martes, 29 de abril de 2014

Una reflexión optimista por el día mundial del libro

Dice el lugar común que la esperanza es lo último que se pierde.
Ahora que a la obligación de las editoriales a pedir un certificado de insuficiencia o de no producción nacional ante el Ministerio de Comercio para conseguir dólares Cadivi se le suma la imposibilidad de las imprentas para obtener papel, el sector vive su amenaza más grande: que debido al incremento colosal y súbito del precio de los libros –en 6 meses ha subido en 50%–, se revierta el gran logro de la literatura nacional en las dos décadas más recientes: sumar lectores.
Habrá quienes que tachen de optimista, pero resulta que obsesionados con los asuntos más urgentes de nuestra crisis política y financiera, los venezolanos hemos dejado de leer las buenas noticias. En 2012, la Encuesta del Comportamiento Lector, Acceso al Libro y la Lectura en Venezuela, publicada por el Centro Nacional del Libro revelaba que 82,5% de los consultados dijo leer algún tipo de publicación y 50,2% señaló su preferencia por los libros. El estudio concluye que en el país se leen anualmente entre 2 y 4 libros per cápita, lo cual, contrastado con datos del estudio del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe, titulado Comportamiento del Lector y Hábitos de Lectura: una Comparación de Resultados en AlgunosPaíses de América Latina, coloca a Venezuela por encima de Colombia y México, naciones donde se leen 2,2 y 2,9 publicaciones promedio al año, y la equipara con las cifras de Brasil.
Si en Venezuela las cifras de adquisición de publicaciones son comparables a las otros países con tradiciones literarias más fuertes, como Colombia y México, qué duda cabe que cuando la tormenta política pase y la situación económica se estabilice podamos ver también nuestra tradición literaria fortalecida por la cantidad de personas interesadas en leer-se.


miércoles, 23 de abril de 2014

Lengua Padre

¿Por qué aún la llaman Lengua Madre si en el siglo XX la psicología se afanó en probar que el mundo del lenguaje, que pertenece justamente al territorio de lo paterno, conecta el territorio de nuestra imaginación e individualidad con el mundo simbólico de la realidad social? El psicólogo francés Jean Jacques Lacan, refiriéndose a la función religiosa de la figura paterna – el “Padre”, con mayúscula, escribirá a veces– dice que el padre no tiene nombre propio, pues no es una figura sino una “función”. Es decir: que tiene un papel relacional en las comunidades humanas. Así, la madre es la encargada de colocar al ser humano sobre el mundo, pero es el padre quien lo conecta a la sociedad.
Como muestra yo misma. Hablo castellano porque mi madre me trajo al mundo en este país caribeño de mis pesares, pero adoro mi lengua madre porque mi papá me enseñó a recitar con los versos en los cuales Federico García Lorca cantaba el luto de su pasión prohibida.
Últimamente a mi padre le había dado por volver a la literatura española clásica. También la había cogido con exigirle a la gente que le hablara en castellano, él que tan orgulloso estaba de poderse expresar en varios idiomas. Se había convertido en un padre de su lengua madre.
Montenegro, una de las Comedias Bárbaras de Ramón del Valle Inclán, fue la ultima obra de teatro que vimos juntos, tres semanas antes de su inesperada muerte. La pasaban en el Centro Dramático Nacional de Madrid, ciudad a la que mi padre había vuelto porque empeñado en comprender mi obsesión por la escritura aprendió que la capital de aquella España de la cual él se había alejado era la patria del castellano. (Patria, del latín “patrĭa”, familia o clan; “patris”, tierra paterna; “pater”, padre.) Así era mi padre: todo quería conocerlo, todo quería “aprehenderlo”. Quizá fue por esto en el sueño que tuve dos semanas después de su muerte él se despedía de mi sobre la Gran Vía.
El esperpento del dramaturgo que falleció el mismo año que explotó la guerra civil española contaba el viaje expiatorio de un hombre que luego de ejercer todas las acciones de la abyección experimenta la redención a partir de su inmolación junto a una comunidad de mendigos. Sus hijos, más pendientes de la parte que le toca a cada quien de su herencia que de llorar su pérdida, se deshacen en batallas fraticidas. Luego de innumerables vejaciones y de profanar la tumba de Montenegro, su propia ignominia los sorprende y la obra cierra con una amarga reflexión: “¡Malditos estamos! Y metidos en un pleito para veinte años”. Con esta frase, Valle Inclán anuncia la entrada del siglo XX, tiempo en el cual se supone que la Modernidad ha logrado la madurez del espíritu occidental y también ha “matado al padre”, para usar la frase que en Sigmund Freud es la metáfora del paso a la adultez.

Aquella noche papá y yo aplaudimos complacidos. No solo la puesta en escena y las actuaciones habían sido impecables. Habíamos reconocido nuestro propio pesimismo. Así era para nosotros el mundo: una comunidad de huérfanos.

lunes, 31 de marzo de 2014

Paz en la vida

Hoy que se cumplen 100 años del nacimiento de Octavio Paz pienso en un “Ejercicio preparatorio” que está en su poemario Árbol adentro (1987). No es solo porque me recuerda a los “ejercicios narrativos” de José Balza que también designan como borradores en proceso a trabajos terminados, sino porque allí están los que considero sus frases más angustiadas.
Primero:
“            Me confundo
con el aire que anda por el pasillo.
El aire sin cara, sin nombre”

Y luego:

“            Me arrepiento:
no quiero muerte de fuera,
quiero morir sabiendo que muero.
(…)
“Sin nombre, sin cara:
la muerte que yo quiero
lleva mi nombre,
            tiene mi cara.
Es mi espejo y es mi sombra,
La voz sin sonido que dice mi nombre,
La oreja que escucha cuando callo,
La pared impalpable que me cierra el paso,
El piso que de pronto se abre,
Es mi creación y soy su criatura.”

Qué ironía pensar en la muerte cuando se conmemora un siglo que Paz se asomó a la vida. Pero ya se sabe que existir no es si no eso: un tiempo finito.


lunes, 24 de marzo de 2014

Variaciones sobre Serres

En Variaciones sobre el cuerpo Michel Serres se refiere a las maneras en las cuales el desarrollo científico y el intelecto –lo social y lo íntimo, digamos– imitan el cuerpo, “La inteligencia humana se distingue de lo artificial por el cuerpo, solamente por el cuerpo” (página 38), escribe el autor francés nacido en 1930 como abreboca al libro en el que explora, a partir de cuatro perspectivas, lo que llama “el envoltorio” de lo humano. En su primera figuración se refiere a las intersecciones entre el cuerpo animal y el humano, en la segunda al desarrollo de las capacidades físicas de los individuos y, en la tercera y cuarta explora la relación entre la mente y el cuerpo así como entre el cuerpo, la naturaleza y el mundo técnico. “Esos aparatos externalizados, en suma, producen una historia que yo llamo evolución exo-darwiniana, como si el propio darwinismo saliera poco a poco de nosotros , como si la evolución percolara entre esos objetos. En cuanto a la bestia, ella permanece en esa fortaleza cerrada, cuyos muros de bestialidad le impiden liberarse de sus montajes adquiridos o instintivos”, (111) Debo confesar que lo más claro del libro es “Una entrevista posible sobre las potencias del cuerpo” hecha por Roberto Leo Butinof, Adrián Cangi y Ariel Pannisi en 2009 que cierra el volumen de 136 páginas. Lástima que la introducción, firmada por el mismo Cangi fracasara en dar una buena aproximación a las razones por las que Serres se dedicara escribir este ensayo y apenas se limitara a resumir las ideas que el lector hallará en las páginas siguientes expresadas con mayor detenimiento.

jueves, 20 de marzo de 2014

La vida de Alice Munro

Heredera de lo mejor del contenido de las novelas de Virginia Woolf y del estilo llano y profundo de la narrativa de Antón Chéjov, la canadiense Alice Munro demuestra con La vida de las mujeres las numerosas dificultades que deben superar ellas para lograr su autonomía dentro de la sociedad. En su única novela publicada hasta la fecha, la joven Del Jordan relata su vida en Jubilee mientras se hace adulta y comprende que, en el entorno el cual vivía, madurar  significaba escoger entre la mediocridad de la vida con esposo e hijos –“Todo lo que las mujeres han tenido hasta ahora ha sido su relación con los hombres”, le advierte la madre en el capítulo que da nombre al libro– y una existencia como la de ellos, quienes “podían salir y vivir toda clase de experiencias, desechar lo que no querían y volver orgullosos”. Pronto Del se da cuenta que bajo el peso de las expectativas que la madre tenía con su vida –básicamente que fuera a la universidad y huyera del destino de amas de casa que le tocaba a las chicas del pueblo–, se encuentra la enseñanza central de la liberación de la mujer: la necesidad de amor propio. Pero la ganadora del Premio Nóbel de Literatura en 2013 construye un tropo adicional, uno donde revela su genialidad en la creación de personajes: con todo lo vanguardista para su entorno pueblerino que demostraba ser la madre, su visión de las mujeres era limitada a la condición de ser vulnerables y en eso no se diferenciaba de los habitantes de su comunidad. Es esa vulnerabilidad que Del convierte en su antagonista. Y, al final de la novela, cuando emerge como una mujer con amor propio, se ha convertido también en dueña de su destino.

domingo, 16 de marzo de 2014

Ordenar y escribir


Pienso que escribir es ordenar el caos. Separar, nombrar y organizar los sentimientos para luego construir un esquema que permita entenderlos, de la misma manera que hace un entomólogo a los mosquitos disecados con los que trabaja. El conocimiento y, por tanto, la escritura apenas se trata de transformar el desorden orgánico en una estructura inorgánica eficiente. Darles sentido en el ineludible arreglo que es el mundo. Sistematizar las aprehensiones íntimas con el objeto de hacer que los otros puedan entenderlas.
Todo para luego desordenarlo de nuevo, esta vez en nombre de la estética.

domingo, 10 de noviembre de 2013

Con el culo al aire

En el hartazgo que genera la precaria situación de intentar sobrevivir esta época de escasez en Venezuela, los intelectuales corremos el riesgo de perder la perspectiva y, por cansancio e impaciencia, permitirle al gobierno ganar el juego. La falta de papel higiénico, como imagen simbólica del fracaso de la Revolución, se ha multiplicado entre nosotros como la evidencia de una distopía. Y es tan fácil mostrar la imagen de la falta de papel sanitario y probar la ruina, el desengaño y la frustración que la estamos convirtiendo en una especie de tautología mitologizante como esas que denunciaba Roland Barthes en Francia hace más de treinta años. Al rollo de papel, o más bien a su ausencia, se le ha puesto a decir tantas cosas que nada dice.
A mediados de octubre nos visitó una delegación de seis escritores traídos desde España para la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (Filuc) y cuatro de ellos escribieron sobre su estadía en el país. No me impresionó descubrir que en todos los textos se multiplicaban imágenes del deterioro y que ninguno, a excepción de Víctor Álamo de la Rosa –cuya conexión con Venezuela es de larga data–, se refirió al movimiento intelectual que se está gestando aquí. Por supuesto que todos hablaron con respeto y admiración de los venezolanos sometidos a la indignidad de hacer colas eternas para comprar pollo, leche cuando hay y, por su puesto, el ya icónico papel sanitario.
Carlos Granés, autor del ensayo El puño invisible, se refirió a la Torre de Babel, que “para los europeos y norteamericanos que encuentran en América Latina una fuente de (…) autenticidades excéntricas (…) no es un fiasco arquitectónico, sino todo lo contrario, un ejemplo de vitalidad y adaptación ante el fracaso del neoliberalismo, merecedora del León de Oro de la Bienal de Arquitectura de Venecia”. Sergio del Molino, periodista y narrador, sentencia: “Los venezolanos no se pueden limpiar el culo” y recuerda que una mañana mientras estaba en uno de los mejores hoteles de Valencia, un venezolano le pidió pasta de dientes porque “en las tiendas no había” y que “el café lo tomé siempre solo, pues no había leche líquida”. Pero también aplaude a la mujer que viajó horas para escuchar su taller de narrativa o la organización de la Filuc, que le pareció como a sus compatriotas, impecable.
 Víctor Álamo de la Rosa se refiere a la falta de leche para tomarse el café venezolano que tanto le gusta y a pesar de señalar “la cubanización” que está sufriendo el país es el único en contrastar el entusiasmo venezolano por la literatura con el de su lado del océano: “cuando en Europa a menudo nos vemos envueltos en debates fatuos en torno al libro y la literatura, allí uno vive la inmensa alegría de comprobar que un libro es un tesoro de valor incalculable (a veces literalmente, porque los libros importados alcanzan precios en verdad imposibles para el paupérrimo bolívar, sobre todo si es oficial)”
 Miguel Ángel Hernández Navarro, que en 2012 quedó de finalista del Herralde con Intento de Escapada, se compró un chándal (mono) con la bandera de Venezuela y se lo puso en Halloween para disfrazarse de chavista, en contra de las aclaratorias de Juan Carlos Chirinos de que esa es una vestimenta de las delegaciones deportivas y musicales nacionales sin importar la posición política de sus miembros.
No tengo nada que reclamarle a estos escritores y sí mucho que agradecerles por su solidaridad conmigo y mis compatriotas en nuestra hora menguada. Sin embargo, no puedo evitar sentir resentimiento –que por demás es un sentimiento típicamente venezolano–, al ver que el retrato de su experiencia en este país tiene la misma pátina de deterioro que las conversaciones de automercado y que, como las charlas casuales en este país, se esconde detrás del mito del papel higiénico. He pensado mucho en esto porque me la paso pensando en mis sentimientos con el objeto de entender cuál es su origen, así que he concluido que la percepción que se multiplicó al otro lado del océano es culpa de quienes acá los recibimos, obsesionados como estamos con la imagen del papel sanitario que falta.
El problema no está en que nos comparen con Cuba o que tuvieran que pasar el mal rato de visitar un país violento y en carestía, sino que al escribir a partir del mito del papel sanitario se hicieron eco de una de las más poderosas herramientas del gobierno revolucionario venezolano: la idea de que hay asuntos apremiantes y que la cultura no es uno de estos. Resulta que si existe una Filuc –que es una de muchas iniciativas privadas y universitarias que sobreviven a duras penas en este país, donde el gobierno le tiene montada la guerra al mecenazgo– es porque hay una intelectualidad de la resistencia. Es a esta resistencia que intenta callar el esencialismo demagógico del chavismo al reducirla a sus necesidades básicas.
No nos engañemos, la pelea de los intelectuales venezolanos es la misma que se articula en todas partes del mundo, incluyendo España donde mermó la inversión pública en cultura en los tres últimos años y el mercado editorial se contrajo en 12% en 2013. Allá y acá se trata de cristalizar una verdadera diversidad cultural dentro de nuestros países, para convertirlos en sitios donde quepamos todos, pensemos como pensemos.
En Venezuela esta discusión tiene un matiz de urgencia, porque la institucionalidad democrática ha sido barrida por el totalitarismo. Pero es justamente por eso que quienes estamos en la intelectualidad de la resistencia debemos continuar hablando de cultura, a pesar de las colas enormes y de los culos sucios.
En todos los países se están preguntando para qué sirve la cultura, porque esa es la pregunta central de la posmodernidad y de la revolución informática y en Venezuela estamos comenzando a descubrir que, más allá de las posiciones tautológicas y mitologizantes del chavismo, la cultura es un territorio para ensayar el progreso y mostrar cómo son las sociedades que ven el conocimiento como un valor. Si nos distraemos hablando de la falta de papel sanitario perdemos la perspectiva y salimos de la discusión cultural mundial, que es el único lugar donde la intelectualidad venezolana excluida por el chavismo encontrará asideros y validación para sus postulados.

Por eso pienso que nunca ha sido tan a propósito como en estos momentos el lugar común que pregunta: ¿Qué tiene que ver el culo con las pestañas?