lunes, 7 de noviembre de 2016

Después de los escritores.


Vives en un lugar que tiene un cuadro que parece de Jackson Pollock, pero que no es de Jackson Pollock. Por eso, justo sobre el marco, en su lado inferior dice Do not copy. Sobre el escritorio que está debajo del óleo le has colocado un catálogo de una vieja exposición del pintor estadounidense, abierto en la fotografía del cuadro que más se le parece. Una noche, vas a la cocina para servirte un vaso de agua antes de acostarte a dormir y no puedes evitar pensar en ese cuadro. Has pasado todo el día escribiendo y sientes que han sido horas perdidas. El libro que no terminas y la sensación de que escribes como el culo.
Gracias a la luz que sale del cuarto hacia la sala comedor encuentras rápido el interruptor. Cuando la prendes adivinas que detrás de ti, de repente, el cuadro de Pollock que no es Pollock ha tomado significado. Te volteas a encararlo como quien va a encontrarse con un antiguo enemigo, llevas impresa la cara de un pistolero del Lejano Oeste. Allí está el enorme escritorio antiguo sin silla porque nadie se sienta allí, ni siquiera a escribir. La lámpara insiste sobre la utilidad profesional de esa mesa. Y el cuadro. Do not copy. Lo primero que te sorprende es lo muy Pollock que es.
Action, Jackson Pollock
Por eso, Do not copy. ¿Por qué un artista que no es Pollock quisiera pintar como Pollock?, te preguntas.
Porque después de Pollock continuó el arte. Igual que pasó cuando a Lope de Vega lo echaron en el hueco de su sepultura, Julio Cortázar se fumó su último cigarrillo, después de que Sylvia Plath metió la cabeza en el horno y cuando José Ignacio Cabrujas escribió su última columna. Confirmas que los colores de la pintura de óleo son blanco y negro sobre lienzo y que las letras de la frase de abajo son más pequeñas y menos llamativas de lo que te imaginabas, porque algunas manchas de pintura derramada cubren algunas letras. Pones el dedo sobre una de esas manchas y te das cuenta que la textura es más dura que la que resbala sobre el lado derecho del cuadro. No estás muy segura de lo que quiere decir. Pero tampoco te importa tanto porque no puedes detenerte a reflexionar. Se te acaba de ocurrir una idea y tienes que ponerla sobre el papel. No sabes si te va a llevar a alguna parte si a alguien le va a interesar o si podrías venderle a un editor algo así para una novela, porque ya sabes que podría convertirse en una novela, pero tampoco importa nada de esto.
Abres el cuaderno y te pones a escribir.