sábado, 12 de febrero de 2011

Sobre la belleza en Menéndez Salmón

Recientemente conocí a un autor español que me recordó por qué el arte es una forma de arrobamiento de la cual no nos podemos, ni debemos, separar. Mucho menos en los tiempos que corren, en los cuales –gracias a dios— los dioses han muerto. En su novela La luz es más antigua que el amor (Seix Barral, 2010) Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 2971) hace un tratado sobre la belleza y libertad en las artes plásticas a través de cuatro personajes: tres pintores –uno real y dos ficticios— y un crítico de arte viudo que se ha prestado a la narrativa. Una reflexión en las últimas páginas del libro me pareció tan sobrecogedora que la voy a copiar acá. Cedo el puesto al autor:
“Para quien, como es mi caso, concibe lo divino como un fantasma de la consciencia y reduce el misterio teológico a un misterio antropológico; para quien descubre en la Historia un vértigo sin dirección ni sentido, carente de cualquier asomo de finalidad; para quien asume que la realpolitik no es otra cosa que la más alta manifestación del maquiavelismo entendido como cosmovisión, el horizonte de consuelos se reduce, acaso, a uno solo: la belleza, cuyo culto es la forma más incruenta de idolatría conocida”.

1 comentario:

Angel Rivero dijo...

Según la teoría Kantniana la belleza es el símbolo de la moralidad y se caracteriza por determinarse a sí misma, sujeta a los sentidos y a ellos no es posible aplicar el término libertad, pero si el de capacidad sensible, instrumento de la racionalidad, “vértice donde confluyen estética e ideal” que deriva en conocimiento, y aquí vuelvo a Hegel y a su “presupuesto existencial” donde ya no se trata del pensar, sino de la manera, porque “es fútil todo pensamiento desvinculado de su situación histórica” ( Feurbach)
Mis saludos

Ángel