme fatale, entonces, no existe, es apenas una proyección de miedos a las que hemos vestido y desvestido a placer.

miércoles, 30 de julio de 2014

Ay, las familias.

Las familias son microcosmos totalizantes en los cuales sus miembros se sienten con el derecho a ejercer una fuerte intervención en todos los órdenes de la vida de sus parientes y el poder coercitivo de su estructura se concentra en manos, no de quien administre el dinero o de quien esté mejor calificado para servir de ejemplo a sus miembros más jóvenes, sino en quien sepa manejar mejor y transmitir el léxico de las convenciones internas del grupo.

miércoles, 11 de junio de 2014

Las vertientes irreconciliables de la congoja y la investigación

Llegar a un libro buscando la respuesta a una pregunta específica es un error. Ya debía yo saberlo. Aquello que en los investigadores es prerrogativa, en el lector es imperdonable. Así que cuando tomé el ensayo Historia cultural del dolor (2011) de Javier Moscoso, con la esperanza de que revelara algo sobre el significado de eso que la Real Academia de la Lengua define como “sentimiento de pena y congoja”, apostaba por la decepción. Quería entender cómo duele el dolor y recurrí a 400 páginas de una explicación pormenorizada de las de las materializaciones que este sentimiento ha tenido a lo largo del tiempo.
Por eso no tengo juicio que proponga algo sobre la sesuda investigación de Moscoso, interesante porque se inserta en la corriente posmoderna del estudio histórico de las emociones. Y es que aunque el libro vino a buscarme como dice Juan Villoro que hacen los libros salvajes, no era lo que yo necesitaba.
El libro me interesaba desde un año antes de la muerte de mi padre porque entiendo que la alquimia de las sensaciones fragua las razones de la vida y, por su puesto, de la historia. Además, la necesidad de entender los sentimientos y su repercusión en la vida de afuera es una vieja manía mía. Entre 2006 y 2007 tomé en NYU, con el catedrático Robert Dimit, una clase cuyo eje era demostrar cómo los sentimientos no existieron en la historia del ser humano hasta el ascenso de la psicología como disciplina central de la modernidad. Y, aunque Dimit y yo no nos llevamos bien –y todo empeoró cuando propuse un trabajo donde intentaba probar que en la pintura de El Greco el concepto católico de Gracia Divina se convertía en una manifestación afectiva matizada por diversos tonos de blanco–, yo entendía que las emociones son manifestaciones culturales en las que se integran las características individuales. Quizá quería volver sobre eso a partir del ensayo de Moscoso y entender por qué, si se supone que estoy apesadumbrada, no hay nada específicamente físico que me duela desde la muerte de papá. Hay aspectos de la rutina que se mantienen igual e, incluso, siento muchas ganas de reír y tengo dentro de la cabeza más proyectos que nunca. ¿Qué habrá de malo en mi?¿Será, entonces, que no es dolor lo que siento? Dentro de mi no hay ahogo ni vacío: solo el abismo terminante de la nada.

Quizá el ejercicio de la lectura de Historia cultural del dolor apenas sirva para enseñarme a cerca de las vertientes irreconciliables de la congoja y la investigación. A entender que no tiene ningún sentido intentar entender o siquiera nombrar –y, por ende, poner límites– a algo que se siente. Seguiré por la vida sin saber qué siento con el miedo a mis reacciones radicales, a veces poniéndome tan contenta que una sola imagen nostálgica, al cruzar mis pensamientos, me precipita a la tristeza que se siente como un vacío.

martes, 20 de mayo de 2014

Lovecraft, Cortázar y el aburrimiento

Crecí leyendo cuentos del siglo XIX y, en especial, los relatos góticos. De Edgar Allan Poe a Sheridan Le Fanu y de Mary Shelley a George Sand, no había historia de fantasmas,  vampiros u otros caminantes nocturnos que yo despreciara. Entre todos los seducidos por la noche y lo macabro, hay, sin embargo, una autor que me causó siempre sólido aburrimiento: H. P. Lovecraft.
Autoproclamado heredero del género para el siglo XX –como prueba aconsejo leer el ensayo en su El horror sobrenatural en la literatura, escrito solo para probarse autor de esta genealogía– quien se preciaba de ser erudito de saberes prohibidos escribía narraciones que a mi siempre me han parecido siempre ampulosas y llenas de detalles innecesarios. Con tanto buen escritor fantástico, ¿para qué perder el tiempo leyendo a este señor tan pomposo? Me decía joven e invariablemente cambiaba de libro al segundo o tercer cuento de la colección o a la media centena de páginas.
 Con esto he confesado lo que antes callaba, pues amiga de cuanto obsesivo de los géneros gótico y de la ciencia-ficción me arriesgaba a diversas formas de descalificaciones intelectuales si revelaba este detalle auto-bibliográfico.
Julio Cortázar, más arrojado que yo –él tiene con qué, claro– no tuvo empacho en señalar que Lovecraft –cuyo prestigio le había dejado “siempre perplejo”– le parecía decididamente cursi. “Convencido de la validez de sus efectos literarios, Lovecraft es el reverso de Bram Stoker en la medida en que prescinde de toda connivencia con el lector, y en cambio busca su hipnosis con recursos que hubieran sido eficaces en tiempos de Mrs. Radcliffe pero que actualmente resultan irrisorios,”, escribe el autor de Rayuela en un ensayo titulado “Lo gótico en el Río de la Plata”, donde traza el desarrollo de la literatura fantástica en el sur de Suramérica, así como para las razones de su buena salud en esta zona, y subraya de donde viene su gusto por este genero. Leyendo ayer este ensayo contenido en la revista académica Cahiers du monde hispanique et luso-brésilien y publicado en 1975, entendí que de esto hablan ciertos escritores cuando se refieren a genealogías literarias de los autores a los cuales nos acercamos y de aquellos de los cuales nos alejamos. A pesar de que mi primera lectura de Rayuela fue accidenta y no le hizo justicia a la obra, hoy leo obsesivamente a Cortázar una y otra vez, porque en cada lectura reconozco algo nuevo, quizá ahora mío, en sus palabras. En Lovecraft, por que no me interesa leerlo, no reconozco nada, por mucho que me guste redundar en ciertas atroces pesadillas.





lunes, 12 de mayo de 2014

Didion lo “deja ser”

Play it as it lays (FSG Books, 1970) de Joan Didion enseña una valiosa lección: que no es lo mismo ser vulnerable que débil.
A falta de una edición española o latinoamericana de este libro, propongo esta traducción de su título en castellano: “Déjalo ser”. Esta es la frase, entre conformista e indiferente, que usamos los venezolanos para dejar que las cosas pasen sin que influyamos en sus resultados. A esto hace alusión la novela, un clásico en la obra de la periodista, ensayista y narradora estadounidense, en donde Maria Wyet presencia como la crisis de su matrimonio con el joven y pujante director cinematográfico, Carter Lang, se lleva por un despeñadero su vida, sin que ella pueda hacer nada para detenerla.
María –“Mar-eye-ah”, escribe en la auto-presentación del personaje la autora nacida en Sacramento (California) – es una actriz mediocre de una treintena de años con una hija que sufre de retardo mental y un esposo que no le pone atención y que para salvar su matrimonio le impone un aborto. Cree que el no nato es fruto de la relación de su esposa con el guionista Less Goodwin, pero puede ser de cualquiera –menos Carter, que no la toca en las 214 páginas de la novela– porque la protagonista encarna bien la libertad sexual de la década de los años sesenta.
“Esto es solo menstruación inducida”, le dice el medico que le está practicando el aborto: “No es nada para tener dificultades emocionales. Mejor que definitivamente no piense en esto. Generalmente la pena es mayor cuando pensamos” (p. 82). El episodio marca profundamente a Maria y demuestra su vulnerabilidad como mujer en plena época de lucha por los derechos civiles.
Pero Maria no es débil como su amigo, el supuestamente progre BZ, que a pesar de que humilla constantemente a su mujer y tiene frecuentes aventuras, mantiene su matrimonio con Helene porque su madre le paga para ello. Ella es vulnerable, sí, porque es víctima: de Carter, de sus amigos y del machismo de su tiempo así como de un entorno familiar y social lleno de hipocresías ella se mantiene aferrada enfrentando su vida, aunque deba hacerlo desde un sanatorio. Es a los débiles como BZ para quienes está reservada la cobardía del suicidio. BZ que en su condición de hombre y de joven productor todo lo tenía, no podía saber qué hacer para sentirse mejor: he allí la definición de debilidad.

Un retrato soberbio de la década de los años sesenta, Play it as it lays es el aterrador testimonio desde la ficción de una mujer carcomida por las circunstancias y el entramado de hipocresías que le tocó vivir.