domingo, 9 de agosto de 2009

Cómo se construye un género

Luego de un accidente, padre e hijo llegan malheridos a una clínica. Rápidamente, el personal de Emergencias los trasladan a un pabellón para operarlos. Cuando entra la persona encargada por el Departamento de Cirugías de operar al más joven de los heridos, se paraliza. Mirándolo exclama con voz aturdida: “No puedo operar, es mi hijo!”.
Parece haber algo extraño en la historia, ¿cierto? ¿No?
Si usted sabe por qué no hay nada extraño con esta información, le felicito.
La anécdota está destinada a probar los prejuicios machistas de la gente y se hizo popular, hace unas décadas, entre quienes seguían el Movimiento para la Liberación Femenina para demostrar que incluso entre ell@s existían los prejuicios que tanto querían desmontar.
La persona que iba a operar era la madre del joven accidentado.
¿Por qué no? Si las mujeres han logrado escalar importantes plazas de trabajo en la contemporaneidad, y entre ellas la medicina es una de nuestras conquistas capitales?
Pero no se preocupe, quien esto escribe, no pasó la prueba inicial. El problema es que la construcción del significado en la sociedad en la que vivimos es patriarcal, es decir ha sido prerrogativa de los hombres desde el inicio de la historia; por eso es tan difícil de desmontar el mito que sustenta la sociedad dividida en géneros (contrapuestos).
Si la diferencia sexual constituye una dimensión crucial de la vida humana es porque está incrustada en lo cotidiano, por medio del lenguaje que fundamenta la cultura.
El estilo itálica de las letras utilizados en la palabra “lenguaje” es adrede, pues el lenguaje es el andamiaje que todo lo sustenta en la vida. Según el DRAE, que es la máxima autoridad en estos casos que se me ocurre, este neologismo significa “sistema de comunicación verbal”. El lenguaje es la manera como nos comunicamos entre nosotros como miembros de una cultura y de la comunidad de seres racionales que integra nuestra raza.
El lenguaje, por su parte, construye el género, convirtiendo al macho y a la hembra, dos categoría biológicas, en hombre y mujer, dos categorías culturales.
El género mismo que nos enseñaron cuando apenas comenzamos a hablar, que luego reforzaron las escuelas y los medios de comunicación— es una categoría simbólica vinculada al lenguaje por cuanto es un conjunto de símbolos y reglas que permiten la comunicación e, insertado en el terreno específico de la lingüística crea, dentro de la gramática castellana la distinción que hoy parece arbitraria: ya no hombre y mujer, sino algo mucho más enigmático: las etiquetas de lo masculino y lo femenino.
Lo masculino es todo aquello que pueda ser antecedido por el artículo “el” y, en el caso contrario, por el artículo (femenino) “la”. Las etiquetas señaladas del género son, a la postre, lo que el semiólogo francés Roland Barthes llamaba “mitos” generados por el gran sistema que construye la sociedad. Así, el mito es el resultado de una ideología —¡tranquil@s, que nadie habla del chavismo, castrismo o capitalismo!, o quizás sí, pero no en la versión groseramente política que la coyuntura “revolucionaria” venezolana otorga al término. La definición de ideología a la que Barthes aludía la coloca como un mecanismo para interpretar la realidad, donde la subjetividad otorga sentido al mundo que rodea al individuo por medio de preconcepciones provenientes de la cultura (Karl Marx, K. Mannheim, Frederic Jameson, Louis Althusser).
El mito, como los signos de rápido comercio en el lenguaje, se “deshistoirza”, es decir no se asume nunca su pasado. Por eso los géneros son tautologías, categorías del lenguaje inamovibles, porque lo masculino es masculino porque sí y lo mismo pasa con lo femenino.
Nuestra misma manera de hablar, hay que concluir, se erige como la representación de la sociedad divida entre cosas “consideradas” femeninas o masculinas porque sí, sin mayores explicaciones de porqué habría de ser importante el género. Y donde, por desgracia, siempre sale perdiendo la mujer. Porque no es lo mismo “un perro” que “una perra”, “un zorro” que “una zorra”, ni un “hombre público” que “una mujer pública”.

(Reflexiones frente al libro "La palabra de las hijas de Eva", de Teresa Moure.)

lunes, 3 de agosto de 2009

Homenaje a Brick Pollit



A veces parece que Tenessee Williams fuera criollo. Que sus personajes los sacara del Country Club y no de las estepas sureñas de Estados Unidos. Que escribiera en español y no en inglés. Que fuera del siglo XXI y no del XX.
Debe ser por la forma que tiene Williams de relatar también cosas de por estos lados que yo conseguí a uno de sus personajes saltando, como ajeno al mundo, sobre un tejado caliente. Drunk and queer,¡Qué bolas, en Caracas!.
Era extraño, no sólo por ser un personaje Brick Pollit.
No era rara su borrachera ni su tristona manera de decir verdades que él mismo no entendía bajo el estupor del alcohol que le hacía click en la cabeza; tampoco la forma egocéntrica de ver al mundo como atravesado por su moral ¿moral, Brick Pollit ? ¡Habráse visto! pues queer or gay pertenece a la sociedad venezolana que lo parió. Lo que me pareció insólito, lo que levantaba un innegable tufo de sospecha era su manera de ser vulgarmente miope, ciego hasta el paroxismo de no reconocerse a sí mismo como Brick Pollit, cuando está frente a todos lo obvio: que sólo le hace falta Elizabeth Taylor, ronroneándole en la cama.
Por eso este Brick Pollit, un poco criollo y otro gringo, anda por las calles repitiendo lugares comunes y escribiendo sandeces, sin darse cuenta que él mismo es un personaje que no ha podido crearse, porque no quiere entenderse.
Concebirse a uno mismo, no lo sabe el pobre Brick maldito, es una bendición que sólo llega luego del ejercicio constante de tomar decisiones.
Y Brick Pollit, drunk and queer, no sabe cómo ver lo que está a simple vista para todos los demás personajes que se mueven sobre las tablas del teatro que apenas atinamos a llamar vida. No sabe cómo asumir esa personalidad que le han impuesto y que él abraza de manera inequívoca, pero que no puede aceptar, porque, presumo, le da vergüenza. ¿Cómo puede uno resignarse a ser algo vacío, hueco, como hecho de… celofán?
Y aquellos que sienten vergüenza de sí mismos sólo pueden inspirar lástima. Por eso yo no puedo más que sentir conmiseración por este hombre-personaje sin ser nada ni personaje ni hombre ni Brick ni gay ni queer ni tener a una Taylor un pobre diablo que no se ha visto en un espejo. Uno que no ha podido ver su cara de Brick Pollit, su voz de Brick Pollit, su sexo (¿y será que tiene sexo?) de Brick Pollit.
Tanta lástima me inspira la manera de ser poca cosa de Brick Pollit que me provoca tranquilizarlo.
No te preocupes, querido, anda tranquilo porque sólo fui yo quien supo ver a través de tu piel recuerda que “mendacity is a system that we live in” y nadie sabrá reconocerte, drunk and queer, en una sociedad donde todos pasamos la vida viéndonos el ombligo. Estás a salvo, Brick, a salvo mientras no tomes una sola decisión por el resto de tu vida, para que no tengas que aprender a vivir con ninguna de ellas, todos los días que te queden de existencia: Cada quien, cariño, escoge su infelicidad.

miércoles, 8 de julio de 2009

Notas para un cuento

Ojos como espejos


OJOS COMO ESPEJOS

L
a tristeza es una gran burbuja traslúcida hecha de humo, preñada de un caos oscuro en el que sólo el nombre de Margarita arroja a la vez alegría efímera y pena perpetua. Sólo la sombra de la desesperación y mi cara y los ojos como espejos que lleva ella incrustada en la sien.
Desde mi negativa a verme en esos ojos, a sumergirme en ella, a hacerme suyo permanezco siempre contenido en una envoltura de dolor: anestesiado, mientras veo la vida correr delante de mí, como muerto en vida. Al principio, mi abatimiento tomaba la apariencia de un velo soñado, incluso deseable, que no podía confesar más porque no sabía qué forma darle a las palabras que lo describieran con certeza que por el terror que me causaba.
Pasé muchos días antes de entender que mi impedimento de salir de la casa, a tomar cualquier alimento, incluso a bañarme y a sólo pasarme las horas viendo el techo, con la pupilas ahogadas, era mi manera para intentar entender qué me ocurría. En esas tardes construidas de tiempos eternos no recordaba qué había pasado ni cómo había llegado hasta ese estado de debilidad insalvable. Hasta que del abatimiento y de la sensación de ser insignificante surgió una idea de color mustio que pronto reinó sobre todos los pensamientos de mi caos, entre húmedo y gaseoso, que me gritaba o me susurraba, siempre causando el mismo efecto desesperado: ¡Había rechazado a la única mujer capaz de amarme!
¡Qué barbaridad! Era peor que si hubiera mordido el pecho de mi madre, que me hubiera separado de ella incluso antes de nacer, aunque en realidad me sintiera, seguro pero vulnerable, como si me hubiera devuelto al útero primigenio. ¿Pero cómo podía pasar aquello si mamá había muerto hace más de una década? Quizás la pena que sentía era una nueva versión de la pérdida maternal. Rechazar a Margarita era un fracaso tal que había desecho los cimientos mismos de mi identidad, por más borrosa que esta se hubiera manifestado hasta entonces.


(...)

sábado, 14 de febrero de 2009

Fragmentos de una carta al primer amor...


Una vez me importunaste con la pregunta de quién había sido mi primer amor. Con vergüenza me callé lo que ha debido de enorgullecerme: que no hubo hombre antes de ti. Me apenaba mi currículum vacío frente a la retahíla de vidas que tú conociste en otras. Mentí. Mentí y fue como seguir callada. ¿Cómo iba a decirte que antes de tenerte sólo poseía las brumas de historias inconclusas? Tenía miedo de que me hallaras insulsa. Escoge a un héroe de novelitas rosa o a cualquier imbécil que se te antoje en una plaza. Esos fueron mis amores; vacíos de sentido, fértiles en decepciones.


(...)


Sufriríamos aparte los vértices de nuestras soledades, pero entenderíamos que nuestra relación estaba signada para trascender, pero no para durar.

(...)

Perdóname amor, y que sea esta carta sin destinatario mi condena por la negativa a lanzarme irremediable y ruidosamente en las olas de tu pasión,

≈≈≈≈≈≈≈≈≈≈

Crédito Imágen: http://img507.imageshack.us/img507/6514/20051206162338beso1cq0.jpg

lunes, 2 de febrero de 2009

Tiempos aparte


El tiempo es una magnitud física que permite ordenar secuencias de hechos, estableciendo un pasado, un presente y un futuro. ¿Entonces qué quiere decir que los tiempos de dos personas no coincidan?
Si se conocen es que comparten la fulana “magnitud física”. Decir que difieren en “los tiempos” es una manera retórica de decir que no se entienden. O que se entienden, peor que no quieren las mismas cosas. Y eso no es un error de coincidencias de sus “tiempos” (o sucesiones de sus hechos íntimos), es un error de objetivos individuales. Es una manía tautológica del hablar decir que una relación no resultó porque no estaban en momento distintos. Yo no me lo creo, que me vengan con otra excusa. Porque si se quiere a otra persona, aunque sea un poquito, los tiempos, son lo de menos.
Lo más valioso del correr “del tiempo” es que uno avanza por la vida en las dimensiones espaciales y temporales intersectando a otros que viven sus propias dimensiones. El amor es justamente la ventana que se abre entre ambos espacios. Y si no tuvieran tiempos coincidentes, nunca se hubieran podido encontrar. A la postre, en el mundo cotidiano, el que implica pararse todas las mañanas cuando el reloj grita en código morse que hay que ir a trabajar, el símbolo del tiempo es un aparato de arquitectura complicada diseñada para que uno organice el día en función de prioridades. Si se vive en tiempos aparte, las prioridades son diferentes, entonces, ¿Para qué abrir ventanas entre quienes no tienen el mismo modo de ver la vida?
Sin excusas ni medias palabras: si no tienen el mismo tiempo ahora, no van a tener las mismas primacías nunca. Nada de culpar a las magnitudes físicas de asuntos que son específicos de las almas humanas.


Crédito de la imagen: http://www.ocompras.com/images/2008/04/reloj-sol-luz.jpg

jueves, 27 de noviembre de 2008

Dios es escritor (Arpegios poéticos que rezan a la Soberbia del Humillado )


(Esto lo escribí en el 2005. Hoy lo reviso para entender cuál es mi idea del trabajo de un escritor. El sábado será el día del escritor, publico esto acá, mientras me lo pienso TODO bien)

“Escribir es intentar saber qué escribiríamos si escribiésemos” Marguerite Duras

Dios no escribe; habla –refutarán algunos. Cierto, no en vano El Génesis reza: “al principio fue el verbo”. Pero, ¿Qué escritor no es también un gran hablador? Parece evidente que la Creación fue la primera palabra divina. Los humanos conocemos el verbo divino por la merced de la palabra escrita ¿De dónde, si no, provienen las Sagradas Escrituras? Si Su verbo no estuviera en tinta, no existiría nada de lo conocido. Es desdichado, pues sabe que nunca terminará de editar su opus. No puede. Si escribe el punto final, no quedará personaje vivo; de eso se trata el Apocalipsis. Sólo los personajes hacen la Creación, como las pasiones humanas hacen los textos. Y si no están los personajes, ¿Quiénes quedarán para aplaudirle el epílogo?

En el comienzo de los tiempos, el Demiurgo vio su vocación amenazada por falta público. Entonces, fabricó al hombre para hacerlo eco de sus pensamientos. El Creador, como aquellos marcados por el sino de la pluma, narra con el único fin de verse en letras – “escribo para que me lean”, dice Enrique Vila-Mata. Quizás, Él sufra del mal que tantas veces se le atribuye a los genios: la soberbia. Necesita que le evalúen sus arpegios narrativos, alabándolos o vituperándolos, pero presentes en el imaginario de sus críticos, los seres humanos. Dios, como Vila-Mata, escribe para leerse, para entenderse en las pupilas de sus seguidores. Ante el temor de que los hombres celebraran su prosa por ser sus criaturas, Dios los llamó semejantes y les otorgó libre albedrío. Como añadido hizo de ese público la masa de personajes para su novela. Así comenzó a confeccionar la proeza definitoria de todos los buenos escritores: la independencia de sus personajes (y de sus críticos, ¡Bárbaro!).

Sólo la vocación estoica por narrar incidentes puede exhortar en alguno la tarea de construir un ambiente fuera de todo lo existente. ¡Pero el Creador hizo más! Mucho más. No sólo edificó un hábitat: confeccionó personajes que se hacen de y determinan a ese ambiente. Además, carente de otra referencia, tuvo que construir humanos a “su imagen y semejanza”. Nótese, empero, cómo Él usó la palabra “semejanza”, que parece atenuar la palabra “imagen”; una artimaña para que sus personajes no se creyeran dioses. “Semejantes”, no iguales. Parecidos por cuanto tienen su sino, la manifestación del Creador. Cualquiera que sea su distintivo individual es un aparte de su Santísimo Ser. Así, los cotidianos, los avaros, los generosos, los sensoriales, los pacatos, los vanidosos, los humildes, los iracundos, los flemáticos, los famosos, los solitarios, los desahuciados, los ortodoxos, los disconformes, los piadosos, los delincuentes… son imagen de y semejantes a Dios.

Lo dicen las Sagradas Escrituras: “Y creó Dios al hombre", Adán. En hebreo, la lengua originaria del verbo cristiano, “adám” significa “rojo”. Adán no es un nombre propio, sino el plural de la especie humana: la apariencia que ostenta el barro del que fuimos hechos todos. Como Adán, el plural de los seres humanos se hace semejante a Dios. Pero, aquellos, nosotros fuimos construidos en rojo encendido: el color del fuego y la sangre palpitante que corresponde a los sentidos vivos y ardientes, a las pasiones.

¿Qué sino eso significa la leyenda de la serpiente que ofrece el fruto del Árbol de la Sabiduría a Eva?

Nunca un ejemplo tan categórico. Dios crea un ambiente ideal para un cuento de hadas. Coloca allí a un personaje hecho para vivir bajo la marca de su complacencia; pero, por un descuido que parece más bien malicia literaria, le insufla el rojo de las pasiones. Entonces, Adán demanda una mujer para que le acompañe. Con ello, la criatura reconoce que es el personaje que construye las anécdotas sobre la tierra y su soberbia quiere alguien que le admire los eventos cotidianos, de la misma manera que él admira de Dios, su padre, los beneplácitos del Jardín de las Delicias. La soberbia misoginita de Adán pide alguien inferior a él. Dios acepta. Así: Eva, la costilla de Adán, se hizo fémina. Pero, si Adán es rojo… ¿De qué color nació Eva? Sabemos que su símbolo es la manzana. Pero eso es un adelanto de la historia.

En los borradores con los que Dios confeccionó el primer mundo (uno ideal, como ese que los hombres hoy llaman “Cielo”), creó personajes semejantes a Él en su divinidad: los ángeles. Estos proto-humanos engendrados bajo la inspiración de la Divinidad exaltada del Creador parecen purísimos. Purísimos en cuanto a la representación fehaciente de la emoción Celestial. Sobre un desgraciado calló la representación purísima de la soberbia. Con este rasgo creó Dios al primer gran antagonista de su narración: Luzbel, el ángel caído, cuya propia soberbia lo colocó sobre la tierra para vigilar a los seres humanos y recalcarles que son hijos del rojo, de “adám”. De allí que al desgraciado se le asocie directamente con la maldad, con lo exaltado, Belcebú, el de las múltiples representaciones. Es él quien le recuerda a los seres humanos que son de carne y sangre, en especial del bullente líquido vital.

Eva nada sabía de los borradores, ni de los escritores, ni de las soberbias cuando conoció a la serpiente, el reptil de Lucifer. Arrancó el fruto del árbol de la sabiduría. Mordió su manzana. Sus labios se tornaron carmines, su pelo se ensortijó sobre sus hombros, sus pechos florecieron, sus caderas se redondearon. Luego, invitó a Adán para hacerlo partícipe de su hallazgo. Él le hizo el amor hincado, en agradecimiento a su dádiva desinteresada. Luego se recostó en el árbol y esperó su castigo. Dos rasgos de todo buen texto narrativo: pasión e intelectualidad, acción y reflexión. Dios les condenó. Los hizo el primer héroe, destinado a ser semental de los hombres, personajes malditos, y la primera heroína, que pariría con sufrimiento los frutos de su pasión. O, por lo menos, así lo narran las versiones del pesimismo católico.

He allí la primera triquiñuela del Escritor: a cada quien le otorga su personalidad propia y los lanza sobre una constelación de las anécdotas para regocijarse con sus reacciones. Ya de antemano sabe, según las características de sus personajes cómo vivirán la historia (vida) y qué situaciones encarnizan el barro de sus pulsiones.
Su sello estilístico es construir sus personajes y dejar que cada uno se escriba su propia novela, porque no hay un hilo conductor específico en el texto narrativo, sino varios. Mientras se sabe que los personajes sometidos a situaciones extremas pertenecen a la tinta de José Saramago, los confrontados con sus pasiones a Fiódor Dostoievsky, los ahogados en sus propias reflexiones a Marcel Proust y los profundamente latinoamericanos a Gabriel García Márquez; los del Creador son de múltiples plumas, lo que hace del suyo un estilo fecundo.

Sus personajes se van hilando a la perfección en acción y reacción; unos llevan el motor de la novela, otros les siguen. Cada pasión genera un acontecimiento, que aunado a los artilugios narrativos de El Señor, crean redes de circunstancias en las que cada personaje revela su esencia en sus reacciones.

¡Pobre de este Dios desesperado! Acostumbrado a la perfección -pues es la superioridad misma- y obsesionado por la anécdota perfecta puso símbolos en cada detalle de su novela (la vida) para que sus personajes se reconozcan en sus propias metáforas por todas partes.

Por desgracia, el trabajo creativo de Dios nunca termina, vive sobre la marcha. El autor humano tiene la esperanza del descanso mortal, pero la eternidad no permite reposo. “Plantearse escribir es adentrarse en un espacio peligroso, porque se entra en un oscuro túnel sin final, porque jamás se llega a la satisfacción plena, nunca se llega a escribir la obra perfecta o genial, y eso produce la más grande de las desazones. Antes se aprende a morir que a escribir” (Vila-Matas). Para ser escritor hay que conocerse tanto, y mucho más, hasta hacerse un extraño que apunte hacia la universalidad.

La rutina artística no permite flojedades. Porque el autor se debe a sus lectores; en especial el Demiurgo, quien crea sobre la marcha las situaciones de sus personajes (y de sus críticos). Un escritor no ejerce nunca para sí mismo; sería un egoísta. Aunque desdeñe a su público, su trabajo atestigua cómo quisiere ser oído.

La voz del poeta debe retar su tiempo, porque él es, ante todo, un inconforme. Ponerse en blanco y negro es pensarse único y hacerse de la potestad de juzgar y juzgarse. Para ser testigo de su época debe quedar en viva carne, ostentando sus vísceras, desafiante.

En consecuencia, el arte de combinar palabras lleva inevitablemente a someterse a vejaciones. En el arte, como en la piel, se mezclan la sangre de las palabras y la pasión de las anécdotas. Sólo a través del ridículo propio se entienden las penas los tiempos. Nadie lo sabe mejor que los escritores, quienes avanzan desnudos y vulnerables entre las frustraciones de sus sociedades.

Los inconformes permiten que los humillen, pues eso les acerca a la miseria humana: sólo a través de la vergüenza, el común reconoce la humanidad. Lo único que iguala a todos los hombres son sus propias miserias. El caído es también una imagen semejante a Dios. Es una reflexión de la estampa divina, pero carece de rasgos sublimes; es vísceras descarnadas, expuestas para servir de retrato de la realidad. El escritor, entonces, debe dejarse caer, someterse ante las contradicciones de su tiempo, como sus congéneres y más que ellos, para su voz se encumbre entre los gemidos.

Por ello, el Demiurgo se inflige humillaciones constantes. Valga el ejemplo de su hijo, Emmanuel, manifestación de humana de su trilogía divina. O por lo menos del Dios de los cristianos, tal como lo creen los dos mil millones de personas que hacen de Jesús el centro de sus dogmas. Jehová y Alá tienen esquemas parecidos, unos mil doscientos millones de personajes más en la novela que es la vida y sus propios héroes apilados entre las páginas de sus libros santos.
Y el Dios cristiano bajó, en la carne de su propio hijo, para que los otros personajes de la novela lo zahirieran. ¿Cómo sería la historia que llamamos vida si sobre las piedras del Gólgota no estuviera derramada la sangre de Cristo? ¿Y si su santísimo ser no fueran tres manifestaciones?

Escribir es ser otro. Por eso, un rasgo de la vocación literaria de Dios es que tiene tres manifestaciones: Padre (razón), Hijo (pasión) y Espíritu Santo (idea). Todas sus manifestaciones son formas del arquetipo de quien está condenado a la seducción de la palabra. La razón del poeta hila la narración, que su pasión adereza con personajes vívidos, mientras las ideas se van colando entre los meandros de la anécdota literaria para dar proyección universal a lo impreso. ¿Cuál de los tres seres escribe?, ¿El racional, el apasionado o el didáctico?

domingo, 9 de noviembre de 2008

Entrevista con Junot Díaz (Ganador del Premio Pullitzer de Ficción 2008)


JUNOT DÍAZ
“El mundo es mucho
más híbrido que las novelas”
El autor de la colección de cuentos Negocios (Vintage, 1997) y La Maravillosa y Breve Vida de Oscar Wao (2008), novela ganadora del Pullitzer, habla de la experiencia del inmigrante dominicano

Michelle Roche R.

Alto, calvo, moreno e hispano hasta en sus maneras, Junot Díaz no tiene pinta del rock star de las letras norteamericanas que los críticos celebran. Pero cuando habla de literatura, esquivando la mirada, riendo incómodo y nombrando a “gringos” y “latinos” como si no perteneciera a ninguno de esos grupos, uno entiende por qué escribió una saga poblada de parias. Este inmigrante dominicano, llegado a New Jersey a los seis años, es el autor de La Breve y Maravillosa vida de Oscar Wao, pieza ganadora del premio Pullitzer de ficción 2008, el máximo galardón literario en Estados Unidos.
La novela transcurre en dos tiempos históricos: a finales del siglo XX en Estados Unidos y en la República Dominicana de los años 50s. Existen tres hilos narrativos. El primero es la historia de Oscar León, un dude obeso de sexualidad frustrada “que ostentaba su nerdiness como un Jedi llevaba su sable de luz… y soñaba con convertirse en el Tolkein Dominicano”. El segundo es la vida de su madre, Belicia Cabral, portadora del particular virus “la necesidad de emigrar” y cuya familia sufrió descrédito, cárcel y esclavitud en la época de Trujillo. La accidentada relación amorosa de Lola León, la hermana, y Yunior, el narrador, se suman a esta cosmogonía donde queda patente la dramática y heterogénea experiencia cultural de los inmigrantes dominicanos. “El inmigrante ilumina, de manera explícita, todas las antipatías que tiene una sociedad, por eso es el depositario de las ansiedades de las naciones, de la que sale y de la que entra,” explica el escritor.
Así, el sello de esta novela es la hibridez, la cual se hace patente, no sólo por la fragmentación del argumento, sino por el uso del Spanglish, los silencios narrativos o descripciones sumarias y por el desparpajo con el que mezcla hechos históricos de la región Latinoamericana con alusiones a la cultura pop norteamericana.
El uso del Spanglish para describir el working class hispano es uno de los logros de la novela. Por ejemplo, el tío Rodolfo –padre de tres hijos con distintas madres— para “resolver” la castidad de Oscar, aconseja: “Listen palomo: You have to grab a muchacha y méteselo. That will take care of everything. Start with a fea. Coge that fea y méteselo!”. Es una travesura intelectual del escritor: “antes, entender inglés era una posición privilegiada para el lector, pero aquí propongo un shift, donde es importante entender español”, explica Díaz.
Los silencios en la narración están escogidos con particular cuidado; a veces sólo esbozados por líneas en los momento críticos de la historia (— —), o por raudas descripciones de hechos violentos: la esclavitud de Beli, la violación de Lola o las palizas criminales en los sembradíos de caña –comunes durante y después de la era de Trujillo. Estos mutismos son la manera de describir la experiencia postcolonial: “El trauma crea silencio”, dice Díaz. “Compartimos una civilización que depende de eso. La primera reacción cuando te golpean es quedarte callado. Si te traumatizo, yo sé que van a pasar años antes de que puedas transformar ese trauma en lenguaje”. El silencio enmascara las dinámicas sociales que permiten la violencia: “that is insane”, concluye.
No es la primera vez que en la tradición literaria anglosajona se mezcla literatura con alusiones a la cultura pop, autores como Dave Eggers y Michael Chabon son buenos ejemplos. Sin embargo, lo que diferencia a Díaz es que además incluye la cultura popular de Latinoamérica. Como Oscar, Díaz –también criado en los suburbios de New Jersey entre comics, novelas de fantasía, películas de ciencia ficción y juegos de rol—representa la experiencia postcolonial y heterogénea de los hispanos en Estados Unidos.
“El mundo es mucho más híbrido que las novelas”. Sólo en los almuerzos familiares, Díaz presencia la confluencia del Old School realismo mágico, el hiperrealismo latinoamericano y la cultura pop: “Cuando vienen los abuelos a comer, ellos se ponen a hablar de su vida y de República Dominicana, pero en esa misma mesas están mis primos de 15 años que sólo quieren hablar de Raeggetton o Cold Play. Yo traté de buscar una manera de duplicar lo que yo he visto y vivido. Cuando uno escribe, simplifica el mundo.”


RECUADRO:
Por un Pullitzer
El Pullitzer es otorgado desde 1917 por la Universidad de Columbia a un libro de ficción distinguido en el año y “escrito por un autor norteamericano, que preferiblemente trate temas del American life” –según reza su página web. Además, se el dan 10 mil dólares a los galardonados.
Aunque los críticos no pueden explicarse cómo una novela escrita en Spanglish se ganó este premio—reservado para plumas eximias como la de Ernest Hemingway (El Viejo y el Mar, 1953) o William Faulkner (Una Fábula, 1955, Los Rateros, 1963)— y en Barners & Noble le adviertan a uno: “no la compre, a menos que usted speak Spanish like a latino” no es la primera vez que la academia norteamericana reconoce la literatura de quienes hablan desde la periferia. Por ejemplo, las escritoras afro-americanas Alice Walter y Toni Morrison se lo ganaron en los ochenta –la primera por El Color Púrpura (1983) y la segunda por Beloved (1986). Oscar Hijuelos, nacido en Nueva York, fue el primer hispano en ganarse el Pullitzer, por Los Reyes del Mambo (1990). Pero la diferencia es obvia: Hijuelos baila al son que pongan en los yores, y Díaz se siente paria en todas las naciones.

Publicado en la revista Clímax (Octubre, 2008)