miércoles, 3 de diciembre de 2014

El diablo de Morábito y mi acento caribeño


Una frase de Morábito me llena de inquietud: Que el último reducto del alma es el acento. Está en la entrada “Qué es el diablo” de su libro El idioma materno, donde se refiera a la singularidad que muestra la manera de hablar de una persona que se ve obligada a vivir lejos de su idioma materno. Dice Morábito que cuando vuelve a casa ha perdido el pleno dominio de la lengua materna y sus coterráneos lo miran recelosos porque aunque usa las palabras correctas y replica vagamente el acento de su tierra, hay una sombra en su fonética que revela los años fuera de su país. Para ilustrar sus reflexiones, cuenta la historia de un hombre que había pasado 40 años fuera de su país y que para evitar las miradas recelosas de los otros se inventó un acento en su propio idioma, con el objeto de pasar “como un extranjero que hablaba admirablemente bien y no como un nativo que había perdido su práctica”. En un giro de la narración que evidencia una entrada de lleno en el territorio de la ficción, Morábito señala que, incluso cuando estaba solo, este hombre hablaba con ese acento inventado. Entonces es cuando lo compara con el diablo, porque para este autor mexicano nacido en Alejandría de padres italianos, el acento más que la lengua materna es la trinchera del alma. Un hombre que no tiene acento –reflexiona– no tiene alma: es la quintaesencia de la maldad. Belcebú.
Y esa reflexión me hace cerrar el libro y ponerme a escribir esto, porque me doy cuenta de que esas palabras me hicieron daño. Esto se debe a algo que nunca he confesado antes: detesto mi acento. Lo detesto por su falta de eses, por la manera en que golpea a ciertas palabras, porque parece que el sol caribeño ha derretido las esquinas de ciertas frases que sisean con ferocidad. Por favor, no me mal interprete: adoro el castellano, mi lengua materna, con la  misma fuerza con la que amo la literatura. Como herramienta de comunicación, este no solo me permite la interacción con otros, sino también la capacidad de estructurar mi propia identidad. Además, sobre mi lengua materna he construido la vida, porque escoger la literatura no es una decisión profesional sino un apostolado.
Pero no es hablar castellano, ni si quiera hablarlo con acento, lo que me iguala al diablo de Morábito. Es que me reconozco un poco en la impostura de aquel hombre que inventaba una forma de hablar, porque querer salirse de su propio acento y meterse en el habla de otros es una metáfora de la lectura: soy lectora porque quiero salir de mi manera de hablar y modular la de otros. Soy una impostura diabólica. Alguien que al sentirse desagradada por un rasgo propio que no puede cambiar termina imitando a otros: alguien sin alma que busca la de los demás. Belcebú. Una lectora.

domingo, 9 de noviembre de 2014

Lo que queda en el tintero

Acabo de terminar un cuento que se me ocurrió ayer y me hago un té para comenzar a trabajar en la novela de la cual, por fin, ya estoy pergeñando las correcciones finales. Mientras el agua se calienta, busco la libreta donde anoto mis ideas para escribir. Noto que me quedan pocas páginas para terminarla y no puedo evitar sentirme aliviada. Comencé a escribir allí el día que a mi padre le dio el accidente cerebro vascular que, tres días después, lo mató. Me doy cuenta de que esa libreta ha aguantado casi un año entero. Ese día no atendí el teléfono porque estaba escribiendo en mi libreta las notas de un ensayo sobre Hannah Arendt. No prendí el celular hasta esa noche, 10 minutos después de haberme bañado y vestido porque tenía una cena. Cuando lo prendí tenía 27 llamadas. Habían telefoneado todos mis tíos por el lado paterno. Por el lado materno no, porque se había muerto el primo de mi mamá apenas una semana antes. Había telefoneado mi hermano. Tenía mensajes de mis tíos políticos y de los socios de mi papá. Algo estaba mal. Papá no había llamado. Cuando pasaban emergencias en la familia, siempre era él quien tenía el tacto para darme las malas noticias. Cuando noté que no tenía ni una llamada suya sentí que algo me golpeó dentro del pecho. Marqué el teléfono de mi mamá y  me atendido mi tía, la esposa del hermano de mi papá. No escuché lo que me dijo y casi tuve que llamar para confirmar que efectivamente estuvieran en la Clínica Las Mercedes. Me acuerdo que pensé que podía perderme, que nunca había ido a ese sitio. Que nunca lo había necesitado. Pero no me perdí.
Un año entero, pienso sin darme cuenta de que estamos en noviembre y de que no fue sino hasta el 23 de enero que comencé a escribir allí. Diez meses. Un año que me ha puesto a viajar, de manera real y metafórica. Me pregunto si la libreta ha sido el lugar donde he ido anotando el luto. Como si de manera consciente me hubiera propuesto ir escribiendo lo que pensé el año que se extendió después del suceso inesperado de la muerte de papá. Pero abro la libreta y encuentro apenas dos o tres entradas sobre el dolor que me causa haberlo perdido. Hay ideas para cuentos, notas de la novela, notas que tomé en los cursos de literatura que tomé este año y otras que tomé para yo misma dar clases. ¿Di clases? Y me digo que a quién se le ocurre ofrecer clases mientras está triste. A gente como a mi deberían encerrarla, pienso. También pienso que eso es algo que diría mi papá y me río. Tengo el impulso de llamarlo para contarle.
Me siento a escribir esta entrada del blog porque me parece que no puedo hacer otra cosa y, entonces, me doy cuenta de que la libreta entera es un tributo a mi padre, un homenaje a lo que queda en el tintero. Porque mientras yo me afanaba en escribir, en entender cada palabra que intentaba convertir en textos, lloraba a mi padre. Lo que pasa es que aquel dolor se quedaba en el tintero, como la idea que se me ocurrió para el cuento esta mañana y que no pude anotar porque soy una floja y porque preferí dormitar un rato más entre las sábanas que me protegían del frío glaciar de mi aire acondicionado. Se me ocurrió también que la literatura era la necesidad de quedarse en la cama olvidando lo que se ha recordado. 

miércoles, 29 de octubre de 2014

Las novelas, el régimen y el escritor (Otra de Kundera)

Nacido en la República Checa en 1929, Milan Kundera fue al principio un entusiasta de la ideología comunista y se unió al partido de esta denominación cuando aún era joven, a finales de la década de los cuarenta. Pero en la década de los años cincuenta tuvo frecuentes problemas. La dirigencia del partido lo condenaba por hacer lo que hacen los escritores: proponer puntos de vista propios y autónomos. Esta situación se profundizó cuando el autor publicó su primer poemario, en 1953. Casi una década después, en 1962, quiso publicar su primera novela y sus desavenencias con el régimen fueron definitivas.
En La broma la vida de un joven en la Checoslovaquia comunista queda arruinada cuando la policía del Estado intercepta le escribe a una novia en una postal una ironía que comienza con la frase: “El optimismo es el opio del pueblo”. Durante seis años, la censura checa previno la publicación de este libro, que finalmente llegó a las librerías en 1967, meses antes de que estallara en 1968 la Primavera de Praga, movimiento cultural reformista del que Kundera era uno de los líderes intelectuales. No es raro, entonces, que esta obra se convirtiera en la más importante de esa temporada y la primera que salió de las librerías tan pronto los tanques enviados por Stalin para apagar la protesta se asentaron en la capital del país europeo.
Como castigo, le quitaron al escritor su puesto de profesor en la Academia de Artes Dramáticas. Entonces se dedicó a lo que otros colegas en su situación: a matar tigres. Más de un lustro después pudo volver a la vida intelectual, pero fuera de su país. Así, en 1975 se convirtió en profesor invitado de la Universidad de Rennes en Francia. En 1979 le fue revocada la nacionalidad checa debido a la publicación ese año de El libro de la risa y el olvido, el segundo que editaba en ese país; el primero fue La vida está en otra parte (1973). Desde entonces vive en Europa.
La broma, aquel libro suyo que tantos problemas le causó, se reeditó después del éxito arrollador que adquiriera en la década de los ochenta La insoportable levedad del ser. Desde la década de los años setenta este autor vive en Francia. Apenas hace una década se permitió en su país natal la venta de La insoportable levedad del ser, su bestseller. Kundera, se imaginarán, ya no tiene ánimos para volver a su país. Tiene 85 años de edad.




lunes, 27 de octubre de 2014

La ironía, el discurso y la resistencia


En la política es imposible aprehender el sentido de la ironía en un discurso, pues es imposible encasillarlo en un significado inamovible; está inmersa en su semiótica contextual y su significado cambiante. En la ironía como posición estética y política construye la resistencia.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Niñas sin inocencia

La inocencia de una niña es una convención tan falsa como incómoda. Aunque el desarrollo de la psicología ha permitido determinar que los impulsos primitivos están en infantes tanto como en adultos, la sociedad se empeña en asumir el candor de las niñas. Si los educadores han puesto tanto énfasis en proclamar la inocencia de las hijas es porque, a igual que se evitan explicaciones incómodas, también esconden los impulsos que terminarán convirtiéndolas en mujeres. La banalización de la niñez y el encubrimiento de las vinculaciones entre los deseos y lo femenino termina por erigirse como una forma de violencia contra las futuras mujeres pues esas mojigaterías permiten la construcción de entramados culturales dentro de los cuales ellas son socializadas dentro del estatus quo masculino.



lunes, 1 de septiembre de 2014

Milan Kundera, al centro

“Me veo a mí mismo como uno de los últimos artistas de la gran cultura centroeuropea, que está a punto de ser masacrada. Porque lo que está pasando en Europa Central es precisamente la masacre de su cultura. Imagine que a principios de siglo la cultura centroeuropea era el verdadero centro de la cultura europea. Todo proviene de allí: el psicoanálisis, el estructuralismo, la dodecafonía, el teatro del absurdo... Todo ello está a punto de terminar porque esta parte de Occidente está incluida en otra civilización, el Este. El choque cultural es aún más fuerte que el político”, dijo Milan Kundera en una de las últimas entrevistas que concedió hace unos 30 años. Y cuánta razón tiene todavía.

martes, 26 de agosto de 2014

Poe y la creación

"He pensado a menudo cuán interesante sería un artículo escrito por un autor que quisiera y que pudiera describir, paso a paso, la marcha progresiva seguida en cualquiera de sus obras hasta llegar al término definitivo de su realización"
E A Poe